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La Tormenta

Luis Á. Ruiz Peradejordi

Poeta que considera el portal su segunda casa
Este año en la torre de la iglesia de La Trinidad hay dos nidos. Las cigüeñas dejaron de pelearse hace tiempo y parecen tolerarse ahora en la indiferencia de esos metros que las separan. Hace días que los pollos comenzaron a extender sus alas y dar los primeros aletazos, preludio de ese vuelo que deberán abordar en poco tiempo

Hoy, se van encogiendo, acercándose a sus padres, ante le negrura que exhibe el cielo, cuajado de broncos nubarrones.

Casi sin esperarlo, algún trueno lejano se deja retumbar por las calles, las esquinas, los tejados. Las gentes presurosas, miran con desconfianza hacia arriba y se apresuran a recogerse dejando las calles vacías.

De pronto un rayo se dibuja como la radiografía de un esqueleto que sujetase las nubes. De inmediato el fragor del trueno rompe el momentáneo silencio que se vive en el pueblo. Como si fuese una señal, un festival de relámpagos se dibuja en el firmamento. No hay rincón en que no se ilumine el cielo por un breve instante, para romper después en una cascada de sonidos, tambores de guerra que tocan arrebato y amenazan con su estruendo partir el cielo.

Y el agua. Lluvia de gotas grandes, casi como charcos que caen directas desde el cielo. Y se apresuran, cantan en sus choques con los tejados, con las ramas de los árboles, con el techo metálico de los coches, en una sinfonía de ruidos rítmicos, en ocasiones atronadora, salvaje siempre.

Rompe la lluvia furiosa contra los cristales, dejando en sus impactos la marca de su paso y lloran los tejados por sus canalones auténticos arroyos de agua, que acaban lavando la calle.

En la torre las cigüeñas aguantan apretadas unas contra otras el ruido, la explosión de luz, el agua y el viento, con indiferencia, casi diríase que altivas.

Poco a poco va cediendo en su fuerza la tormenta. El azul celeste se dibuja entre las nubes, que ya no parecen tan fieras. La lluvia va cesando y algún rayo de sol llega hasta las ventanas y pinta en oro viejo la torre.

Las cigüeñas se estiran, se sacuden, se mueven un poco, colocan y atusan las plumas, acabando por acomodarse en el nido.

Ha pasado la tormenta.
 
Este año en la torre de la iglesia de La Trinidad hay dos nidos. Las cigüeñas dejaron de pelearse hace tiempo y parecen tolerarse ahora en la indiferencia de esos metros que las separan. Hace días que los pollos comenzaron a extender sus alas y dar los primeros aletazos, preludio de ese vuelo que deberán abordar en poco tiempo

Hoy, se van encogiendo, acercándose a sus padres, ante le negrura que exhibe el cielo, cuajado de broncos nubarrones.

Casi sin esperarlo, algún trueno lejano se deja retumbar por las calles, las esquinas, los tejados. Las gentes presurosas, miran con desconfianza hacia arriba y se apresuran a recogerse dejando las calles vacías.

De pronto un rayo se dibuja como la radiografía de un esqueleto que sujetase las nubes. De inmediato el fragor del trueno rompe el momentáneo silencio que se vive en el pueblo. Como si fuese una señal, un festival de relámpagos se dibuja en el firmamento. No hay rincón en que no se ilumine el cielo por un breve instante, para romper después en una cascada de sonidos, tambores de guerra que tocan arrebato y amenazan con su estruendo partir el cielo.

Y el agua. Lluvia de gotas grandes, casi como charcos que caen directas desde el cielo. Y se apresuran, cantan en sus choques con los tejados, con las ramas de los árboles, con el techo metálico de los coches, en una sinfonía de ruidos rítmicos, en ocasiones atronadora, salvaje siempre.

Rompe la lluvia furiosa contra los cristales, dejando en sus impactos la marca de su paso y lloran los tejados por sus canalones auténticos arroyos de agua, que acaban lavando la calle.

En la torre las cigüeñas aguantan apretadas unas contra otras el ruido, la explosión de luz, el agua y el viento, con indiferencia, casi diríase que altivas.

