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La maÑana gris.

Luis Á. Ruiz Peradejordi

Poeta que considera el portal su segunda casa
El portón, con dos enormes y pesadas hojas pintadas de azul, se abre al cuarto carro. Hay detrás un corral grande, donde Virgilia tiene los rosales, el pozo, decenas de tiestos con geranios e, incluso, media docena de hileras plantadas de fresón. Al fondo, una puerta con cristales da paso al interior de la casa.
Entro, y casi sin detenerme, guiado por la fuerza de la costumbre, voy a ver a Guillermo. Acurrucado en la cama, perdido casi entre el pie y el cabecero, se remueve inquieto. Cubre los pies con un viejo abrigo de moûton, que en otras ocasiones vi llevar puesto a su mujer.
Pálido y amarillento, con el rostro afilado, no se le ven más que ojos en la cara; ojos de mirar cansino y luz mortecina.
- ¿Qué tal vamos, Guillermo?
- Bueno... tirando.
Saca una mano delgada y huesuda, para explicarme que no tiene fuerzas, ni apetito. Se está muriendo; comido por el cáncer, se está muriendo. Yo lo sé, y él también, incluso la mujer, que ahora llora en silencio en un rincón del escaño en la cocina. Nos engañamos mutuamente, quitando importancia a sus síntomas y yo procuro parecer despreocupado y él intenta esbozar una sonrisa.
- Así que llegue el buen tiempo, podré salir a tomar el sol en el corral. ¿No le parece?
Pergeño unas recetas y me repito en los consejos. Virgilia me acompaña hasta la puerta, mientras intento un inútil consuelo. Cuando subo al coche, permanezco quieto un momento. Allí, enfrente, hay una charca y dos pollas de agua juguetean ajenas a lo que las rodea.
Es una desilusión, una angustia esta imposibilidad de que salga adelante. Me pesa como una losa la limitación exasperante de mi quehacer. Me duele esta tristeza que me embarga. Pongo en marcha el coche y me voy; el cielo ha dejado de ser azul y el día se ha vuelto mudo y gris.


 
Hola don Luis, me trae recuerdos no demasiado agradables tu relato.
Me da la impresión de que a Guillermo no le dará a tiempo a tomar el sol.
Conozco a alguien que tampoco le dió tiempo, se murió en diciembre,
y me decía vamos en primavera.
Pero no le dió tiempo, no se enteró.
Un abrazo Luis. Hoy no has dejado café.
Vuelvo para decirte que hay muchas mañanas grises desde entonces.
 
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Luis Á. Ruiz Peradejordi;4671436 dijo:
El portón, con dos enormes y pesadas hojas pintadas de azul, se abre al cuarto carro. Hay detrás un corral grande, donde Virgilia tiene los rosales, el pozo, decenas de tiestos con geranios e, incluso, media docena de hileras plantadas de fresón. Al fondo, una puerta con cristales da paso al interior de la casa.
Entro, y casi sin detenerme, guiado por la fuerza de la costumbre, voy a ver a Guillermo. Acurrucado en la cama, perdido casi entre el pie y el cabecero, se remueve inquieto. Cubre los pies con un viejo abrigo de moûton, que en otras ocasiones vi llevar puesto a su mujer.
Pálido y amarillento, con el rostro afilado, no se le ven más que ojos en la cara; ojos de mirar cansino y luz mortecina.
- ¿Qué tal vamos, Guillermo?
- Bueno... tirando.
Saca una mano delgada y huesuda, para explicarme que no tiene fuerzas, ni apetito. Se está muriendo; comido por el cáncer, se está muriendo. Yo lo sé, y él también, incluso la mujer, que ahora llora en silencio en un rincón del escaño en la cocina. Nos engañamos mutuamente, quitando importancia a sus síntomas y yo procuro parecer despreocupado y él intenta esbozar una sonrisa.
- Así que llegue el buen tiempo, podré salir a tomar el sol en el corral. ¿No le parece?
Pergeño unas recetas y me repito en los consejos. Virgilia me acompaña hasta la puerta, mientras intento un inútil consuelo. Cuando subo al coche, permanezco quieto un momento. Allí, enfrente, hay una charca y dos pollas de agua juguetean ajenas a lo que las rodea.
Es una desilusión, una angustia esta imposibilidad de que salga adelante. Me pesa como una losa la limitación exasperante de mi quehacer. Me duele esta tristeza que me embarga. Pongo en marcha el coche y me voy; el cielo ha dejado de ser azul y el día se ha vuelto mudo y gris.




