Camy
Camelia Miranda
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4:30 am…
La brisa fría colándose por la ventana impactó mi rostro, despertándome irremediablemente y revelando su cauce en mi realidad. El lado ausente en mi cama, lejos de ser litoral; un quieto mar asaltando mis párpados, enarbolando mantos sepias en mi piel desnuda y el eco de despedidos enseres y todo cuanto guardaba un motivo de esperas y reliquias, resaltaban en la oscuridad como una estela del polvo, de lo que una vez fue tangible.
Sin embargo, con toda la pesadez, me incorporé y al posar mis pies en el suelo, el frío se me subió erizando mi cuerpo aún tibio, pero igual inicié mi caminata. Mis pasos sin motivos, autómatas, llegaron al centro y súbitamente, las alcayatas y su halo vacuo, de pared a pared, en la sala de mi casa, detuvieron mis cabellos despeinados en la penumbra, ante una hamaca inexistente; de un querer a voces, de la finita soledad, del tropiezo con este yermo en medio de todo, en medio de nada.
La espesura de la noche me empujó por un vaso de agua, espabilando mi mirada, que encendió un cigarrillo, sí, un atrevido cigarrillo que amargó mi aliento muy a propósito; ya a esas alturas estaba bien despierta y con una visión vacante de extremo silencio.
5:30 am…
El lamento de mi suspiro se ahogó con el sonido del despertador, cuando resignada recorrí por última vez mi estancia y un papel que decía que ya no era mía.
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4:30 am…
La brisa fría colándose por la ventana impactó mi rostro, despertándome irremediablemente y revelando su cauce en mi realidad. El lado ausente en mi cama, lejos de ser litoral; un quieto mar asaltando mis párpados, enarbolando mantos sepias en mi piel desnuda y el eco de despedidos enseres y todo cuanto guardaba un motivo de esperas y reliquias, resaltaban en la oscuridad como una estela del polvo, de lo que una vez fue tangible.
Sin embargo, con toda la pesadez, me incorporé y al posar mis pies en el suelo, el frío se me subió erizando mi cuerpo aún tibio, pero igual inicié mi caminata. Mis pasos sin motivos, autómatas, llegaron al centro y súbitamente, las alcayatas y su halo vacuo, de pared a pared, en la sala de mi casa, detuvieron mis cabellos despeinados en la penumbra, ante una hamaca inexistente; de un querer a voces, de la finita soledad, del tropiezo con este yermo en medio de todo, en medio de nada.
La espesura de la noche me empujó por un vaso de agua, espabilando mi mirada, que encendió un cigarrillo, sí, un atrevido cigarrillo que amargó mi aliento muy a propósito; ya a esas alturas estaba bien despierta y con una visión vacante de extremo silencio.
5:30 am…
El lamento de mi suspiro se ahogó con el sonido del despertador, cuando resignada recorrí por última vez mi estancia y un papel que decía que ya no era mía.
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