Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Mis dedos en el teclado y nada pasa. Quisiera machacar esa mosca que permanece aletargada sobre la pantalla de la computadora; o hacerle algún tipo de daño, físico o emocional, arrancarte un ala, recordarle su pasado de hace dos minutos y del inminente futuro del que no podrá escapar... solo para hacerme sentir algo, no sé, culpa o remordimiento, y no solo esta miserable espera de quién sabe qué cosa.
Pero las moscas, con sus ojos monstruosos, sus patitas llenas de caca y su lengua pegajosa, me provocan mucha ternura. Son las mejores para hacer campañas de reciclaje y cuentan con un enorme poder de convocatoria. Imagino cómo acariciarán mi cadáver y lo sembrarán de pupas que se nutrirán de mi paulatina disgregación de carbono. No seré uno, sino muchísimos gusanos engendrados en mi carne que al fin tendrá un propósito diferente al de estorbar. Me comeré a mí mismo sin sentir la náusea, sartreana o no sartreana.
Metamorfosis sin neurosis. Estaré y seré con las moscas, podré volar ya sin esta mugre conciencia del ser, no tendré que soportar esta voz que taladra de adentro hacia afuera y que en realidad es puro icor de vísceras constreñidas. Seré un zumbido iridiscente, vuelo puro de descomposición proteínica, música de espigas transparentes apenas audible en ciertas frecuencias.
¡Qué delirio! Pero permítanme disfrutar de mi viaje de díptero ahora que puedo, porque las moscas no se percatan de lo felices que son y me ocurrirá lo mismo cuando tenga un millón de alitas ridículas, si es que tan magra entidad da para tanto.
De hecho –perdón por la muletilla–, me encanta que las moscas no piensen en la felicidad: no beben Coca Cola a menudo, no leen a Osho o a Coehlo (al parecer poseen cierto sentido orientador de la higiene mental al momento elegir la mierda que comen) y creo que tres cuartas partes de su efímera existencia se la pasan cogiendo sin caer en análisis introspectivos sobre trascendencias, longevidades o cualquier otra pendejada kafkiana, como convertirse en mosca cualquier sábado por la tarde.
Ahora comprendo que cuando he llegado a aplastar una mosca con el periódico, no es por asco, sino por pura envidia. ¡Eso es! Envidia de la mala. Ya sé lo que estoy sintiendo y puedo empezar a escribir más basura para nutrir mi voraz apetito: esperaré a que esta inútil vida terminé y me haré incinerar de inmediato.
¿Cuál ternura? A ver si te tragas mis cenizas, mosca hija de la chingada. ¡Plap!
Pero las moscas, con sus ojos monstruosos, sus patitas llenas de caca y su lengua pegajosa, me provocan mucha ternura. Son las mejores para hacer campañas de reciclaje y cuentan con un enorme poder de convocatoria. Imagino cómo acariciarán mi cadáver y lo sembrarán de pupas que se nutrirán de mi paulatina disgregación de carbono. No seré uno, sino muchísimos gusanos engendrados en mi carne que al fin tendrá un propósito diferente al de estorbar. Me comeré a mí mismo sin sentir la náusea, sartreana o no sartreana.
Metamorfosis sin neurosis. Estaré y seré con las moscas, podré volar ya sin esta mugre conciencia del ser, no tendré que soportar esta voz que taladra de adentro hacia afuera y que en realidad es puro icor de vísceras constreñidas. Seré un zumbido iridiscente, vuelo puro de descomposición proteínica, música de espigas transparentes apenas audible en ciertas frecuencias.
¡Qué delirio! Pero permítanme disfrutar de mi viaje de díptero ahora que puedo, porque las moscas no se percatan de lo felices que son y me ocurrirá lo mismo cuando tenga un millón de alitas ridículas, si es que tan magra entidad da para tanto.
De hecho –perdón por la muletilla–, me encanta que las moscas no piensen en la felicidad: no beben Coca Cola a menudo, no leen a Osho o a Coehlo (al parecer poseen cierto sentido orientador de la higiene mental al momento elegir la mierda que comen) y creo que tres cuartas partes de su efímera existencia se la pasan cogiendo sin caer en análisis introspectivos sobre trascendencias, longevidades o cualquier otra pendejada kafkiana, como convertirse en mosca cualquier sábado por la tarde.
Ahora comprendo que cuando he llegado a aplastar una mosca con el periódico, no es por asco, sino por pura envidia. ¡Eso es! Envidia de la mala. Ya sé lo que estoy sintiendo y puedo empezar a escribir más basura para nutrir mi voraz apetito: esperaré a que esta inútil vida terminé y me haré incinerar de inmediato.
¿Cuál ternura? A ver si te tragas mis cenizas, mosca hija de la chingada. ¡Plap!
26 de mayo de 2018
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