creo que de sobremanera he visto esos días y los he vivido en toral hermetismo y silencio y siempre me pregunto, se vale? besos
 
Hay cosas que pesas y entintan de gris el panorama, lo que va mas allá de las posibilidades y la ciencia,ante eso parece que las palabras faltan pero se que la compañía es de gran valor. Gracias por compartir ...Un abrazo!
 
Es un relato estremecedor amigo estimado.
Resulta doloroso no ser capaz de hacer nada, sentirse impotente
ante la llegada de esa fiel señora. Un abrazo, me ha encantado leerte.
 
Hola don Luis, me trae recuerdos no demasiado agradables tu relato.
Me da la impresión de que a Guillermo no le dará a tiempo a tomar el sol.
Conozco a alguien que tampoco le dió tiempo, se murió en diciembre,
y me decía vamos en primavera.
Pero no le dió tiempo, no se enteró.
Un abrazo Luis. Hoy no has dejado café.
Vuelvo para decirte que hay muchas mañanas grises desde entonces.
Guillermo no pudo pasear , ni ponerse al sol. Es triste para quienes nos dedicamos a esta profesión pagar el tributo que la muerte exige y nos deja en muchas ocasiones con esta sensación de tristeza, impotencia y desamparo. Muchas veces las mañanas son grises. Un saludo y una taza de café. LUIS.
 
El tiempo en su recorrer nos deja experiencias, unas gratas otras no tanto, a mi parecer siempre hay obstáculos en el camino, es de valientes levantarse, de esta forma como usted lo hace aunque no hay colores para asimilar.
Un gusto encontrarme con su escrito.
Un abrazo fuerte.
No hay colores que puedan explicar la desazón que nos invade cuando nos damos cunta de lo poco que podemos hacer. Un abrazo. LUIS.
 
Luis Á. Ruiz Peradejordi;4671436 dijo:
El portón, con dos enormes y pesadas hojas pintadas de azul, se abre al cuarto carro. Hay detrás un corral grande, donde Virgilia tiene los rosales, el pozo, decenas de tiestos con geranios e, incluso, media docena de hileras plantadas de fresón. Al fondo, una puerta con cristales da paso al interior de la casa.
Entro, y casi sin detenerme, guiado por la fuerza de la costumbre, voy a ver a Guillermo. Acurrucado en la cama, perdido casi entre el pie y el cabecero, se remueve inquieto. Cubre los pies con un viejo abrigo de moûton, que en otras ocasiones vi llevar puesto a su mujer.
Pálido y amarillento, con el rostro afilado, no se le ven más que ojos en la cara; ojos de mirar cansino y luz mortecina.
- ¿Qué tal vamos, Guillermo?
- Bueno... tirando.
Saca una mano delgada y huesuda, para explicarme que no tiene fuerzas, ni apetito. Se está muriendo; comido por el cáncer, se está muriendo. Yo lo sé, y él también, incluso la mujer, que ahora llora en silencio en un rincón del escaño en la cocina. Nos engañamos mutuamente, quitando importancia a sus síntomas y yo procuro parecer despreocupado y él intenta esbozar una sonrisa.
- Así que llegue el buen tiempo, podré salir a tomar el sol en el corral. ¿No le parece?
Pergeño unas recetas y me repito en los consejos. Virgilia me acompaña hasta la puerta, mientras intento un inútil consuelo. Cuando subo al coche, permanezco quieto un momento. Allí, enfrente, hay una charca y dos pollas de agua juguetean ajenas a lo que las rodea.
Es una desilusión, una angustia esta imposibilidad de que salga adelante. Me pesa como una losa la limitación exasperante de mi quehacer. Me duele esta tristeza que me embarga. Pongo en marcha el coche y me voy; el cielo ha dejado de ser azul y el día se ha vuelto mudo y gris.




