Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Tras la mesa del despacho, el rostro del presidente del Colegio Oficial de Médicos lucía una seriedad absoluta, cuando Graciano Álvarez, después de haber solicitado permiso, penetró en la estancia. Vestía un traje blanco de indiano y en la mano derecha le brillaba un enorme solitario. Jugueteaba con un sombrero flexible de color beige que portaba en las manos y tintineaba en su mano izquierda aquella esclava de oro, pura ostentación, que le había hecho ganar a pulso el apodo de “Gitano Señorito”, con el que lo conocían sus compañeros.
A un gesto de Don Vicente, se sentó en uno de los sillones, permaneciendo en silencio, mientras recorría con la mirada los estantes repletos de libros y revistas, así como los títulos y diplomas que colgaban en las paredes.
Don Vicente carraspeó para llamar su atención y, en tono grave, comenzó a decir:
- “No es grato para mí, pero esta es una penosa tarea que me impone el cargo que represento…”
Graciano, conocía de sobra la cantinela y, además, sabía sin el menos atisbo de duda todo lo que Don Vicente le iba a recriminar. Casi sin darse cuenta se evadió de aquel despacho oscuro, con reminiscencias barrocas y se sorprendió sonriendo para sus adentros, riéndose a toro pasado de su propia aventura; desde luego, merecía la pena recordar…
La vespa verde enfiló la calle principal hasta desembocar en la plaza de soportales. En el portabultos llevaba sujeta con un pulpo de goma, arropada con el mismo mimo con que se arropa un tesoro, una maleta de grandes dimensiones.
Nada más llegar, buscó el edificio del ayuntamiento de Villalfalé donde, después de saludar, presentarse y cambiar impresiones con el primer teniente de alcalde poniéndole al corriente de lo que su cuidadosamente preparada visita podía representar para el pueblo, logró, por su intercesión, que le cediesen un portal oscuro y espacioso que contaba, además, con toma de corriente eléctrica.
No menos importante fue la eficaz recomendación hecha al pregonero, convenientemente adobada con un resplandeciente billete de veinte duros, para que todo el personal fuese puesto al corriente. De modo que, a toque de cornetilla, por las calles y plazas del pueblo, el alguacil fue repitiendo:
- “Se hace saber al vecindario que, en el portal de la señora Pura la cordelera, a partir de las cinco de la tarde del día hoy, consultará el prestigioso doctor Don Graciano Álvarez, médico del Sanatorio del Duque de Vasdestilla, quien pondrá a disposición de los enfermos de este ayuntamiento los últimos adelantos de la ciencia médica”-. El eco del pregón recorrió todas las esquinas.
A eso de las cuatro menos cuarto, rodeado de una tropa de chiquillería que le seguía, con no disimulado asombro, introdujo la vespa en el portal, revisó con gesto aprobatorio la mesa y las sillas que allí le habían colocado y bajó al suelo la pesada maleta de cuero negro. Dominando la situación, con parsimonia, aire de experto y estudiado detalle, se dispuso a ensamblar aquella colección de piezas desmontadas. Al fin, una vez que lo tuvo armado, dejó caer, como sin querer, cara a los curiosos:
- “Es un aparato de radioscopia, portátil. Alemán. De lo que es difícil ver por aquí…”
En un momento arrasó el pueblo. El mito alemán en aparatos y la palabra radio…no sé cúantos, tuvieron la virtud de no dejar de comentarse.
- “Ha traído uno de esos aparatos de los médicos de la capital”. Comentaba ufana la mujer del cartero, puesta siempre a la última de cualquier novedad.
- “Dicen que con esos rayos, te los echan y te ven todo por dentro”. Terciaba el señor Tomás, que tenía un colmado en los mismos soportales. Le temblaba con la emoción la gruesa y sudorosa papada, presa de agitación por el evento.
- “Lo que es yo, no pienso dejar de ir”. Aseveró doña Luisa, viuda, todavía joven, de quien fuera el mayor capital de la comarca.
