Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa

Tengo un libro en las manos. Cómodamente recostado en el sillón, en ligero apoyo sobre la mesa, con toda la luz de la tarde entrando a raudales por la ventana, tengo un libro en las manos. Y se vuelve mágico el entorno; desaparecen las paredes sucias y húmedas, la incomodidad y el frío. El tacto firme de la pasta en las manos; la blancura de sus hojas en letras y líneas dibujadas, invita, como la puerta del paraíso, a penetrar, profundizar absorto, miríadas de mundos nuevos. Ensoñación de las palabras, vericuetos de letras, laberinto de historias en que sumergirse y perderse.
Al pie de la ventana, en la era, juegan los chavales de la escuela. Corren, gritan, pasan en un instante de ser perseguidor a perseguido; desbocan caballos imaginarios y trotan la hierba de la era, como trotan en su pensamiento los jinetes eternos las verdes praderas. Las niñas saltan en un corro, mientras cantan una salmodia complicada que acompañan de gestos y palmadas.
La maestra, ya mayor, gruesa y un poco malhumorada, les grita desde el interior de su guardapolvo de cuadros en rosa. Santi, castigado, pelea con una dura cuenta que complica su vida, único y enorme problema; sin poder evitarlo, echa furtivas miradas por la ventana y siente, al ver jugando a los compañeros, el ánimo herido por una punzada.
Como un hallazgo, cada día descubierto, los chicos gritan y señalan el cielo. Hacen visera con la mano juntando, bien prietos, los dedos:
-¡Un avión! ¡Un avión!
-¿A que es un "helicótico", señorita? Aventura desde sus casi cuatro años Marta, la más pequeña de la escuela, mientras tira de la mano de la maestra. Por primera vez en la tarde una sonrisa se asoma al rostro de doña Hortensia.
El avión, visto desde aquí abajo, parece enseñorearse del azul y pasear indolente por las alturas, su brillo de acero. Una estela blanca, recta y grácil, quiere romper el firmamento.
En el reposo de mi cuarto vuelvo a mi quehacer. Aspiro el aroma del papel y la tinta. Palpan mis dedos el tacto grácil de la página. Coloco mis lentes. Leo.
Tengo un libro en las manos.
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