Poco a poco va cediendo en su fuerza la tormenta. El azul celeste se dibuja entre las nubes, que ya no parecen tan fieras. La lluvia va cesando y algún rayo de sol llega hasta las ventanas y pinta en oro viejo la torre.

Las cigüeñas se estiran, se sacuden, se mueven un poco, colocan y atusan las plumas, acabando por acomodarse en el nido.

Ha pasado la tormenta.
Me las imaginé asustadas y con temor de salir huyendo pero resultó todo lo contrario. Saludos cordiales, Luis..
 
Este año en la torre de la iglesia de La Trinidad hay dos nidos. Las cigüeñas dejaron de pelearse hace tiempo y parecen tolerarse ahora en la indiferencia de esos metros que las separan. Hace días que los pollos comenzaron a extender sus alas y dar los primeros aletazos, preludio de ese vuelo que deberán abordar en poco tiempo

Hoy, se van encogiendo, acercándose a sus padres, ante le negrura que exhibe el cielo, cuajado de broncos nubarrones.

Casi sin esperarlo, algún trueno lejano se deja retumbar por las calles, las esquinas, los tejados. Las gentes presurosas, miran con desconfianza hacia arriba y se apresuran a recogerse dejando las calles vacías.

De pronto un rayo se dibuja como la radiografía de un esqueleto que sujetase las nubes. De inmediato el fragor del trueno rompe el momentáneo silencio que se vive en el pueblo. Como si fuese una señal, un festival de relámpagos se dibuja en el firmamento. No hay rincón en que no se ilumine el cielo por un breve instante, para romper después en una cascada de sonidos, tambores de guerra que tocan arrebato y amenazan con su estruendo partir el cielo.

Y el agua. Lluvia de gotas grandes, casi como charcos que caen directas desde el cielo. Y se apresuran, cantan en sus choques con los tejados, con las ramas de los árboles, con el techo metálico de los coches, en una sinfonía de ruidos rítmicos, en ocasiones atronadora, salvaje siempre.

Rompe la lluvia furiosa contra los cristales, dejando en sus impactos la marca de su paso y lloran los tejados por sus canalones auténticos arroyos de agua, que acaban lavando la calle.

En la torre las cigüeñas aguantan apretadas unas contra otras el ruido, la explosión de luz, el agua y el viento, con indiferencia, casi diríase que altivas.

Poco a poco va cediendo en su fuerza la tormenta. El azul celeste se dibuja entre las nubes, que ya no parecen tan fieras. La lluvia va cesando y algún rayo de sol llega hasta las ventanas y pinta en oro viejo la torre.

Las cigüeñas se estiran, se sacuden, se mueven un poco, colocan y atusan las plumas, acabando por acomodarse en el nido.

Ha pasado la tormenta.
Si, después de todo, pasa la tormenta y la naturaleza se deja acariciar por los primeros rayos como aviso de la calma....Las monógamas y sabias cigüeñas lo supieron hacer y pueden retomar su nido....
Grata la lectura de esta propuesta poética que nos compartes Luis.
Un abrazo hasta tu orilla
Camelia
 
Si, después de todo, pasa la tormenta y la naturaleza se deja acariciar por los primeros rayos como aviso de la calma....Las monógamas y sabias cigüeñas lo supieron hacer y pueden retomar su nido....
Grata la lectura de esta propuesta poética que nos compartes Luis.
Un abrazo hasta tu orilla
Camelia
Gracias por tu tiempo y por tu lectura. Las cigüeñas disponen de una especial sabiduría y la utilizan en los momentos más comprometidos. Espero que nosotros seamos capaces de algo parecido. Un fuerte abrazo.
 
Este año en la torre de la iglesia de La Trinidad hay dos nidos. Las cigüeñas dejaron de pelearse hace tiempo y parecen tolerarse ahora en la indiferencia de esos metros que las separan. Hace días que los pollos comenzaron a extender sus alas y dar los primeros aletazos, preludio de ese vuelo que deberán abordar en poco tiempo

Hoy, se van encogiendo, acercándose a sus padres, ante le negrura que exhibe el cielo, cuajado de broncos nubarrones.