Diez minutos antes de la hora, el comandante de puesto de la Guardia Civil, había dispuesto que dos números pusieran orden en el previsible gallinero en que se iba a convertir la plaza, obligando a todo el mundo a guardar turno (respetando, claro está, la preferencia de las jerarquías locales), aunque tuviesen que hacerlo con las culatas de sus mosquetones.
Reluciente en su bata blanca, a las cinco en punto abrió el portón y, con un mandil plomeado, amén de unas gafas ahumadas de motorista sobre la frente, apareció Graciano. Con toda la circunspección que requería el momento, dijo:
- “Que pase el primero”.
Avanzó el señor Tomás, entre el orgullo de ser pionero y el temor a lo desconocido.
- “¿Duele, doctor?”. Preguntó en la puerta.
- “En absoluto”, le respondió Graciano y el portón se cerró tras ello con un halo de misterio.
Un silencio espeso y expectante cayó sobre la multitud. Los minutos fueron transcurriendo largos, interminables. Una incontenible curiosidad atenazó a todas aquellas gentes cuando el tendero salió del portalón.
Rojo de satisfacción, agitó un clisé negro, de gran tamaño que llevaba en la mano, como si fuese una bandera ondeando por encima de su cabeza.
- “¡¡Me lo ha acertado todo!!”, fue cuanto pudo balbucear dificultado por la emoción.
Una oleada de gente pugnó por invadir el mágico recinto en que se había convertido aquel remanso de oscuridad. La pareja de guardias tuvo que emplearse a fondo para controlar tal marea humana.
El Gitano Señorito se asomó a la puerta y voceó:
- “Ya saben que la radiografía cuesta quinientas pesetas, además de la consulta”. Aguardó un instante e indicó: “El siguiente”.
El rito se fue repitiendo, elevado al número de personas que pacientemente esperaban que llegase su turno. En las manos sudorosas se apretaban los azules billetes de quinientas pesetas que habían aflorado como por encanto y que iban engrosando los voluminosos bolsillos de la bata, donde los estrujaba Graciano.
Los que aguardaban, se mezclaban con quienes ya habían sido atendidos y se pasaban de mano en mano las radiografías de estos últimos, que todos querían ojear a contraluz.. No faltaba nadie a quien no hubiese encontrado inflamación, desviación, reúma o caimiento de alguna de las múltiples visceras y vericuetos que el organismo encierra.
Quiso la mala suerte que, en aquel preciso momento, tuviese que venir el empleado de la compañía eléctrica a pedir disculpas por el corte de suministro, que ya duraba desde el mediodía.
Primeramente, un sordo silencio, pesado y estuporoso que ahogó los balbuceos de quienes aún agitaban sus negras cartulinas con aire triunfal; poco a poco, cundió la indignación que acabó por dar paso a un generalizado cabreo.
Graciano Álvarez tuvo la fortuna de ser protegido por la pareja de la Guardia Civil cuando la multitud de bárbaros intentó poco menos que lincharlo.Vinieron luego todas aquellas horas en el cuartelillo…
En el despacho, Don Vicente seguía hablando y Graciano, pareció retornar de otro mundo cuando llegaba el final del merecido rapapolvo.
- “…por todo lo cual, teniendo por probado que Don Graciano Álvarez García, utilizando un aparato portátil de radioscopia fuera de uso, engañando a los pacientes con fogonazos del foco de la motocicleta de su propiedad asegurando que se trataba de descargas de Rayos X y repartiendo placas radiográficas sustraídas del archivo del Hospital Provincial, como si pertenecieran a los anteriormente citados enfermos, el Comité Deontológico de este Ilustre Colegio Oficial de Médicos, se encuentra en la obligación de suspender la colegiación al susodicho médico, por un periodo de dos años, incapacitándole durante ese tiempo para el ejercicio de la profesión”.
Don Vicente, muy digno, se puso en pie y con un ademán de la barbilla dio por concluída la entrevista, indicando a Graciano la puerta. Éste, salió cabizbajo y abatido; daba la impresión de estar totalmente hundido.
