Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
No fue sino hasta que pudo tener al pequeño Diego entre sus brazos que comprendió lo mucho que había anhelado ser padre. A sus cincuenta y dos años acababa de recibir una respuesta de la vida, un sentido que nunca había creído necesitar.
Diego creció en la ciudad, pero prefería más la casa de campo que visitaba algunos fines de semana. El monte nutrido de fresnos cerca del arroyo le proporcionaba un regocijo mucho más íntimo que los espaciosos jardines y los corredores de la mansión familiar.
Su padre solía decirle: Hijo, todo esto es tuyo. Pero Diego solo estaba interesado en el fresno más alto y frondoso del lugar; a menudo dibujaba esas nudosas raíces que se hundían en la tierra erosionada por las crecidas de los veranos e imaginaba una casa de madera suspendida sobre el agua con un barandal por donde asomarse o tirar pequeños anzuelos.
—¿Para qué quieres un árbol si puedes tener todo el bosque? —le preguntaba el padre.
—Para treparlo, papí. Debo trepar el árbol para hacerme su amigo.
El hombre miraba el rostro enigmático de su hijo y removía los recuerdos de su propia infancia, pero no logró encontrarse a sí mismo trepado en un árbol titánico. Era consciente de que nunca había sido un niño demasiado imaginativo. Como padre, le advirtió al hijo del peligro que conllevaba su deseo, y le hizo jurar que no intentaría trepar ningún árbol por el momento. A cambio de tu promesa, yo te prometo que cuando cumplas ocho años yo mismo te ayudaré a subir, subiremos juntos y veremos los nidos de los pájaros.
A veces Diego le preguntaba a su madre por la cantidad de tiempo que faltaba para su octavo cumpleaños, hasta que aprendió a llevar su propia cuenta de los días. La fecha siempre terminaba por parecerle remota, pero finalmente llegó.
Hubo una fiesta hermosa en la casa de campo y Diego había recibido muchos presentes de los compañeros de escuela que habían sido invitados a pasar el fin de semana. Pero su padre no pudo librarse a tiempo de sus ocupaciones y al llegar encontró su hijo dormido dentro de su tienda de acampar; prefirió no despertarlo y se dirigió a la habitación del pequeño para dejar sobre su cama el regalo que le había comprado.
En la mesita de noche había una tarjeta con un dibujo que Diego había realizado con esmero: un hombre y un niño sentados en las ramas de un árbol junto a un río azul, y la colorida leyenda que decía “Gracias por hoy, papi”. Solo entonces recordó la promesa que había hecho un par de años atrás y se fue a dormir sintiendo una honda sensación de desprecio por sí mismo, pero pensando que por mañana nada impediría que padre e hijo treparan hasta la cima del árbol.
Pasaban de las diez de cuando los lastimeros gritos de su mujer lo despertaron. Poco antes, Diego había logrado trepar hasta uno de los puntos más altos del gran fresno cuando resbaló ante la mirada incrédula de dos de sus amigos de escapada. En su caída trató que asirse de las ramas que lo golpeaban con violencia, pero no lo logró. Se dictaminó que al precipitarse en una zona poco profunda del arroyo, se había fracturado el cráneo contra una roca y la causa de la muerte fue ahogamiento por inmersión.
Una semana después de la tragedia, el hombre ordenó que el gran fresno fuera derribado. Lo destrozaron hasta que quedó un enorme montón de troncos y ramas sobre las raíces, y ahí mismo lo rociaron con gasolina y le prendieron fuego. Los trabajadores tuvieron que arrastrar al padre hasta la casa para evitar que lanzara a las llamas que duraron toda noche y gran parte del día siguiente.
Dejó que todo se derrumbara; los negocios, las amistades, la vida que había llevado. Su mujer tenía algunos intervalos de aparente lucidez en los que recordaba con emoción los días previos a su boda, pero nunca más logró reconocer al esposo que tenía en frente. La única propiedad que conservaron fue aquella finca del campo cuya tierra les procuró sustento y un rincón para amontonar los días de una espera interminable.
En el cuarto aniversario luctuoso de Diego, la pareja visitó la pequeña capilla de piedra que levantaron cerca del lugar de la tragedia. Él no soportó el estático silencio de las imágenes religiosas, ni la mirada de su mujer que se perdía en la llama de un cirio mientras rezaba una oración ininteligible. Prefirió salir y sentarse en la escalinata. Era julio y el arroyo era ahora un río de aguas revueltas cuya vista se perdía más adelante entre la tupida penumbra de los fresnos. Al contemplar la corriente, el hombre se preguntó: ¿Cuándo?
Sin embargo, toda palabra desapareció de su mente cuando sus ojos se posaron entre en las salientes carbonizadas de las raíces de lo que había sido el gran fresno; de entre las piedras y el agua fangosa se levantaba una rama nutrida de hojas verdes que se mecían con el suave viento de aquella tarde.
