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En la ciudad

licprof

Poeta fiel al portal
en extrañas habitaciones estaban ocultas las mujeres, esperando
al pròximo cliente mientras enviaban toda clase de mensajes màs o menos misteriosos:
mensajes de amor a los efectos de engatusar a los inexpertos y toda clases de ardides,
prefacios de la estafa: las fotos no coincidìan con lo real, casi nunca, y los clientes,
los infames gateros, se mostraban siempre estrictamente disconformes
con el servicio prestado, o acaso con el precio, las chicas debìan satisfacer sus màs perversos
pedidos e instintos, de lo contrario, caerìan bajo las garras y
la mirada ardiente y draconiana del patròn,
el siempre melancòlico rufìàn, quien contaba sus billetes diariamente
con sus sucias manos: en esas habitaciones, en esos cuartos,
en todas esas habitaciones esparcidas
por toda la ciudad, allì comvivìan las chicas, siempre esperando semidesnudas,
la presencia del pròximo putero insensato, con sus solicitudes ridìculas o perversas,
o simplemente estùpidas, sàdicas, patològicas,
pero las chicas aguantaban todo a causa del dinero, el metal vil:
no se conseguìa trabajo por ninguna parte (ni siquiera de lavacopas, ni aùn presentando
currìculum vitae, o tìtulo terciario) habìa que mantener al hijo,
el padre se habìa fugado (acaso con otra señora) sin dejar un centavo, ni mìnimo rastro
o sencillamente habìa fenecido, a causa de la maldita droga, llàmese paco, cocaìna
o similares

ademàs, estaba el tema policìaco, siempre fluctuante e infatigable, rondando;
los ladrones drogadictos con su atraco: llenos de guita de repente no sabìan què carajo
hacer con ella: invitaban con vino que pedìan por delivery, pizza, helado, màs droga,
o bàsicamente lo que fuere, con el dinero robado a las pobres vìctimas,
(que se lo ganaban con el sudor de su frente) por lo general,
pequeños burgueses de clase media media o clase media baja, tan pobres como ellos
o aùn màs

precoces eyaculaciones o simplemente impotencia, mientras tanto las chicas
contnuaban paseàndose semidesnudas, por el salòn, conviviendo con toda clase de tipos,
o hermosos otarios:
simples rateros, abogados, adolescentes, empleados de oficina, jubilados, y la
variada flora y fauna citadinas, sobreviviendo como podìan, neodarwinianos,
sin acaso saberlo o no conscientes de su neomalthusianismo, plenamente marketinero

desnudas pero enfundadas en sus largos guantes negros, subidas a sus altos tacos,
con sus antifaces, sus anteojos de sol, sin sol, ahumados, sus màscaras,
su interior ropa, sus labiales làpices, sus vulvas, sus pezones rosados o negros

ocultas, a pesar de la pandemia, recònditas, a pesar de la cuarentena (que ya habìa
superado los 80 dìas) esperando las falanges de tipos totalmente hartos de pajearse
dìa a dìa, noche a noche, o de soportar a sus mujeres, a sus esposas queridas,
dispuestas a enfermarse y no a morir de hambre: los ahorros ya se habìan agotado
y toda clase de pequeños comerciantes y cuentapropistas aullaban literalmente
por su trabajo, por su clientela, la apertura de sus negocios, sus locales comerciales

de otra parte, los desesperados, los angustiados, hartos del encierro, de la prisiòn
hogareña, salìan a pasear a sus canes, a sus pichichos, con cualquier pretexto
ya salìan a caminar, a pasear, incluso bajo el beneplàcito de la propia policìa
metropolitana, que ciertamente hacìa la vista gorda, miraba para el costado o
sencillamente, se lavaba bien las manos (cada 2 horas) asì se cruzaba de brazos
o reprimìa violentamente, incluso llegaba a asesinar a inocentes ciudadanos,
mediante el procedimiento de impedirte respirar, con una rodilla en el cuello,
aplastàndote contra la acera, a la vista de todo el mundo

en los hogares estallaban las discusiones màs insospechadas pues estàbamos
condenados a vernos las 24 horas del dìa, hasta en la sopa, digamos:
aunque no los quisièramos

lamentablemente, se incrementaron los casos de violencia de gènero
y toda clase de gènero de violencia domèstica o estrictamente delictual
que las càmaras de televisiòn y seguridad
nos ofrecìan fisgonear mientras almorzàbamos pollo hecho al vapor
milanesas al horno
fruta y verdura
y tomàbamos 2 litros de agua por dìa
acorde a lo que prescribìan, diariamente, las nutricionistas

cotidianamente machacaban, lo smasivos medios, acerca de extrañas y novedosas
enfermedades viròsicas, virales, que aùn no tenìan vacuma o medicina alguna

no se sabìa casi nada al respecto, circulaban, eso sì, toda clase de versiones, rumores
sin fundamento alguno

muchas personas fueros detenidas y apresadas
por violar la cuarentena decretada por el superior gobierno

fue noticia ampliamente difundida por todos los medios
que en general carecìan de hechos truculentos
un cierto mèdico trucho o falso
que suministraba a los pobres pacientes
medicinas vencidas
pociones màgicas
palabras de consuelo y distracciòn

mientras tanto, las chicas del comienzo, hacìan lo que podìan
vivìan como podìan: subsistìan merced a ciertos clientes generosos
que las ayudaban de vez en cuando: un polvo acà, otro màs allà,
procurando no desplazarse por las calles o si no muy sigilosamente
a la hora de la siesta, cuando las familias almorzaban y miraban televisiòn

asì transcurrieron todos aquellos dìas y noches
francamente infernales y fastidiosos:
parecìa cosa de nunca acabar ...


