Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Porque es la derrota del sol, pero no de la luz, pero no de la oscuridad, prefiero mi sombra que prefiere la tuya. Es otra la vida la que ahí se gesta, irreconocible de entre todos los sueños que te sueñan en un florecer inverso, como si tus madrigueras subterráneas treparan por el aire y me doliera aprenderlas nada más por su perfume y no por su estación.
Mi más amada sombra es la que tu palabra proyecta en la pared de mi silencio para resanar su fragilidad y hacer que aparezca, magnífico, el árbol de mis cuarteaduras. La sombra de tu voz es de bosque que no desconoce el mar, velero de nervaduras sin envés que se hunde hacia lo alto donde impera la tinta como verdad del otoño.
Para tu sombra te doy mi sombra porque es lo único no se pudre. Te doy mi sombra como como se la di a mis ojos que te pintaron velos de yeso para que tu desnudez no desconcertara a mis manos acostumbradas a acariciar hormigueros. En este abrazo te doy mi sombra porque nuestras sombras se abrazaron primero.
Lávate las manos en mi sombra, cuna de peces muertos, como yo me enjuago los ojos en tu desnudo oficio de higuera. Bebe mi sombra porque te soy si sombra y mi sombra eres. Con las manos limpias, con las manos negras de sombra incorruptible, vamos a paladear el pan del sudor, el pestañeo de las almendras, el temblor cuajado del aceite de estrellas, la mañana de gelatina de naranja, el detritus de saliva que es el borde del universo.
Más que a tu cuerpo, que escamotea sus límites, quiero su imitación perfecta, su registro fósil en cristales de luz consumada y consumida: tu sombra. Tú sombra antes que tu cuerpo, pero definitivamente de tu cuerpo que es la más larga e incurable herida de tu nombre. Sombra para la nada y tu cuerpo para todo lo demás, incluyendo el tiempo que nos excluye, para ti, para mí –si me encuentro–, para los otros, es decir: para la muerte; es decir: para contagiar de existencia a los dioses de la lluvia y de la guerra. Sombra de tu cuerpo y no sombra de tu ausencia que no es sombra sino espectro entumido, fantasma que traspapela los catálogos de la dicha y la tristeza.
Nuestra sombra para dignificar esta mentira en la creo y me creo, para reconocer el evanescente esqueleto de nuestro río en la carta de las constelaciones. Tu sombra para mecer el trago con la canción de las anémonas, para clausurar los ojos sin correr los párpados hasta que la mirada se hunda en su cuenco de basalto y el olvido encerrado en el olvido tenga lunas suficientes y no miedo.
Agua de sombra, sombra y paraguas para el camino que se cierra detrás con elegancia de espuma cuando más espeso es el muro. Sombra para prometer el regreso y dejar las manos colgadas en este adiós.
Mi más amada sombra es la que tu palabra proyecta en la pared de mi silencio para resanar su fragilidad y hacer que aparezca, magnífico, el árbol de mis cuarteaduras. La sombra de tu voz es de bosque que no desconoce el mar, velero de nervaduras sin envés que se hunde hacia lo alto donde impera la tinta como verdad del otoño.
Para tu sombra te doy mi sombra porque es lo único no se pudre. Te doy mi sombra como como se la di a mis ojos que te pintaron velos de yeso para que tu desnudez no desconcertara a mis manos acostumbradas a acariciar hormigueros. En este abrazo te doy mi sombra porque nuestras sombras se abrazaron primero.
Lávate las manos en mi sombra, cuna de peces muertos, como yo me enjuago los ojos en tu desnudo oficio de higuera. Bebe mi sombra porque te soy si sombra y mi sombra eres. Con las manos limpias, con las manos negras de sombra incorruptible, vamos a paladear el pan del sudor, el pestañeo de las almendras, el temblor cuajado del aceite de estrellas, la mañana de gelatina de naranja, el detritus de saliva que es el borde del universo.
Más que a tu cuerpo, que escamotea sus límites, quiero su imitación perfecta, su registro fósil en cristales de luz consumada y consumida: tu sombra. Tú sombra antes que tu cuerpo, pero definitivamente de tu cuerpo que es la más larga e incurable herida de tu nombre. Sombra para la nada y tu cuerpo para todo lo demás, incluyendo el tiempo que nos excluye, para ti, para mí –si me encuentro–, para los otros, es decir: para la muerte; es decir: para contagiar de existencia a los dioses de la lluvia y de la guerra. Sombra de tu cuerpo y no sombra de tu ausencia que no es sombra sino espectro entumido, fantasma que traspapela los catálogos de la dicha y la tristeza.
Nuestra sombra para dignificar esta mentira en la creo y me creo, para reconocer el evanescente esqueleto de nuestro río en la carta de las constelaciones. Tu sombra para mecer el trago con la canción de las anémonas, para clausurar los ojos sin correr los párpados hasta que la mirada se hunda en su cuenco de basalto y el olvido encerrado en el olvido tenga lunas suficientes y no miedo.
Agua de sombra, sombra y paraguas para el camino que se cierra detrás con elegancia de espuma cuando más espeso es el muro. Sombra para prometer el regreso y dejar las manos colgadas en este adiós.
26 de julio de 2015
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