Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
Cuando la horca del delfín viste de luto mi cerebro,
extraviado entre el éxtasis y el mar de fondo,
levanto tu capilla ardiente hasta mi última vértebra,
asentada entre el énfasis, la invisibilidad,
sin preguntas que encastren los pinceles,
el bolígrafo y el punzón hacen vudú, pinturas y premisas, con un cuadro que representa el arte.
Esas fugas de gas, salvoconductos,
le permiten al hombre no erigir a sus ídolos,
cuando la diferencia en sus apreciaciones
la marca la estación donde dejan su cuerpo,
cuando las nebulosas asaltaron la Tierra,
los eclipses quedaron expuestos,
dentro de cada mente puede verse el reflejo de los ojos
-Es un ave enjaulado cada vez más adentro.-,
y lo que la mirada miente, la voz no lo controla.
Órdenes que transitan hasta el viento escondido en los jarrones.
La confianza suplica porque divide océanos en dos,
-Los peces que se lleva por delante nos nacen en la lengua. Pero inventar un nuevo idioma es cuestión de burbujas, de señales de humo.-
cada vez más callada, se encalla en lo fanático,
como un admirador de pienso,
como una lección de anatomía,
la inteligencia huye, hacia los funerales.
-Éste no es un poema personal, es la elasticidad de la conciencia.
Las religiones han roto sus misterios.
Se pueden visitar en los museos.-.
Mientras adoro el acto de mentir,
la sombra del suspense,
el trato y placentero acto que supone el creerme mis palabras
-Pienso pues, que ya es hora de desenterrar mis escrúpulos-,
"la inusitada ciencia del secreto.
Algo en mis neuronas no va bien.
O simplemente estoy volviendo a meditar
sobre la última vez que la palabra ha cambiado algo para mejor,
como si las columnas de mi casa se doblasen para hacer un desván en la ventana."
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