Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Desagradable, ventoso y frío, hace hoy auténtico día de invierno. Corren en brazos del viento, alocadas, las nubes por el cielo y se siente vértigo al ver abrir y cerrarse los claros por los que se vislumbra el azul del firmamento.
Como un gigante dormido, atravesado en la carretera, está el viejo chopo. Sus ramas más altas fueron siempre la admiración de los niños. Anciano y, posiblemente, achacoso, fue herido por el rayo cuando era joven, hace... ¡qué se yo cuántos años!; tenía por ello en el costado norte, un costurón de madera, cicatrizado en negro. Nació con la carretera y le plantaron vigilante, centinela del devenir de tiempos, de hombres, de eras. Así, por largos inviernos, veranos, otoños y primaveras, ha ido cumpliendo, llenándose en sus hojas, en sus ramas, en su alta copa, en su tronco grueso.
Le han ido hiriendo los fuegos, las humedades, el hombre y el tiempo, que carcomiendo su entraña, aspiraban terminar con el vertical empeño de despegarse del suelo.
Los vientos de esta noche han doblegado su airoso sueño, mas, incluso en el final, ha sido espléndido. Cayó con estrépito sobre la carretera a la que unió su vida y guió su afecto y se rompió en las ramas que quedaron esparcidas por el terreno. Con cuidado sumo, en la cuneta de enfrente, sobre una retama dejó el nido vacío, que en él ocupaban todos los años una pareja de cuervos.
Abrazado a tierra, impidiendo el paso, su grandeza de nosotros se está despidiendo.
Han llegado del pueblo con dos tractores y pasan apuros los hombres para rodear con los estrinques su tronco. Al fin lo consiguen y tras varias maniobras lo retiran permitiendo el paso de nuevo.
Pero queda en el aire un gemido, un grito, una despedida: el murmullo, que ya no escucharemos, al pasar entre sus ramas el viento.
Como un gigante dormido, atravesado en la carretera, está el viejo chopo. Sus ramas más altas fueron siempre la admiración de los niños. Anciano y, posiblemente, achacoso, fue herido por el rayo cuando era joven, hace... ¡qué se yo cuántos años!; tenía por ello en el costado norte, un costurón de madera, cicatrizado en negro. Nació con la carretera y le plantaron vigilante, centinela del devenir de tiempos, de hombres, de eras. Así, por largos inviernos, veranos, otoños y primaveras, ha ido cumpliendo, llenándose en sus hojas, en sus ramas, en su alta copa, en su tronco grueso.
Le han ido hiriendo los fuegos, las humedades, el hombre y el tiempo, que carcomiendo su entraña, aspiraban terminar con el vertical empeño de despegarse del suelo.
Los vientos de esta noche han doblegado su airoso sueño, mas, incluso en el final, ha sido espléndido. Cayó con estrépito sobre la carretera a la que unió su vida y guió su afecto y se rompió en las ramas que quedaron esparcidas por el terreno. Con cuidado sumo, en la cuneta de enfrente, sobre una retama dejó el nido vacío, que en él ocupaban todos los años una pareja de cuervos.
Abrazado a tierra, impidiendo el paso, su grandeza de nosotros se está despidiendo.
Han llegado del pueblo con dos tractores y pasan apuros los hombres para rodear con los estrinques su tronco. Al fin lo consiguen y tras varias maniobras lo retiran permitiendo el paso de nuevo.
Pero queda en el aire un gemido, un grito, una despedida: el murmullo, que ya no escucharemos, al pasar entre sus ramas el viento.