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Airbnb y los teléfonos

musador

esperando...
Airbnb y los teléfonos

Preso del cepo de un asiento de turista uno vuela sobre mares y desiertos diez mil kilómetros, para ser de sopetón liberado con su anonimato en una gran ciudad, llena de gente indiferente a su destino. Recobrada la maleta, la última tripa que lo unía al lejano verano de Buenos Aires se corta, y el viajero atónito debe enfrentarse a las pequeñas decisiones del peatón abandonado a su suerte. Un débil hilo trazado en el plano del laberinto del metro de Madrid promete llevarlo de Barajas, donde está, a la plaza Tirso de Molina, en cuya vecindad se encuentra el apartamento que, por artículo de fe in internet, lo espera para dar albergue y descanso a sus huesos entumecidos. Horarios pactados con antelación y a tanta distancia, en kilómetros y eventos, resultan poco creíbles ahora, y comienza la angustia del güifí. Conseguido uno, se envía un mensaje al vacío de un número, con la esperanza de que efectivamente corresponda a la identidad fantasmal del encargado del apartamento. Una larga caminata, aliviada a trechos por sendas movedizas, lleva al desventurado a la boca del metro, donde después de superar las vacilaciones provocadas por las múltiples opciones que los madrileños ofrecen como forma de pago, se inicia el viaje hacia esa plaza del centro de Madrid donde aguarda, quizás, el reposo. Una eficiencia combinada de vagones y escaleras mecánicas lleva al turista prontamente a destino, donde reconoce el restaurante que ha avistado en internet por intercesión de gugle. Conmovida por la tragedia, una moza del restaurante facilita acceso al güifí, y sorprendidos comprobamos que nos están esperando en el apartamento, sito sobre la calle Jesús y María a solo dos cuadras.

Mate mediante, advertimos con extrañeza que hemos llegado a España.
 
Airbnb y los teléfonos

Preso del cepo de un asiento de turista uno vuela sobre mares y desiertos diez mil kilómetros, para ser de sopetón liberado con su anonimato en una gran ciudad, llena de gente indiferente a su destino. Recobrada la maleta, la última tripa que lo unía al lejano verano de Buenos Aires se corta, y el viajero atónito debe enfrentarse a las pequeñas decisiones del peatón abandonado a su suerte. Un débil hilo trazado en el plano del laberinto del metro de Madrid promete llevarlo de Barajas, donde está, a la plaza Tirso de Molina, en cuya vecindad se encuentra el apartamento que, por artículo de fe in internet, lo espera para dar albergue y descanso a sus huesos entumecidos. Horarios pactados con antelación y a tanta distancia, en kilómetros y eventos, resultan poco creíbles ahora, y comienza la angustia del güifí. Conseguido uno, se envía un mensaje al vacío de un número, con la esperanza de que efectivamente corresponda a la identidad fantasmal del encargado del apartamento. Una larga caminata, aliviada a trechos por sendas movedizas, lleva al desventurado a la boca del metro, donde después de superar las vacilaciones provocadas por las múltiples opciones que los madrileños ofrecen como forma de pago, se inicia el viaje hacia esa plaza del centro de Madrid donde aguarda, quizás, el reposo. Una eficiencia combinada de vagones y escaleras mecánicas lleva al turista prontamente a destino, donde reconoce el restaurante que ha avistado en internet por intercesión de gugle. Conmovida por la tragedia, una moza del restaurante facilita acceso al güifí, y sorprendidos comprobamos que nos están esperando en el apartamento, sito sobre la calle Jesús y María a solo dos cuadras.

Mate mediante, advertimos con extrañeza que hemos llegado a España.
¡Y qué zona la elegida, querido! Valió la pena el Calvario.
Abrazo.
 
¡Y qué zona la elegida, querido! Valió la pena el Calvario.
Abrazo.
¡Hola! Sí, sin duda el lugar resultó adecuado para nuestro turismo peatonal. Pero es una sensación extraña esa de descender de un avión y enfrentarse con los pequeños dilemas que nos plantea una ciudad desconocida.

Pienso continuar con estas postales, así que ya le llegará el turno a ese fraternal mate amargo del que conservo un dulce recuerdo.

abrazo
j.
 
Airbnb y los teléfonos

Preso del cepo de un asiento de turista uno vuela sobre mares y desiertos diez mil kilómetros, para ser de sopetón liberado con su anonimato en una gran ciudad, llena de gente indiferente a su destino. Recobrada la maleta, la última tripa que lo unía al lejano verano de Buenos Aires se corta, y el viajero atónito debe enfrentarse a las pequeñas decisiones del peatón abandonado a su suerte. Un débil hilo trazado en el plano del laberinto del metro de Madrid promete llevarlo de Barajas, donde está, a la plaza Tirso de Molina, en cuya vecindad se encuentra el apartamento que, por artículo de fe in internet, lo espera para dar albergue y descanso a sus huesos entumecidos. Horarios pactados con antelación y a tanta distancia, en kilómetros y eventos, resultan poco creíbles ahora, y comienza la angustia del güifí. Conseguido uno, se envía un mensaje al vacío de un número, con la esperanza de que efectivamente corresponda a la identidad fantasmal del encargado del apartamento. Una larga caminata, aliviada a trechos por sendas movedizas, lleva al desventurado a la boca del metro, donde después de superar las vacilaciones provocadas por las múltiples opciones que los madrileños ofrecen como forma de pago, se inicia el viaje hacia esa plaza del centro de Madrid donde aguarda, quizás, el reposo. Una eficiencia combinada de vagones y escaleras mecánicas lleva al turista prontamente a destino, donde reconoce el restaurante que ha avistado en internet por intercesión de gugle. Conmovida por la tragedia, una moza del restaurante facilita acceso al güifí, y sorprendidos comprobamos que nos están esperando en el apartamento, sito sobre la calle Jesús y María a solo dos cuadras.

Mate mediante, advertimos con extrañeza que hemos llegado a España.


Como me pasa siempre con tus relatos desde el comienzo me atrapan, por el estilo de tu pluma....

"Preso del cepo de un asiento de turista uno vuela sobre mares y desiertos diez mil kilómetros, para ser de sopetón liberado con su anonimato en una gran ciudad, de gente indiferente a su destino."


Y termina diciendo:

"Mate mediante, advertimos con extrañeza que hemos llegado a España"...


Lo cierto es que me ha sabido a poco y espero que esto se solo el principio de otros muchos relatos de tu viaje por España. Podría decirte que esa "extrañeza" tan típica del viajero, es común; es como una especie de desamparo inicial, y eso que aquí nos manejamos con el mismo idioma.
Estaré a la espera del próximo.
Un abrazo-
Isabel
 
Como me pasa siempre con tus relatos desde el comienzo me atrapan, por el estilo de tu pluma....

"Preso del cepo de un asiento de turista uno vuela sobre mares y desiertos diez mil kilómetros, para ser de sopetón liberado con su anonimato en una gran ciudad, de gente indiferente a su destino."


Y termina diciendo:

"Mate mediante, advertimos con extrañeza que hemos llegado a España"...


Lo cierto es que me ha sabido a poco y espero que esto se solo el principio de otros muchos relatos de tu viaje por España. Podría decirte que esa "extrañeza" tan típica del viajero, es común; es como una especie de desamparo inicial, y eso que aquí nos manejamos con el mismo idioma.
Estaré a la espera del próximo.
Un abrazo-
Isabel
Pues veremos de continuar con las postales, aunque es bien sabido que mis proyectos suelen quedar en agua de borrajas...

Gracias y beso
j.
 
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