Un relato muy triste ante la imposibilidad cuando la muerte camina ante nuestros ojos. Así es, amigo, el día se vuelve gris y las horas se bañan de melancolía, ante el sufrimiento y el dolor. La impotencia del no poder hacer más, ni de calmar la angustia, ni la soledad de quién se enfrenta a esa etapa final de la vida. Duele y cómo duele...

Excelente, como has plasmado una triste realidad, va calando profunda e intensamente en el corazón, en los sentimientos.

Un abrazo.
 
MaríaA.G;4677517 dijo:
Un relato muy triste ante la imposibilidad cuando la muerte camina ante nuestros ojos. Así es, amigo, el día se vuelve gris y las horas se bañan de melancolía, ante el sufrimiento y el dolor. La impotencia del no poder hacer más, ni de calmar la angustia, ni la soledad de quién se enfrenta a esa etapa final de la vida. Duele y cómo duele...

Excelente, como has plasmado una triste realidad, va calando profunda e intensamente en el corazón, en los sentimientos.

Un abrazo.
Triste, como triste era la realidad en la que me hallaba. Un abrazo. LUIS.
 
Un relato con mucha profundidad en sus letras
y estremecedor nos dejas amigo Luis, según
en que situaciones se siente la impotencia
de no poder hacer nada, ante esa situación.
Te felicito por tu buena inspiración, ha sido
un placer pasar a leerte.
Te dejo reputación merecida. Un abrazo. Tere
La vida en ocasiones nos deja pocas opciones para actuar. A veces sólo las palabras y los gestos de cariño es lo que podemos entregar a quienes sufren. De ahi el desgarro que se produce en el alma ante estas situaciones. Abrazos. LUIS.
 
Que bárbaro Luis, me hiciste llorar que relato mas conmovedor
yo conozco ese dolor cuando no puedes hacer nada por las personas
que están sufriendo por las circunstancias que sean yo hago su dolor mio y eso en ocasiones
me afectado la salud, el ver como alguien esta muriendo y no poder hacer nada
es como estar preso y detrás de los barrotes esta la imposibilidad de servir al que te necesita
haces lo mas y parece que es lo menos, es un relato muy conmovedor llevas al lector a la escena misma del dolor
y del momento hasta me pareció ver su rostro de dolor, y a la pobre mujer atada de manos sin poder hacer nada....
abrazos y besos muchos con cariño
 
alicia Pérez Hernández;4776246 dijo:
Que bárbaro Luis, me hiciste llorar que relato mas conmovedor
yo conozco ese dolor cuando no puedes hacer nada por las personas
que están sufriendo por las circunstancias que sean yo hago su dolor mio y eso en ocasiones
me afectado la salud, el ver como alguien esta muriendo y no poder hacer nada
es como estar preso y detrás de los barrotes esta la imposibilidad de servir al que te necesita
haces lo mas y parece que es lo menos, es un relato muy conmovedor llevas al lector a la escena misma del dolor
y del momento hasta me pareció ver su rostro de dolor, y a la pobre mujer atada de manos sin poder hacer nada....
abrazos y besos muchos con cariño

Es casi el trasunto de lo que me ocurrió con un paciente mío. La verdad es que aunque estemos todo el día cerca o entre la muerte y el dolor, uno nunca acaba de acostumbrarse (afortunadamente) y el fallecimiento de pacientes con los que llevas tiempo y son tus amigos, se hace muy duro.
Gracias por tu paso. Besos.
 
Sentido relato nos dejas, duele ver tantas historias y siempre el mismo final.
Un placer, abrazos.
 