Casi sin esperarlo, algún trueno lejano se deja retumbar por las calles, las esquinas, los tejados. Las gentes presurosas, miran con desconfianza hacia arriba y se apresuran a recogerse dejando las calles vacías.

De pronto un rayo se dibuja como la radiografía de un esqueleto que sujetase las nubes. De inmediato el fragor del trueno rompe el momentáneo silencio que se vive en el pueblo. Como si fuese una señal, un festival de relámpagos se dibuja en el firmamento. No hay rincón en que no se ilumine el cielo por un breve instante, para romper después en una cascada de sonidos, tambores de guerra que tocan arrebato y amenazan con su estruendo partir el cielo.

Y el agua. Lluvia de gotas grandes, casi como charcos que caen directas desde el cielo. Y se apresuran, cantan en sus choques con los tejados, con las ramas de los árboles, con el techo metálico de los coches, en una sinfonía de ruidos rítmicos, en ocasiones atronadora, salvaje siempre.

Rompe la lluvia furiosa contra los cristales, dejando en sus impactos la marca de su paso y lloran los tejados por sus canalones auténticos arroyos de agua, que acaban lavando la calle.

En la torre las cigüeñas aguantan apretadas unas contra otras el ruido, la explosión de luz, el agua y el viento, con indiferencia, casi diríase que altivas.

Poco a poco va cediendo en su fuerza la tormenta. El azul celeste se dibuja entre las nubes, que ya no parecen tan fieras. La lluvia va cesando y algún rayo de sol llega hasta las ventanas y pinta en oro viejo la torre.

Las cigüeñas se estiran, se sacuden, se mueven un poco, colocan y atusan las plumas, acabando por acomodarse en el nido.

Ha pasado la tormenta.


Los domingos me resultan particularmente emotivos, son días donde parece que las emociones, tanto gratas como de las otras, las sintiera más. De hecho, me sucede, y hallé muy cercano a tu relato.
Me conmueven las obras con las cuales puedo conectar, y que me llegan por determinados motivos.
Todos transitamos por tormentas, y cuando ellas pasan, buscamos nuestras piezas perdidas y nos vamos armando. Es así.
Creo que los buenos vínculos, esa unión fuerte, como la de tus cigüeñas, es la causa que las salva del temporal.
Fue un placer volver a leerte, Luis.
Un abrazo.
 
Última edición por un moderador:
Los domingos me resultan particularmente emotivos, son días donde parece que las emociones, tanto gratas como de las otras, las sintiera más. De hecho, me sucede, y hallé muy cercano a tu relato.
Me conmueven las obras con las cuales puedo conectar, y que me llegan por determinados motivos.
Todos transitamos por tormentas, y cuando ellas pasan, buscamos nuestras piezas perdidas y nos vamos armando. Es así.
Creo que los buenos vínculos, esa unión fuerte, como la de tus cigüeñas, es la causa que las salva del temporal.
Fue un placer volver a leerte, Luis.
Un abrazo.
Fue curioso ver cómo se amparaban unas en las otras y en pie firme soportaban la tormenta. Eso tiene una traducción para las personas y de ahí mi pequeño relato. Espero que lo hayas disfrutado, un poco al menos. Un abrazo
 
Este año en la torre de la iglesia de La Trinidad hay dos nidos. Las cigüeñas dejaron de pelearse hace tiempo y parecen tolerarse ahora en la indiferencia de esos metros que las separan. Hace días que los pollos comenzaron a extender sus alas y dar los primeros aletazos, preludio de ese vuelo que deberán abordar en poco tiempo

Hoy, se van encogiendo, acercándose a sus padres, ante le negrura que exhibe el cielo, cuajado de broncos nubarrones.

Casi sin esperarlo, algún trueno lejano se deja retumbar por las calles, las esquinas, los tejados. Las gentes presurosas, miran con desconfianza hacia arriba y se apresuran a recogerse dejando las calles vacías.

De pronto un rayo se dibuja como la radiografía de un esqueleto que sujetase las nubes. De inmediato el fragor del trueno rompe el momentáneo silencio que se vive en el pueblo. Como si fuese una señal, un festival de relámpagos se dibuja en el firmamento. No hay rincón en que no se ilumine el cielo por un breve instante, para romper después en una cascada de sonidos, tambores de guerra que tocan arrebato y amenazan con su estruendo partir el cielo.

