Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Como hacían desde muchos años atrás, cada cierto tiempo, se daban una tregua en su disputa. En un lugar de confort privilegiado, parapetados el uno del otro, mirábanse de lejos, intentando pensar en otras cosas sin lograrlo, buscando argumentos nuevos con los cuales iniciar la próxima contienda que los llevara a un definitivo triunfo.
Se conocían desde la más remota infancia; eligieron ambos el mismo oficio en el cual eran maestros; tenían muchos amigos, buenos amigos, al menos eso creían, claros partidarios de su buen hacer en la materia; les llovían los encargos para tal o cual proyecto, viajaban a menudo, discutían poco con sus colaboradores, siempre se hacía lo que ellos pretendían, pocos criticaban sus razones. Parecían felices, estaban casados, tenían hijos sonrosados y algo obesos y una casa con jardín y varios perros fieles.
Parecían felices, pero no lo eran, tenían demasiado pero no lo principal: la aprobación del otro, el reconocimiento del otro, los aplausos de quien había sido su rival desde pequeño.
Y todo empezó como un juego absurdo, como un borrón de tinta en un folio en blanco sobre el que ya nada se podía escribir, habría pues que rasgarlo y empezar algo de nuevo.
De niños se divertían jugando a la peonza sobre las baldosas blancas y negras del patio de la escuela, como un tablero de ajedrez dando infinidad de vueltas, apostándose canicas, monedas o cualquier otro objeto, sin que la hegemonía del poder quedara nunca clara.
De repente estalló la guerra que vino a separarlos; esa lucha fratricida que iniciaron sus mayores y continuaron ellos ya sin sangre en las trincheras, porque el rojo se vino a agotar pronto, en los charcos que dejó tanta lluvia en el camino.
Ahora pasados los años, desde lejos, parapetados en sus lugares de confort se miran, intentan descubrir los puntos flacos del adversario, el discurso que esgrimirán para lograr la aplastante victoria. Reaviven su odio exagerado, lo inventan si es preciso para darse fuerzas y entonces....
Se lanzan como toros salvajes, se envisten, se derraman uno sobre el otro, y el azul y el amarillo dejan de serlo y sólo queda el verde, el esperanzado verde que el odio ha redimido.