Diego creció en la ciudad, pero prefería más la casa de campo que visitaba algunos fines de semana. El monte nutrido de fresnos cerca del arroyo le proporcionaba un regocijo mucho más íntimo que los espaciosos jardines y los corredores de la mansión familiar.
Su padre solía decirle: Hijo, todo esto es tuyo. Pero Diego solo estaba interesado en el fresno más alto y frondoso del lugar; a menudo dibujaba esas nudosas raíces que se hundían en la tierra erosionada por las crecidas de los veranos e imaginaba una casa de madera suspendida sobre el agua con un barandal por donde asomarse o tirar pequeños anzuelos.
—¿Para qué quieres un árbol si puedes tener todo el bosque? —le preguntaba el padre.
—Para treparlo, papí. Debo trepar el árbol para hacerme su amigo.
El hombre miraba el rostro enigmático de su hijo y removía los recuerdos de su propia infancia, pero no logró encontrarse a sí mismo trepado en un árbol titánico. Era consciente de que nunca había sido un niño demasiado imaginativo. Como padre, le advirtió al hijo del peligro que conllevaba su deseo, y le hizo jurar que no intentaría trepar ningún árbol por el momento. A cambio de tu promesa, yo te prometo que cuando cumplas ocho años yo mismo te ayudaré a subir, subiremos juntos y veremos los nidos de los pájaros.
A veces Diego le preguntaba a su madre por la cantidad de tiempo que faltaba para su octavo cumpleaños, hasta que aprendió a llevar su propia cuenta de los días. La fecha siempre terminaba por parecerle remota, pero finalmente llegó.
Hubo una fiesta hermosa en la casa de campo y Diego había recibido muchos presentes de los compañeros de escuela que habían sido invitados a pasar el fin de semana. Pero su padre no pudo librarse a tiempo de sus ocupaciones y al llegar encontró su hijo dormido dentro de su tienda de acampar; prefirió no despertarlo y se dirigió a la habitación del pequeño para dejar sobre su cama el regalo que le había comprado.
En la mesita de noche había una tarjeta con un dibujo que Diego había realizado con esmero: un hombre y un niño sentados en las ramas de un árbol junto a un río azul, y la colorida leyenda que decía “Gracias por hoy, papi”. Solo entonces recordó la promesa que había hecho un par de años atrás y se fue a dormir sintiendo una honda sensación de desprecio por sí mismo, pero pensando que por mañana nada impediría que padre e hijo treparan hasta la cima del árbol.
Pasaban de las diez de cuando los lastimeros gritos de su mujer lo despertaron. Poco antes, Diego había logrado trepar hasta uno de los puntos más altos del gran fresno cuando resbaló ante la mirada incrédula de dos de sus amigos de escapada. En su caída trató que asirse de las ramas que lo golpeaban con violencia, pero no lo logró. Se dictaminó que al precipitarse en una zona poco profunda del arroyo, se había fracturado el cráneo contra una roca y la causa de la muerte fue ahogamiento por inmersión.
Una semana después de la tragedia, el hombre ordenó que el gran fresno fuera derribado. Lo destrozaron hasta que quedó un enorme montón de troncos y ramas sobre las raíces, y ahí mismo lo rociaron con gasolina y le prendieron fuego. Los trabajadores tuvieron que arrastrar al padre hasta la casa para evitar que lanzara a las llamas que duraron toda noche y gran parte del día siguiente.
Dejó que todo se derrumbara; los negocios, las amistades, la vida que había llevado. Su mujer tenía algunos intervalos de aparente lucidez en los que recordaba con emoción los días previos a su boda, pero nunca más logró reconocer al esposo que tenía en frente. La única propiedad que conservaron fue aquella finca del campo cuya tierra les procuró sustento y un rincón para amontonar los días de una espera interminable.
En el cuarto aniversario luctuoso de Diego, la pareja visitó la pequeña capilla de piedra que levantaron cerca del lugar de la tragedia. Él no soportó el estático silencio de las imágenes religiosas, ni la mirada de su mujer que se perdía en la llama de un cirio mientras rezaba una oración ininteligible. Prefirió salir y sentarse en la escalinata. Era julio y el arroyo era ahora un río de aguas revueltas cuya vista se perdía más adelante entre la tupida penumbra de los fresnos. Al contemplar la corriente, el hombre se preguntó: ¿Cuándo?
Sin embargo, toda palabra desapareció de su mente cuando sus ojos se posaron entre en las salientes carbonizadas de las raíces de lo que había sido el gran fresno; de entre las piedras y el agua fangosa se levantaba una rama nutrida de hojas verdes que se mecían con el suave viento de aquella tarde.