Y el agua. Lluvia de gotas grandes, casi como charcos que caen directas desde el cielo. Y se apresuran, cantan en sus choques con los tejados, con las ramas de los árboles, con el techo metálico de los coches, en una sinfonía de ruidos rítmicos, en ocasiones atronadora, salvaje siempre.

Rompe la lluvia furiosa contra los cristales, dejando en sus impactos la marca de su paso y lloran los tejados por sus canalones auténticos arroyos de agua, que acaban lavando la calle.

En la torre las cigüeñas aguantan apretadas unas contra otras el ruido, la explosión de luz, el agua y el viento, con indiferencia, casi diríase que altivas.

Poco a poco va cediendo en su fuerza la tormenta. El azul celeste se dibuja entre las nubes, que ya no parecen tan fieras. La lluvia va cesando y algún rayo de sol llega hasta las ventanas y pinta en oro viejo la torre.

Las cigüeñas se estiran, se sacuden, se mueven un poco, colocan y atusan las plumas, acabando por acomodarse en el nido.

Ha pasado la tormenta.
Nosotros humanos no soportamos ni una gota de lluvia en el cuerpo y en la piel, inventamos sentimientos de la naturaleza que en realidad no tiene. Los animales y en este caso las cigüeñas aguantan la lluvia, la tormenta sin que le molesten .
Eso es sabiduría natural y nosotros humanos deberíamos hacer lo mismo.
Me ha gustado mucho tu prosa Luis, nos das materia para reflexionar mi amistad poética Amarilys
 
Nosotros humanos no soportamos ni una gota de lluvia en el cuerpo y en la piel, inventamos sentimientos de la naturaleza que en realidad no tiene. Los animales y en este caso las cigüeñas aguantan la lluvia, la tormenta sin que le molesten .
Eso es sabiduría natural y nosotros humanos deberíamos hacer lo mismo.
Me ha gustado mucho tu prosa Luis, nos das materia para reflexionar mi amistad poética Amarilys
Gracias por tu presencia Amarilys. Efectivamente, debiéramos aprender de los animales a soportar las tormentas que, de vez en cuando, nos trae la vida. Un abrazo y mi amistad.
 
Este año en la torre de la iglesia de La Trinidad hay dos nidos. Las cigüeñas dejaron de pelearse hace tiempo y parecen tolerarse ahora en la indiferencia de esos metros que las separan. Hace días que los pollos comenzaron a extender sus alas y dar los primeros aletazos, preludio de ese vuelo que deberán abordar en poco tiempo

Hoy, se van encogiendo, acercándose a sus padres, ante le negrura que exhibe el cielo, cuajado de broncos nubarrones.

Casi sin esperarlo, algún trueno lejano se deja retumbar por las calles, las esquinas, los tejados. Las gentes presurosas, miran con desconfianza hacia arriba y se apresuran a recogerse dejando las calles vacías.

De pronto un rayo se dibuja como la radiografía de un esqueleto que sujetase las nubes. De inmediato el fragor del trueno rompe el momentáneo silencio que se vive en el pueblo. Como si fuese una señal, un festival de relámpagos se dibuja en el firmamento. No hay rincón en que no se ilumine el cielo por un breve instante, para romper después en una cascada de sonidos, tambores de guerra que tocan arrebato y amenazan con su estruendo partir el cielo.

Y el agua. Lluvia de gotas grandes, casi como charcos que caen directas desde el cielo. Y se apresuran, cantan en sus choques con los tejados, con las ramas de los árboles, con el techo metálico de los coches, en una sinfonía de ruidos rítmicos, en ocasiones atronadora, salvaje siempre.

Rompe la lluvia furiosa contra los cristales, dejando en sus impactos la marca de su paso y lloran los tejados por sus canalones auténticos arroyos de agua, que acaban lavando la calle.

En la torre las cigüeñas aguantan apretadas unas contra otras el ruido, la explosión de luz, el agua y el viento, con indiferencia, casi diríase que altivas.

