papereyes
Poeta recién llegado
Cuando era chiquita estaba fascinada con la primavera.
Unos días antes del 21 de septiembre plantaba unas semillas en mi jardín, las regaba y controlaba el sol.
Hasta que ese día tan esperado llegaba y yo me levantaba temprano e iba a ver como una florcita nacía.
No podía creer que yo había “hecho” eso, que yo había hecho <magia.>
Y así todas las primaveras admiraba todas las flores que nacían, me ponía tan feliz cuando llegaba.
Lo recuerdo y la inocencia que tenia me llena el alma de satisfacción.
Sin embargo, creces y los desencuentros te hacen pensar que esa magia ya no existe.
Pero eso no es verdad.
Porque a veces te encaprichas con semillas que no son de estación, semillas que no pueden crecer en tu jardín.
Y no entendes y te frustras.
Las plantas, las regas, le das sol y no crecen.
¿Que estoy haciendo mal? te preguntas, pensas en cambiar la tierra, en plantarlas en otro momento, es tanto lo que deseas que crezcan que se terminan secando solas.
Y lloras. Y te duele, y las amas.
“A veces no funciona”, te decís después de un tiempo.
Y quizás es mejor dejar de plantar porque seguro que la magia ya no existe en tu jardín, seguro lo rompiste y nunca más va a volver a crecer nada.
Y arrancas todas las raíces, removes la tierra y la dejas descansar.
Y un día, cuando falta poco para que todo vuelva a florecer, tu jardín empieza de la nada a brotar de magia.
Colores, olores, flores.
Y no entendes nada.
Se te dibuja una sonrisa en el rostro sin avisar, tu corazón empieza a latir muy fuerte y te asustas.
Tenes miedo de haberte olvidado como plantar, tenes miedo de que se vuelva a evaporar.
Tenes tanto miedo, que cerras los ojos, agarras el regador y empezas a darle amor a esas plantas.
Tus plantas.
No estás segura de que lo estás haciendo bien pero ya no pensas en cuánto dura la primavera o si la magia se va a terminar... y sin darte cuenta tu jardín está en paz.
Unos días antes del 21 de septiembre plantaba unas semillas en mi jardín, las regaba y controlaba el sol.
Hasta que ese día tan esperado llegaba y yo me levantaba temprano e iba a ver como una florcita nacía.
No podía creer que yo había “hecho” eso, que yo había hecho <magia.>
Y así todas las primaveras admiraba todas las flores que nacían, me ponía tan feliz cuando llegaba.
Lo recuerdo y la inocencia que tenia me llena el alma de satisfacción.
Sin embargo, creces y los desencuentros te hacen pensar que esa magia ya no existe.
Pero eso no es verdad.
Porque a veces te encaprichas con semillas que no son de estación, semillas que no pueden crecer en tu jardín.
Y no entendes y te frustras.
Las plantas, las regas, le das sol y no crecen.
¿Que estoy haciendo mal? te preguntas, pensas en cambiar la tierra, en plantarlas en otro momento, es tanto lo que deseas que crezcan que se terminan secando solas.
Y lloras. Y te duele, y las amas.
“A veces no funciona”, te decís después de un tiempo.
Y quizás es mejor dejar de plantar porque seguro que la magia ya no existe en tu jardín, seguro lo rompiste y nunca más va a volver a crecer nada.
Y arrancas todas las raíces, removes la tierra y la dejas descansar.
Y un día, cuando falta poco para que todo vuelva a florecer, tu jardín empieza de la nada a brotar de magia.
Colores, olores, flores.
Y no entendes nada.
Se te dibuja una sonrisa en el rostro sin avisar, tu corazón empieza a latir muy fuerte y te asustas.
Tenes miedo de haberte olvidado como plantar, tenes miedo de que se vuelva a evaporar.
Tenes tanto miedo, que cerras los ojos, agarras el regador y empezas a darle amor a esas plantas.
Tus plantas.
No estás segura de que lo estás haciendo bien pero ya no pensas en cuánto dura la primavera o si la magia se va a terminar... y sin darte cuenta tu jardín está en paz.