 
Última edición:
en extrañas habitaciones estaban ocultas las mujeres, esperando
al pròximo cliente mientras enviaban toda clase de mensajes màs o menos misteriosos:
mensajes de amor a los efectos de engatusar a los inexpertos y toda clases de ardides,
prefacios de la estafa: las fotos no coincidìan con lo real, casi nunca, y los clientes,
los infames gateros, se mostraban siempre estrictamente disconformes
con el servicio prestado, o acaso con el precio, las chicas debìan satisfacer sus màs perversos
pedidos e instintos, de lo contrario, caerìan bajo las garras y
la mirada ardiente y draconiana del patròn,
el siempre melancòlico rufìàn, quien contaba sus billetes diariamente
con sus sucias manos: en esas habitaciones, en esos cuartos,
en todas esas habitaciones esparcidas
por toda la ciudad, allì comvivìan las chicas, siempre esperando semidesnudas,
la presencia del pròximo putero insensato, con sus solicitudes ridìculas o perversas,
o simplemente estùpidas, sàdicas, patològicas,
pero las chicas aguantaban todo a causa del dinero, el metal vil:
no se conseguìa trabajo por ninguna parte (ni siquiera de lavacopas, ni aùn presentando
currìculum vitae, o tìtulo terciario) habìa que mantener al hijo,
el padre se habìa fugado (acaso con otra señora) sin dejar un centavo, ni mìnimo rastro
o sencillamente habìa fenecido, a causa de la maldita droga, llàmese paco, cocaìna
o similares

ademàs, estaba el tema policìaco, siempre fluctuante e infatigable, rondando;
los ladrones drogadictos con su atraco: llenos de guita de repente no sabìan què carajo
hacer con ella: invitaban con vino que pedìan por delivery, pizza, helado, màs droga,
o bàsicamente lo que fuere, con el dinero robado a las pobres vìctimas,
(que se lo ganaban con el sudor de su frente) por lo general,
pequeños burgueses de clase media media o clase media baja, tan pobres como ellos
o aùn màs

precoces eyaculaciones o simplemente impotencia, mientras tanto las chicas
contnuaban paseàndose semidesnudas, por el salòn, conviviendo con toda clase de tipos,
o hermosos otarios:
simples rateros, abogados, adolescentes, empleados de oficina, jubilados, y la
variada flora y fauna citadinas, sobreviviendo como podìan, neodarwinianos,
sin acaso saberlo o no conscientes de su neomalthusianismo, plenamente marketinero

desnudas pero enfundadas en sus largos guantes negros, subidas a sus altos tacos,
con sus antifaces, sus anteojos de sol, sin sol, ahumados, sus màscaras,
su interior ropa, sus labiales làpices, sus vulvas, sus pezones rosados o negros

ocultas, a pesar de la pandemia, recònditas, a pesar de la cuarentena (que ya habìa
superado los 80 dìas) esperando las falanges de tipos totalmente hartos de pajearse
dìa a dìa, noche a noche, o de soportar a sus mujeres, a sus esposas queridas,
dispuestas a enfermarse y no a morir de hambre: los ahorros ya se habìan agotado
y toda clase de pequeños comerciantes y cuentapropistas aullaban literalmente
por su trabajo, por su clientela, la apertura de sus negocios, sus locales comerciales

de otra parte, los desesperados, los angustiados, hartos del encierro, de la prisiòn
hogareña, salìan a pasear a sus canes, a sus pichichos, con cualquier pretexto
ya salìan a caminar, a pasear, incluso bajo el beneplàcito de la propia policìa
metropolitana, que ciertamente hacìa la vista gorda, miraba para el costado o
sencillamente, se lavaba bien las manos (cada 2 horas) asì se cruzaba de brazos
o reprimìa violentamente, incluso llegaba a asesinar a inocentes ciudadanos,
mediante el procedimiento de impedirte respirar, con una rodilla en el cuello,
aplastàndote contra la acera, a la vista de todo el mundo

en los hogares estallaban las discusiones màs insospechadas pues estàbamos
condenados a vernos las 24 horas del dìa, hasta en la sopa, digamos:
aunque no los quisièramos

lamentablemente, se incrementaron los casos de violencia de gènero
y toda clase de gènero de violencia domèstica o estrictamente delictual
que las càmaras de televisiòn y seguridad
nos ofrecìan fisgonear mientras almorzàbamos pollo hecho al vapor
milanesas al horno
fruta y verdura
y tomàbamos 2 litros de agua por dìa
acorde a lo que prescribìan, diariamente, las nutricionistas

cotidianamente machacaban, lo smasivos medios, acerca de extrañas y novedosas
enfermedades viròsicas, virales, que aùn no tenìan vacuma o medicina alguna

no se sabìa casi nada al respecto, circulaban, eso sì, toda clase de versiones, rumores
sin fundamento alguno

muchas personas fueros detenidas y apresadas
por violar la cuarentena decretada por el superior gobierno

fue noticia ampliamente difundida por todos los medios
que en general carecìan de hechos truculentos
un cierto mèdico trucho o falso
que suministraba a los pobres pacientes
medicinas vencidas
pociones màgicas
palabras de consuelo y distracciòn

mientras tanto, las chicas del comienzo, hacìan lo que podìan
vivìan como podìan: subsistìan merced a ciertos clientes generosos
que las ayudaban de vez en cuando: un polvo acà, otro màs allà,
procurando no desplazarse por las calles o si no muy sigilosamente
a la hora de la siesta, cuando las familias almorzaban y miraban televisiòn

asì transcurrieron todos aquellos dìas y noches
francamente infernales y fastidiosos:
parecìa cosa de nunca acabar ...



Un escenario tenebroso y cruel. La ciudad acoge mucha tristeza bajo su manto de progreso.

Saludos,

Palmira
 
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