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Desde el exilio (parte 4)

Khar Asbeel

Poeta fiel al portal
El trabajo de mesero puede llegar a ser tedioso y cansado.

“¿Quiere un tequila, señor, señora?”

“En unos minutos les serviremos la comida”

“¿Más servilletas?”

Básicamente todos los eventos en los que trabajo llevan la misma mecánica, con diversas variaciones. Acomodar mesas sillas, mantelería, losa, cubiertos. Servir comida y bebida mientras tratas de no mirar los amplios escotes de las invitadas o no dejarte deslumbrar por los constantes flashes de tangas que acechan por medio de las cortisimas faldas. Deambular de aquí por allá buscando que hacer para que las horas, pesadas y lentas, se aceleren un poco.

“Gracias por la propina, señor”

Al final, salir dando tumbos por las calles, como si estuvieras ebrio, pero solo son las piernas, acalambradas por un cansancio de ocho o diez horas de estar de pie en un suelo duro y frio.

Dinero en el bolsillo.


Me dejo caer en mi cama. Como ya es muy tarde no pongo música para ambientar la lectura del libro que he comenzado a leer. Diez páginas después, siento la vista borrosa y me cuesta poner atención a la trama, viendo como danzan las palabras de forma nebulosa por la blancura del papel. Enciendo el televisor. Paso los canales unos tras otro. Nada interesante para mirar. Mantengo la sintonía en una película mexicana majadera de la década de los setentas, solo por las desnudeces de las actrices.

Que patética es mi vida.

Ceno café con leche sintética y galletas baratas. Mi familia ya había cenado y no quiero ensuciar los trastes recién lavados. El cansancio se vuelve dolor a la par que los músculos se enfrían, llegando en espasmódicas oleadas. Con mucha razón el mito de la biblia judeocristiana pone al trabajo como una maldición divina. ¡Maldito seas Adán, por tragarte ese fruto censurado, solo porque te convencieron las nalgas antediluvianas de la tonta Eva!

Me meto a la cama a intentar dormir, pero hasta el estar sobre el colchón lastima mi cuerpo. El sueño tarda en llegar cuando el agotamiento es mucho, por más incongruente que se escuche. Para distraer mi mente empiezo a recordar a cuantas mujeres he conocido en mi vida y con cuantas pude tener encuentros pecaminosos de haber sido menos tímido y más listo. Una o dos tal vez.

Por fin caigo dormido, como es natural, sin darme cuenta. Sueño que las invitadas de la fiesta bailan desnudas en torno a mí, que me encuentro sobre una mesa, rociándoles las tetas con tequila blanco.

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El trabajo de mesero puede llegar a ser tedioso y cansado.

“¿Quiere un tequila, señor, señora?”

“En unos minutos les serviremos la comida”

“¿Más servilletas?”

Básicamente todos los eventos en los que trabajo llevan la misma mecánica, con diversas variaciones. Acomodar mesas sillas, mantelería, losa, cubiertos. Servir comida y bebida mientras tratas de no mirar los amplios escotes de las invitadas o no dejarte deslumbrar por los constantes flashes de tangas que acechan por medio de las cortisimas faldas. Deambular de aquí por allá buscando que hacer para que las horas, pesadas y lentas, se aceleren un poco.

“Gracias por la propina, señor”

Al final, salir dando tumbos por las calles, como si estuvieras ebrio, pero solo son las piernas, acalambradas por un cansancio de ocho o diez horas de estar de pie en un suelo duro y frio.

Dinero en el bolsillo.


Me dejo caer en mi cama. Como ya es muy tarde no pongo música para ambientar la lectura del libro que he comenzado a leer. Diez páginas después, siento la vista borrosa y me cuesta poner atención a la trama, viendo como danzan las palabras de forma nebulosa por la blancura del papel. Enciendo el televisor. Paso los canales unos tras otro. Nada interesante para mirar. Mantengo la sintonía en una película mexicana majadera de la década de los setentas, solo por las desnudeces de las actrices.

Que patética es mi vida.

Ceno café con leche sintética y galletas baratas. Mi familia ya había cenado y no quiero ensuciar los trastes recién lavados. El cansancio se vuelve dolor a la par que los músculos se enfrían, llegando en espasmódicas oleadas. Con mucha razón el mito de la biblia judeocristiana pone al trabajo como una maldición divina. ¡Maldito seas Adán, por tragarte ese fruto censurado, solo porque te convencieron las nalgas antediluvianas de la tonta Eva!

Me meto a la cama a intentar dormir, pero hasta el estar sobre el colchón lastima mi cuerpo. El sueño tarda en llegar cuando el agotamiento es mucho, por más incongruente que se escuche. Para distraer mi mente empiezo a recordar a cuantas mujeres he conocido en mi vida y con cuantas pude tener encuentros pecaminosos de haber sido menos tímido y más listo. Una o dos tal vez.

Por fin caigo dormido, como es natural, sin darme cuenta. Sueño que las invitadas de la fiesta bailan desnudas en torno a mí, que me encuentro sobre una mesa, rociándoles las tetas con tequila blanco.

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Buenísima presentación, mi estimado amigo Khar Asbeel... los detalles... todo
si al final de esa agotadora y tediosa jornada, tienes esos sueños tan maravillosos, creo que vale la pena soportarla... no creo que todo sea tan patético...

Te envío un gran abrazo.
 
No creo que su vida sea patética poeta. Al contrario debería de sentirse orgulloso. Tiene un trabajo honrado y puede mantenerse o mantener a su familia a pesar de las vicisitudes que se le presenten. Cualquier trabajo requiere de esfuerzo y dedicación. Animo no es malo ser un mesero o camarero ademas tengo entendido que algunos hacen muy buen dinero. Y siendo mesero siempre trae dinero en sus bolsillos o no? Eso recompensa de alguna manera el cansancio de las largas jornadas de trabajo.
 
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