Poco a poco va cediendo en su fuerza la tormenta. El azul celeste se dibuja entre las nubes, que ya no parecen tan fieras. La lluvia va cesando y algún rayo de sol llega hasta las ventanas y pinta en oro viejo la torre.

Las cigüeñas se estiran, se sacuden, se mueven un poco, colocan y atusan las plumas, acabando por acomodarse en el nido.

Ha pasado la tormenta.


un festival de relámpagos

una cascada de sonidos

una sinfonía de ruidos rítmicos


Qué gran lectura, Luis. Ha sido como atravesar la tormenta a través de tu mirada para de repente alcanzar la magnificencia del sol. Eres muy descriptivo en los detalles y eso lo disfruto mucho, porque pareciera que nos llevas de la mano hasta la propia escena, las metáforas son espléndidas. En resumen, es un bello trabajo por el cual te felicito. Un saludo y cordial abrazo.
 
Este año en la torre de la iglesia de La Trinidad hay dos nidos. Las cigüeñas dejaron de pelearse hace tiempo y parecen tolerarse ahora en la indiferencia de esos metros que las separan. Hace días que los pollos comenzaron a extender sus alas y dar los primeros aletazos, preludio de ese vuelo que deberán abordar en poco tiempo

Hoy, se van encogiendo, acercándose a sus padres, ante le negrura que exhibe el cielo, cuajado de broncos nubarrones.

Casi sin esperarlo, algún trueno lejano se deja retumbar por las calles, las esquinas, los tejados. Las gentes presurosas, miran con desconfianza hacia arriba y se apresuran a recogerse dejando las calles vacías.

De pronto un rayo se dibuja como la radiografía de un esqueleto que sujetase las nubes. De inmediato el fragor del trueno rompe el momentáneo silencio que se vive en el pueblo. Como si fuese una señal, un festival de relámpagos se dibuja en el firmamento. No hay rincón en que no se ilumine el cielo por un breve instante, para romper después en una cascada de sonidos, tambores de guerra que tocan arrebato y amenazan con su estruendo partir el cielo.

Y el agua. Lluvia de gotas grandes, casi como charcos que caen directas desde el cielo. Y se apresuran, cantan en sus choques con los tejados, con las ramas de los árboles, con el techo metálico de los coches, en una sinfonía de ruidos rítmicos, en ocasiones atronadora, salvaje siempre.

Rompe la lluvia furiosa contra los cristales, dejando en sus impactos la marca de su paso y lloran los tejados por sus canalones auténticos arroyos de agua, que acaban lavando la calle.

En la torre las cigüeñas aguantan apretadas unas contra otras el ruido, la explosión de luz, el agua y el viento, con indiferencia, casi diríase que altivas.

Poco a poco va cediendo en su fuerza la tormenta. El azul celeste se dibuja entre las nubes, que ya no parecen tan fieras. La lluvia va cesando y algún rayo de sol llega hasta las ventanas y pinta en oro viejo la torre.

Las cigüeñas se estiran, se sacuden, se mueven un poco, colocan y atusan las plumas, acabando por acomodarse en el nido.

Ha pasado la tormenta.
Ayyy Luís, con la belleza de tus descripciones me has hecho vivir en directo la fuerza de la tormenta, me he refugiado a la par que las cigüeñas de la furia que las acompaña y he respirado finalmente cuando se ha acabado uffff... eres un narrador excelente, me encanta cómo escribes amigo. Muchos besos llenos siempre de mi cariño y de mi admiración a tu obra................muáááááacksssss...
 
Que maravilla de redacción la que dejan sus letras, todos los detalles expuestos con sutilidad, elegancia y maestría, disfruté enormemente de esta tormenta cual si estuviera allí, impresionante prosa, saludos Alex
 
un festival de relámpagos

una cascada de sonidos

una sinfonía de ruidos rítmicos


Qué gran lectura, Luis. Ha sido como atravesar la tormenta a través de tu mirada para de repente alcanzar la magnificencia del sol. Eres muy descriptivo en los detalles y eso lo disfruto mucho, porque pareciera que nos llevas de la mano hasta la propia escena, las metáforas son espléndidas. En resumen, es un bello trabajo por el cual te felicito. Un saludo y cordial abrazo.
Muchas gracias Nancy por tu bello comentario. Me gustan las prosas porque permiten entrar en el detalle. Ojalá lo hayas disfrutado. Un abrazo.
 