Luis Á. Ruiz Peradejordi;4671436 dijo:
El portón, con dos enormes y pesadas hojas pintadas de azul, se abre al cuarto carro. Hay detrás un corral grande, donde Virgilia tiene los rosales, el pozo, decenas de tiestos con geranios e, incluso, media docena de hileras plantadas de fresón. Al fondo, una puerta con cristales da paso al interior de la casa.
Entro, y casi sin detenerme, guiado por la fuerza de la costumbre, voy a ver a Guillermo. Acurrucado en la cama, perdido casi entre el pie y el cabecero, se remueve inquieto. Cubre los pies con un viejo abrigo de moûton, que en otras ocasiones vi llevar puesto a su mujer.
Pálido y amarillento, con el rostro afilado, no se le ven más que ojos en la cara; ojos de mirar cansino y luz mortecina.
- ¿Qué tal vamos, Guillermo?
- Bueno... tirando.
Saca una mano delgada y huesuda, para explicarme que no tiene fuerzas, ni apetito. Se está muriendo; comido por el cáncer, se está muriendo. Yo lo sé, y él también, incluso la mujer, que ahora llora en silencio en un rincón del escaño en la cocina. Nos engañamos mutuamente, quitando importancia a sus síntomas y yo procuro parecer despreocupado y él intenta esbozar una sonrisa.
- Así que llegue el buen tiempo, podré salir a tomar el sol en el corral. ¿No le parece?
Pergeño unas recetas y me repito en los consejos. Virgilia me acompaña hasta la puerta, mientras intento un inútil consuelo. Cuando subo al coche, permanezco quieto un momento. Allí, enfrente, hay una charca y dos pollas de agua juguetean ajenas a lo que las rodea.
Es una desilusión, una angustia esta imposibilidad de que salga adelante. Me pesa como una losa la limitación exasperante de mi quehacer. Me duele esta tristeza que me embarga. Pongo en marcha el coche y me voy; el cielo ha dejado de ser azul y el día se ha vuelto mudo y gris.




Luis:
Mi admirado poeta-amigo, es un relato conmovedor, rico en imágenes - una fiesta de colorido esas flores - y de muy profundo dolor - sentimiento gris -. "Me pesa como una losa la limitación exasperante y no poder salir a tomar el sol nunca más". Gracias por haberlo compartido, recibe estrellas incontables, mi saludo afectuoso y mi cálido abrazo. Enhorabuena.

SeparadorMoradoConFlorBlancaByPatri.gif~original
 
Luis:
Mi admirado poeta-amigo, es un relato conmovedor, rico en imágenes - una fiesta de colorido esas flores - y de muy profundo dolor - sentimiento gris -. "Me pesa como una losa la limitación exasperante y no poder salir a tomar el sol nunca más". Gracias por haberlo compartido, recibe estrellas incontables, mi saludo afectuoso y mi cálido abrazo. Enhorabuena.

SeparadorMoradoConFlorBlancaByPatri.gif~original


Es capaz de conmover porque responde a una realidad que me tocó vivir y que, prácticamente, me limité a transcribir. A veces piensa la gente que un quehacer cotidiano te hace acostumbrarte a todo tipo de miserias, pero no es así, a veces duele en el alma el dolor ajeno y un escrito es el grito que da el corazón cuando el dolor le sobrepasa. Un abrazo.
 
El portón, con dos enormes y pesadas hojas pintadas de azul, se abre al cuarto carro. Hay detrás un corral grande, donde Virgilia tiene los rosales, el pozo, decenas de tiestos con geranios e, incluso, media docena de hileras plantadas de fresón. Al fondo, una puerta con cristales da paso al interior de la casa.
Entro, y casi sin detenerme, guiado por la fuerza de la costumbre, voy a ver a Guillermo. Acurrucado en la cama, perdido casi entre el pie y el cabecero, se remueve inquieto. Cubre los pies con un viejo abrigo de moûton, que en otras ocasiones vi llevar puesto a su mujer.
Pálido y amarillento, con el rostro afilado, no se le ven más que ojos en la cara; ojos de mirar cansino y luz mortecina.
- ¿Qué tal vamos, Guillermo?
- Bueno... tirando.
Saca una mano delgada y huesuda, para explicarme que no tiene fuerzas, ni apetito. Se está muriendo; comido por el cáncer, se está muriendo. Yo lo sé, y él también, incluso la mujer, que ahora llora en silencio en un rincón del escaño en la cocina. Nos engañamos mutuamente, quitando importancia a sus síntomas y yo procuro parecer despreocupado y él intenta esbozar una sonrisa.
- Así que llegue el buen tiempo, podré salir a tomar el sol en el corral. ¿No le parece?
Pergeño unas recetas y me repito en los consejos. Virgilia me acompaña hasta la puerta, mientras intento un inútil consuelo. Cuando subo al coche, permanezco quieto un momento. Allí, enfrente, hay una charca y dos pollas de agua juguetean ajenas a lo que las rodea.
Es una desilusión, una angustia esta imposibilidad de que salga adelante. Me pesa como una losa la limitación exasperante de mi quehacer. Me duele esta tristeza que me embarga. Pongo en marcha el coche y me voy; el cielo ha dejado de ser azul y el día se ha vuelto mudo y gris.



