Con una cabeza cortada del fustigado tronco, va colgando aquella de un poste que se bambolea por el recio viento que la sacude sin contemplaciones. Por el día, los transeúntes que pasan por allí, le hacen una reverencia teñida de burla. Mientras, la testa, con sus ojos en blanco, la tez pálida y el cabello desgreñado habla sobrenaturalmente a ciertas brujas del condado. Para que la venguen de quien la decapitó de hermoso cuerpo. Cuando era aquella una con poderosos brazos, pecho y piernas de robusto guerrero. Las hermanas de Satanás le colocan una haba en la boca. Para que así, la promesa fecunde cual tallo atestado de sanguíneas flores de la Muerte. Entonces, cae la noche. Y el graznido de una urraca sacude de pánico los huesos de cierto caballero que, hasta entonces, en la alcoba de su feliz castillo, se tiene ufano por ser el culpable de semejante crimen. Sudoroso contempla en el aire el vaho vengativo de las arpías de Lucifer. Y cae en un trance para ser posesionado por el espectro tutelar de quien fue su víctima desgajada. Parloteando en una lengua abstrusa que confunde sus sentidos y hace que muera de obscura y fugaz locura transitoria.