Una vez en la escalera, detenido en el rellano, se golpeó significativamente la frente con la palma de la mano, al tiempo que se le iluminaba el rostro: “¡Cómo no había caído antes. La próxima vez llevaría una batería!”
Nota: Relato inventado. Cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia.
A un gesto de Don Vicente, se sentó en uno de los sillones, permaneciendo en silencio, mientras recorría con la mirada los estantes repletos de libros y revistas, así como los títulos y diplomas que colgaban en las paredes.
Don Vicente carraspeó para llamar su atención y, en tono grave, comenzó a decir:
- “No es grato para mí, pero esta es una penosa tarea que me impone el cargo que represento…”
Graciano, conocía de sobra la cantinela y, además, sabía sin el menos atisbo de duda todo lo que Don Vicente le iba a recriminar. Casi sin darse cuenta se evadió de aquel despacho oscuro, con reminiscencias barrocas y se sorprendió sonriendo para sus adentros, riéndose a toro pasado de su propia aventura; desde luego, merecía la pena recordar…
La vespa verde enfiló la calle principal hasta desembocar en la plaza de soportales. En el portabultos llevaba sujeta con un pulpo de goma, arropada con el mismo mimo con que se arropa un tesoro, una maleta de grandes dimensiones.
Nada más llegar, buscó el edificio del ayuntamiento de Villalfalé donde, después de saludar, presentarse y cambiar impresiones con el primer teniente de alcalde poniéndole al corriente de lo que su cuidadosamente preparada visita podía representar para el pueblo, logró, por su intercesión, que le cediesen un portal oscuro y espacioso que contaba, además, con toma de corriente eléctrica.
No menos importante fue la eficaz recomendación hecha al pregonero, convenientemente adobada con un resplandeciente billete de veinte duros, para que todo el personal fuese puesto al corriente. De modo que, a toque de cornetilla, por las calles y plazas del pueblo, el alguacil fue repitiendo:
- “Se hace saber al vecindario que, en el portal de la señora Pura la cordelera, a partir de las cinco de la tarde del día hoy, consultará el prestigioso doctor Don Graciano Álvarez, médico del Sanatorio del Duque de Vasdestilla, quien pondrá a disposición de los enfermos de este ayuntamiento los últimos adelantos de la ciencia médica”-. El eco del pregón recorrió todas las esquinas.
A eso de las cuatro menos cuarto, rodeado de una tropa de chiquillería que le seguía, con no disimulado asombro, introdujo la vespa en el portal, revisó con gesto aprobatorio la mesa y las sillas que allí le habían colocado y bajó al suelo la pesada maleta de cuero negro. Dominando la situación, con parsimonia, aire de experto y estudiado detalle, se dispuso a ensamblar aquella colección de piezas desmontadas. Al fin, una vez que lo tuvo armado, dejó caer, como sin querer, cara a los curiosos:
- “Es un aparato de radioscopia, portátil. Alemán. De lo que es difícil ver por aquí…”
En un momento arrasó el pueblo. El mito alemán en aparatos y la palabra radio…no sé cúantos, tuvieron la virtud de no dejar de comentarse.
- “Ha traído uno de esos aparatos de los médicos de la capital”. Comentaba ufana la mujer del cartero, puesta siempre a la última de cualquier novedad.
- “Dicen que con esos rayos, te los echan y te ven todo por dentro”. Terciaba el señor Tomás, que tenía un colmado en los mismos soportales. Le temblaba con la emoción la gruesa y sudorosa papada, presa de agitación por el evento.
- “Lo que es yo, no pienso dejar de ir”. Aseveró doña Luisa, viuda, todavía joven, de quien fuera el mayor capital de la comarca.
Diez minutos antes de la hora, el comandante de puesto de la Guardia Civil, había dispuesto que dos números pusieran orden en el previsible gallinero en que se iba a convertir la plaza, obligando a todo el mundo a guardar turno (respetando, claro está, la preferencia de las jerarquías locales), aunque tuviesen que hacerlo con las culatas de sus mosquetones.
