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Contemplador nocturno de poemas
Nunca fue mi casa, era la de ella, pero es la única que recuerdo. Con aquél espejo al fondo del pasillo, enfrentado a la puerta de salida, aquel que parecía repelerme, como si nuestras cargas fueran las mismas, pero que quizá, solo tal vez, todo se debía a la simple desgana mía de verme reflejado en él.
Era un pasillo frío y siempre oscuro, en duelo. Lo completaban un teléfono rojo carmín permanentemente descolgado, retratos de personas que ya no eran, pinturas de frutas cadaver, un reloj, y tantas puertas como necesidades tuvo la familia que habitó la casa.
Yo nunca iba a verla, a ella, porque sí. Siempre encontraba una buena razón, alguna maniobra de despiste. Tan estúpidas, todas, como que mi hámster se había escapado y... cómo iba ella a negarse, a no permitirme buscarle en su casa, cómo no iba, ella misma, a acompañarme por todas las estancias en la sagrada búsqueda de Hamlet, tan pequeño como prófugo, tan dorado como el cabello de ella
.
Sé que tenía los ojos del color de las hojas del otoño y que no pronunciaba bien las erres, lo que en mis oídos, sin excesiva educación aún, la hacía sonar con la sofisticación de un acento extranjero. Sus vestidos emanaban un ligero olor a naftalina, y su aliento sabía a caramelos de mora.
Yo nunca le hacía preguntas cuando se detenía frente a una puerta y golpeaba;
toc, toc..., toc.
Y esperaba, atenta, con la mirada ligeramente pérdida, como dando tiempo a que la habitación a la que íbamos a entrar se acomodara, se adecentara, para recibir nuestra visita. Os juro que todas las habitaciones hubiesen estado vacías si hubiera sido yo quien abriera las puertas. Yo no tengo paciencia para romper encantamientos, nunca la tuve y nunca la tendré. Ya me veis, alma en pena. Por tanto tiempo ya.
-Debemos ser cuidadosos con la señora Kitty Marlowe-. Me susurro una vez al oído. -Ya murió pero conserva bien afiladas las uñas.
-Debemos darnos prisa entonces, o la vieja gata se comerá a mi pobre Hamlet.
-Sí, le librará de su orfandad-. Dijo muy seria, pero con el brillo de la risa en los ojos.
Ella era así, como uno de esos cuentos que te atenazan y te obligan a echar el cuello hacia adelante, para que nadie te robe las palabras. Para que si alguien peca, seas tú. Tan egoístas los niñitos cuando de un buen cuento se trata. Yo no la podía ver marchar, nunca me cansaba de ella, nunca quería que se acabara, que dejara de ser, como la gente de las fotos del pasillo. La gente que ya no era.
Un día de Abril, tan gris y empapapado que quedó borrado de mi calendario, cerré los ojos y la imaginé, nos imaginé, adultos, casados, viejos, cansados, cadáveres, juntos. Ella lo supo al instante, por sus propios medios, runas, escritura automática, tabas... tantas posibilidades de no poder mentir, yo que era un niño.
-Nunca lo vuelvas a imaginar. No estoy enfadada-. Me dijo muy serena mirándome a los ojos.
-¿Por qué?
No respondió. Nunca respondió a eso.
Y su familia, tan dotados todos para las ciencias secretas... eran tan amables conmigo. Me invitaban a cenar, a sentarme a su mesa. Y aunque nunca ponían un plato para mí... conversaban conmigo todo el tiempo. Me preguntaban por la escuela, por las travesuras, por si me gustaba alguna niña. Hacían bromas cariñosas y me decían que me callaba cosas, que no era tan santito como quería aparentar. En esos momentos deseaba que no se acabara nunca.
Pero se acababa, y ella, entonces, me acompañaba a la puerta. Al marchar, el recorrido del pasillo se hacía más breve, propulsado por el espejo que me repelía, que me empujaba fuera de la casa, lejos de ellos. Pero ni ahora puede evitar que siga volviendo.
-Eres mi preocupación, mi responsabilidad. ¿Lo entiendes?
-Sí, creo que sí.
-Mientras pueda cuidaré de ti y de Hamlet. Ya lo verás.
