HÉCTOR
Eres mi poesía; yo el instrumento inspirado.
Mi corazón alegre. Era el júbilo más sublime hasta ahora sentido. Cambios en mí se manifestaba cuando me relacionada con mi familia. El tiempo me digo todo lo que yo era capaz. Era el grito más profundo de mi alma, que sonsacaba mi interior.
Calaba en mí con ardor y era Dios mismo que se colaba por mis venas. Y cuando esto lo compartí a mis padres, sumando las ansias de querer ser religiosa, fue un golpe duro para ellos. Mi padre no quería que siga tras mis sueños, pero mi interior me exigía no perderlos de vista. A la vez cursaba los estudios superiores. Estudiaba y recordaba en la partida a consagrarme misionera.
Cuando me iba de misión, pedí la bendición de mi padre y él me la negó. Golpe tras golpe iba madurando.
A pesar de eso me fui por un corto periodo. La experiencia de aquella misión fue única. Describir esa experiencia no es sencillo. Son cosas de Dios, que solo en el silencio se lo percibe. Cuando retorné a casa fue un giro, pues porque papá aceptaba esa subjetividad divina. Expresión puntual y eternamente esculpida en mi alma, en aras del cielo infinito.
Cuando me iba de misión, pedí la bendición de mi padre y él me la negó. Golpe tras golpe iba madurando.
A pesar de eso me fui por un corto periodo. La experiencia de aquella misión fue única. Describir esa experiencia no es sencillo. Son cosas de Dios, que solo en el silencio se lo percibe. Cuando retorné a casa fue un giro, pues porque papá aceptaba esa subjetividad divina. Expresión puntual y eternamente esculpida en mi alma, en aras del cielo infinito.