Buenos días Luis, feliz domingo, de sol aquí en el sur...
Guillermo me recordó a mi padrino, que murió de cáncer de pulmón, y lo recuerdo en mi casa, mirando con nostalgia nuestro jardín en primavera, él partió un octubre, allá lejos y hace tiempo, y tu prosa rememoró escenas que son comunes a muchas almas, y que vos relataste con una profunda humanidad.
El contraste de la vida en los rosales de Virgilia con la muerte en cuentagotas de Guillermo, hacen a esta prosa sensible y profunda, un momento de introspección y reflexión. Tus textos hablan de un narrador sólido, talentoso, y además dueño de una sensibilidad que no es ficción, sino cierta. Por eso me gusta visitar tus trabajos. No es solo lo que se escribe, sino además quien lo escribe. Yo necesito leer a personas a las cuales les pueda creer la emoción, y por eso sigo encontrando tus obras. Ojalá escribas más.
Un abrazo con cariño :)
 
Buenos días Luis, feliz domingo, de sol aquí en el sur...
Guillermo me recordó a mi padrino, que murió de cáncer de pulmón, y lo recuerdo en mi casa, mirando con nostalgia nuestro jardín en primavera, él partió un octubre, allá lejos y hace tiempo, y tu prosa rememoró escenas que son comunes a muchas almas, y que vos relataste con una profunda humanidad.
El contraste de la vida en los rosales de Virgilia con la muerte en cuentagotas de Guillermo, hacen a esta prosa sensible y profunda, un momento de introspección y reflexión. Tus textos hablan de un narrador sólido, talentoso, y además dueño de una sensibilidad que no es ficción, sino cierta. Por eso me gusta visitar tus trabajos. No es solo lo que se escribe, sino además quien lo escribe. Yo necesito leer a personas a las cuales les pueda creer la emoción, y por eso sigo encontrando tus obras. Ojalá escribas más.
Un abrazo con cariño :)
Gracias Cecy por tu lectura. Es el relato de un recuerdo de un paciente que hace ya muchos años que falleció. Yo iba a visitarlo con frecuencia, aunque poco más que compañía y aliviar algún dolor, podía hacer por él. Me impactó su serenidad y la entereza de su esposa. Por nuestra profesión temas de estos eran el pan nuestro de cada día, pero yo tuve la suerte de que el dolor no me endureciese el alma ni me acorchase la sensibilidad. Pacientes como Guillermo me han dolido en el pecho y he sufrido en silencio su marcha. De nuevo te agradezco este rescate. Un beso enorme desde esta España, algo convulsa estos días y que nos tiene muy preocupados. Luis.
 
Gracias Cecy por tu lectura. Es el relato de un recuerdo de un paciente que hace ya muchos años que falleció. Yo iba a visitarlo con frecuencia, aunque poco más que compañía y aliviar algún dolor, podía hacer por él. Me impactó su serenidad y la entereza de su esposa. Por nuestra profesión temas de estos eran el pan nuestro de cada día, pero yo tuve la suerte de que el dolor no me endureciese el alma ni me acorchase la sensibilidad. Pacientes como Guillermo me han dolido en el pecho y he sufrido en silencio su marcha. De nuevo te agradezco este rescate. Un beso enorme desde esta España, algo convulsa estos días y que nos tiene muy preocupados. Luis.

Un doctor con alma, se nota, se nota mucho, y por eso tus letras conmueven, por eso tus relatos emocionan.
En cuanto a España, ojalá todo se solucione.
Un beso.
 
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