Ella era la única persona que amé. Y sé que lo supo toda su vida, larga y feliz. Es mi consuelo. Sin ella, todas las habitaciones están vacías y los libros que leíamos ahora solo son páginas en blanco. Sin ella, pero aún soy.
Era un pasillo frío y siempre oscuro, en duelo. Lo completaban un teléfono rojo carmín permanentemente descolgado, retratos de personas que ya no eran, pinturas de frutas cadaver, un reloj, y tantas puertas como necesidades tuvo la familia que habitó la casa.
Yo nunca iba a verla, a ella, porque sí. Siempre encontraba una buena razón, alguna maniobra de despiste. Tan estúpidas, todas, como que mi hámster se había escapado y... cómo iba ella a negarse, a no permitirme buscarle en su casa, cómo no iba, ella misma, a acompañarme por todas las estancias en la sagrada búsqueda de Hamlet, tan pequeño como prófugo, tan dorado como el cabello de ella
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Sé que tenía los ojos del color de las hojas del otoño y que no pronunciaba bien las erres, lo que en mis oídos, sin excesiva educación aún, la hacía sonar con la sofisticación de un acento extranjero. Sus vestidos emanaban un ligero olor a naftalina, y su aliento sabía a caramelos de mora.
Yo nunca le hacía preguntas cuando se detenía frente a una puerta y golpeaba;
toc, toc..., toc.
Y esperaba, atenta, con la mirada ligeramente pérdida, como dando tiempo a que la habitación a la que íbamos a entrar se acomodara, se adecentara, para recibir nuestra visita. Os juro que todas las habitaciones hubiesen estado vacías si hubiera sido yo quien abriera las puertas. Yo no tengo paciencia para romper encantamientos, nunca la tuve y nunca la tendré. Ya me veis, alma en pena. Por tanto tiempo ya.
-Debemos ser cuidadosos con la señora Kitty Marlowe-. Me susurro una vez al oído. -Ya murió pero conserva bien afiladas las uñas.
-Debemos darnos prisa entonces, o la vieja gata se comerá a mi pobre Hamlet.
-Sí, le librará de su orfandad-. Dijo muy seria, pero con el brillo de la risa en los ojos.
Ella era así, como uno de esos cuentos que te atenazan y te obligan a echar el cuello hacia adelante, para que nadie te robe las palabras. Para que si alguien peca, seas tú. Tan egoístas los niñitos cuando de un buen cuento se trata. Yo no la podía ver marchar, nunca me cansaba de ella, nunca quería que se acabara, que dejara de ser, como la gente de las fotos del pasillo. La gente que ya no era.
Un día de Abril, tan gris y empapapado que quedó borrado de mi calendario, cerré los ojos y la imaginé, nos imaginé, adultos, casados, viejos, cansados, cadáveres, juntos. Ella lo supo al instante, por sus propios medios, runas, escritura automática, tabas... tantas posibilidades de no poder mentir, yo que era un niño.
-Nunca lo vuelvas a imaginar. No estoy enfadada-. Me dijo muy serena mirándome a los ojos.
-¿Por qué?
No respondió. Nunca respondió a eso.
Y su familia, tan dotados todos para las ciencias secretas... eran tan amables conmigo. Me invitaban a cenar, a sentarme a su mesa. Y aunque nunca ponían un plato para mí... conversaban conmigo todo el tiempo. Me preguntaban por la escuela, por las travesuras, por si me gustaba alguna niña. Hacían bromas cariñosas y me decían que me callaba cosas, que no era tan santito como quería aparentar. En esos momentos deseaba que no se acabara nunca.
Pero se acababa, y ella, entonces, me acompañaba a la puerta. Al marchar, el recorrido del pasillo se hacía más breve, propulsado por el espejo que me repelía, que me empujaba fuera de la casa, lejos de ellos. Pero ni ahora puede evitar que siga volviendo.
-Eres mi preocupación, mi responsabilidad. ¿Lo entiendes?
-Sí, creo que sí.
-Mientras pueda cuidaré de ti y de Hamlet. Ya lo verás.
Ella era la única persona que amé. Y sé que lo supo toda su vida, larga y feliz. Es mi consuelo. Sin ella, todas las habitaciones están vacías y los libros que leíamos ahora solo son páginas en blanco. Sin ella, pero aún soy.