Reluciente en su bata blanca, a las cinco en punto abrió el portón y, con un mandil plomeado, amén de unas gafas ahumadas de motorista sobre la frente, apareció Graciano. Con toda la circunspección que requería el momento, dijo:
- “Que pase el primero”.
Avanzó el señor Tomás, entre el orgullo de ser pionero y el temor a lo desconocido.
- “¿Duele, doctor?”. Preguntó en la puerta.
- “En absoluto”, le respondió Graciano y el portón se cerró tras ello con un halo de misterio.
Un silencio espeso y expectante cayó sobre la multitud. Los minutos fueron transcurriendo largos, interminables. Una incontenible curiosidad atenazó a todas aquellas gentes cuando el tendero salió del portalón.
Rojo de satisfacción, agitó un clisé negro, de gran tamaño que llevaba en la mano, como si fuese una bandera ondeando por encima de su cabeza.
- “¡¡Me lo ha acertado todo!!”, fue cuanto pudo balbucear dificultado por la emoción.
Una oleada de gente pugnó por invadir el mágico recinto en que se había convertido aquel remanso de oscuridad. La pareja de guardias tuvo que emplearse a fondo para controlar tal marea humana.
El Gitano Señorito se asomó a la puerta y voceó:
- “Ya saben que la radiografía cuesta quinientas pesetas, además de la consulta”. Aguardó un instante e indicó: “El siguiente”.
El rito se fue repitiendo, elevado al número de personas que pacientemente esperaban que llegase su turno. En las manos sudorosas se apretaban los azules billetes de quinientas pesetas que habían aflorado como por encanto y que iban engrosando los voluminosos bolsillos de la bata, donde los estrujaba Graciano.
Los que aguardaban, se mezclaban con quienes ya habían sido atendidos y se pasaban de mano en mano las radiografías de estos últimos, que todos querían ojear a contraluz.. No faltaba nadie a quien no hubiese encontrado inflamación, desviación, reúma o caimiento de alguna de las múltiples visceras y vericuetos que el organismo encierra.
Quiso la mala suerte que, en aquel preciso momento, tuviese que venir el empleado de la compañía eléctrica a pedir disculpas por el corte de suministro, que ya duraba desde el mediodía.
Primeramente, un sordo silencio, pesado y estuporoso que ahogó los balbuceos de quienes aún agitaban sus negras cartulinas con aire triunfal; poco a poco, cundió la indignación que acabó por dar paso a un generalizado cabreo.
Graciano Álvarez tuvo la fortuna de ser protegido por la pareja de la Guardia Civil cuando la multitud de bárbaros intentó poco menos que lincharlo.Vinieron luego todas aquellas horas en el cuartelillo…
En el despacho, Don Vicente seguía hablando y Graciano, pareció retornar de otro mundo cuando llegaba el final del merecido rapapolvo.
- “…por todo lo cual, teniendo por probado que Don Graciano Álvarez García, utilizando un aparato portátil de radioscopia fuera de uso, engañando a los pacientes con fogonazos del foco de la motocicleta de su propiedad asegurando que se trataba de descargas de Rayos X y repartiendo placas radiográficas sustraídas del archivo del Hospital Provincial, como si pertenecieran a los anteriormente citados enfermos, el Comité Deontológico de este Ilustre Colegio Oficial de Médicos, se encuentra en la obligación de suspender la colegiación al susodicho médico, por un periodo de dos años, incapacitándole durante ese tiempo para el ejercicio de la profesión”.
Don Vicente, muy digno, se puso en pie y con un ademán de la barbilla dio por concluída la entrevista, indicando a Graciano la puerta. Éste, salió cabizbajo y abatido; daba la impresión de estar totalmente hundido.
Una vez en la escalera, detenido en el rellano, se golpeó significativamente la frente con la palma de la mano, al tiempo que se le iluminaba el rostro: “¡Cómo no había caído antes. La próxima vez llevaría una batería!”
Nota: Relato inventado. Cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia.
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