Hambre
Poeta recién llegado
Intenté jugar y creé y tiré los dados. Recuerdo que El juego de la vida lo había llamado, pues vivir lo veía un juego de la muerte.
Fue todo fruto de mi mente. Tenía premios, ganaba puntos, cumplía retos, y todo desde la comodidad de mi cuarto.
Duré unas semanas artificialmente estimulado y allí quedaron al rato, en un cajón olvidado, todos los escritos que conformaban las pautas para vivir jugando.
El asunto era complicado, y más por mi introversión en aquel momento que por alguna situación externa, pienso ahora, tras varios años.
Jugué, moví fichas y transformé la realidad para hacerla apetecible, divertida incluso, pero jugaba en solitario. No había turnos, no había miradas ni sonrisas ni otras cabezas, piernas y brazos; había sólo papel, letras y ganas de no morir abandonado.
Fue todo fruto de mi mente. Tenía premios, ganaba puntos, cumplía retos, y todo desde la comodidad de mi cuarto.
Duré unas semanas artificialmente estimulado y allí quedaron al rato, en un cajón olvidado, todos los escritos que conformaban las pautas para vivir jugando.
El asunto era complicado, y más por mi introversión en aquel momento que por alguna situación externa, pienso ahora, tras varios años.
Jugué, moví fichas y transformé la realidad para hacerla apetecible, divertida incluso, pero jugaba en solitario. No había turnos, no había miradas ni sonrisas ni otras cabezas, piernas y brazos; había sólo papel, letras y ganas de no morir abandonado.