¡ Oh ! pendenciero poeta de la más ilustre pero sanguinaria savia perniciosa de los Átridas. Colmas tu espíritu de gladiador empedernido bajo el ocaso de la espumosa onda marina del disco lunar. Y ríes risueño entre el fragor hospitalario de los dioses negros. Que cubren con sus mantos de mágica y devota transfiguración el rumor blasfemo. Que palpita en un cielo abierto hacia el cuadrante geométrico de la respetada Idea absoluta. La cual, abre sus pétalos florecidos ante la admiración de ojos de besugo. Sí. Es hora de columpiar en el viento norte la cabellera rubia de todo un filósofo alemán. Que ha descubierto el secreto arcano de la senectud multiforme. Pero, hay que darse prisa. Las parcas ya ahuyentan los fantasmas del hilo de Ariadna. Están presas de una posesión diabólica. Que las ha de llevar hacia el barranco belicoso donde, un día, el beso mortuorio de las Pléyades hizo noche tu hipnótico corazón. Colmado de regias coronas de azucenas. En memoria de la vasta y temida espontaneidad iracunda de voluntades de hierro. Quiénes, ahora y por toda la selecta eternidad, se atreverán a no llamarte con el belicoso nombre de varonil pagano.