Ayyy Luís, con la belleza de tus descripciones me has hecho vivir en directo la fuerza de la tormenta, me he refugiado a la par que las cigüeñas de la furia que las acompaña y he respirado finalmente cuando se ha acabado uffff... eres un narrador excelente, me encanta cómo escribes amigo. Muchos besos llenos siempre de mi cariño y de mi admiración a tu obra................muáááááacksssss...
Muy agradecido a tu presencia y a tus palabras. Ciertamente las tormentas de este año nos han metido un poco de miedo en el cuerpo, pero viendo a las cigüeñas como lo han aguantado, parece todo más fácil. Un abrazo y un beso.
 
Que maravilla de redacción la que dejan sus letras, todos los detalles expuestos con sutilidad, elegancia y maestría, disfruté enormemente de esta tormenta cual si estuviera allí, impresionante prosa, saludos Alex
Muchas gracias Alex por sus palabras y sus ánimos. Me gusta mucho la prosa y me entretengo con ella. Un placer saber que le ha gustado. Mis saludos cordiales.
 
Este año en la torre de la iglesia de La Trinidad hay dos nidos. Las cigüeñas dejaron de pelearse hace tiempo y parecen tolerarse ahora en la indiferencia de esos metros que las separan. Hace días que los pollos comenzaron a extender sus alas y dar los primeros aletazos, preludio de ese vuelo que deberán abordar en poco tiempo

Hoy, se van encogiendo, acercándose a sus padres, ante le negrura que exhibe el cielo, cuajado de broncos nubarrones.

Casi sin esperarlo, algún trueno lejano se deja retumbar por las calles, las esquinas, los tejados. Las gentes presurosas, miran con desconfianza hacia arriba y se apresuran a recogerse dejando las calles vacías.

De pronto un rayo se dibuja como la radiografía de un esqueleto que sujetase las nubes. De inmediato el fragor del trueno rompe el momentáneo silencio que se vive en el pueblo. Como si fuese una señal, un festival de relámpagos se dibuja en el firmamento. No hay rincón en que no se ilumine el cielo por un breve instante, para romper después en una cascada de sonidos, tambores de guerra que tocan arrebato y amenazan con su estruendo partir el cielo.

Y el agua. Lluvia de gotas grandes, casi como charcos que caen directas desde el cielo. Y se apresuran, cantan en sus choques con los tejados, con las ramas de los árboles, con el techo metálico de los coches, en una sinfonía de ruidos rítmicos, en ocasiones atronadora, salvaje siempre.

Rompe la lluvia furiosa contra los cristales, dejando en sus impactos la marca de su paso y lloran los tejados por sus canalones auténticos arroyos de agua, que acaban lavando la calle.

En la torre las cigüeñas aguantan apretadas unas contra otras el ruido, la explosión de luz, el agua y el viento, con indiferencia, casi diríase que altivas.

Poco a poco va cediendo en su fuerza la tormenta. El azul celeste se dibuja entre las nubes, que ya no parecen tan fieras. La lluvia va cesando y algún rayo de sol llega hasta las ventanas y pinta en oro viejo la torre.

Las cigüeñas se estiran, se sacuden, se mueven un poco, colocan y atusan las plumas, acabando por acomodarse en el nido.

Ha pasado la tormenta.
Un placer leer esa mirada de pueblo, aves y campanario que tan cercana se me hace.
Tormenta que llega, descarga y da paso a un nuevo y luminoso sol entre nubes.
Un saludote, Luis, desde esta aldea.
 
Un placer leer esa mirada de pueblo, aves y campanario que tan cercana se me hace.
Tormenta que llega, descarga y da paso a un nuevo y luminoso sol entre nubes.
Un saludote, Luis, desde esta aldea.
Los que vivimos en pueblos, tenemos esta suerte de poder contemplar la naturaleza de un modo bastante directo y así dejar nuestras impresiones. Un abrazo.
 
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