Nat Guttlein
さん
La realidad se sienta sobre el sofá,
a mi lado,
y respira muy fuerte.
Los pies por debajo del borde de madera,
parecen temblar y arrastrarse nerviosamente de un lado al otro.
Escucho el pitido característico del reloj,
que me anuncia que otra ya pasó y se alejo,
corriendo velozmente.
Miro hacia mi izquierda,
la bicicleta que dejé de usar se llena de tierra conforme pasan los días.
De pie en medio de la sala,
parece mirarme e increpar palabras filosas.
Las telarañas sobre la rueda delantera,
se burlan de mí y me gritan.
Ella simplemente callada y apoyada en la misma posición,
ni siquiera me defiende.
La vista me arde,
los ojos ya no me sirven para otra cosa que mirar pantallas.
Las que me envía la tele,
con noticias tristes,
las mismas películas desgastadas y con gusto a comedia desabrida,
o las canciones que de vez en cuando terminan por salvarme la vida.
La realidad continúa sentada a mi lado,
con su mano derecha acaricia su rostro y me tira miraditas.
Sigo intentando prestar atención a lo que me rodea,
inclusive tomo mi teléfono para llenarme de imágenes falsas,
e ignorar aquella que me mira.
Expectante y apabullante.
Los ruidos externos,
de muchos gritos y autos corriendo acelerados por la calle,
se juntan con el de la realidad.
La que me taladra varios centímetros a mi derecha.
Las vibraciones que dan sobre las almohadas del sillón,
me rebotan bajo las manos.
Respiro y trato de bajar la tensión.
El libro que me acarició la anterior noche,
ahora me mira sobre la mesa y me saluda dulcemente.
Su recuerdo me hace cosquillas,
pero en cuanto la realidad toma contacto con él,
se cae frío al suelo.
Si, ahí está nuevamente.
La realidad, tirando a la mierda todo el panorama.
a mi lado,
y respira muy fuerte.
Los pies por debajo del borde de madera,
parecen temblar y arrastrarse nerviosamente de un lado al otro.
Escucho el pitido característico del reloj,
que me anuncia que otra ya pasó y se alejo,
corriendo velozmente.
Miro hacia mi izquierda,
la bicicleta que dejé de usar se llena de tierra conforme pasan los días.
De pie en medio de la sala,
parece mirarme e increpar palabras filosas.
Las telarañas sobre la rueda delantera,
se burlan de mí y me gritan.
Ella simplemente callada y apoyada en la misma posición,
ni siquiera me defiende.
La vista me arde,
los ojos ya no me sirven para otra cosa que mirar pantallas.
Las que me envía la tele,
con noticias tristes,
las mismas películas desgastadas y con gusto a comedia desabrida,
o las canciones que de vez en cuando terminan por salvarme la vida.
La realidad continúa sentada a mi lado,
con su mano derecha acaricia su rostro y me tira miraditas.
Sigo intentando prestar atención a lo que me rodea,
inclusive tomo mi teléfono para llenarme de imágenes falsas,
e ignorar aquella que me mira.
Expectante y apabullante.
Los ruidos externos,
de muchos gritos y autos corriendo acelerados por la calle,
se juntan con el de la realidad.
La que me taladra varios centímetros a mi derecha.
Las vibraciones que dan sobre las almohadas del sillón,
me rebotan bajo las manos.
Respiro y trato de bajar la tensión.
El libro que me acarició la anterior noche,
ahora me mira sobre la mesa y me saluda dulcemente.
Su recuerdo me hace cosquillas,
pero en cuanto la realidad toma contacto con él,
se cae frío al suelo.
Si, ahí está nuevamente.
La realidad, tirando a la mierda todo el panorama.
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