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Titiritero

Eratalia

Con rimas y a lo loco
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Acabada la función se sentó desmadejado en la acera. A su lado, enganchados a los hilos de la cruceta, los pequeños títeres sin vida; delante de sí, una vieja gorra desgastada que recogía algunas monedas, fruto de la compasión de la gente.
Mientras liaba un escaso pitillo oyó una voz autoritaria que decía:
—¿Cuánto por el del gorro verde?
Alzó los ojos y se encontró frente a un semblante adusto, surcado de arrugas.
—No está en venta, señora.
—No se ande con remilgos. No me diga que piensa comer con las cuatro perras que tiene dentro de esa renegrida gorra. Le pagaré bien. Ese muñeco le va a encantar a mi nieto, no es nada corriente. Le gustará hacerlo danzar.
—No está en venta, señora.
—¡Será pazguato! Pues cuando el hambre le roa las tripas ¡cómaselo!, a ver si lo encuentra tierno…

Cuando la señora, airada, hubo dado la media vuelta, el hombre, parsimoniosamente, se dispuso a recoger sus cosas. Pisó la colilla y luego, con todo cuidado, enrolló los hilos de los muñecos y los depositó en el interior de una raída bolsa de lona, plegó el biombo que le servía de teatrillo y con él bajo el brazo se dirigió a las afueras de la ciudad, donde había hallado una casa desocupada en cuyo amplio portal solía pasar las noches.
Estaba cansado. Se arrebujó en su chaqueta y se dispuso a dormir junto a sus escasas pertenencias.
—Buenas noches, musitó como para sí mismo.
—Buenas noches -respondieron unas imperceptibles voces, opacadas por el grosor de la tela.
El estómago del titiritero rugía de hambre, pero él se sentía bien. Nunca se desprendería de sus únicos amigos.




 
Última edición:
Bellísimo Eratalia, escrito con pulcritud; con sentimiento, emociona, nos hablas de la amistad que no se vende, de la soledad que hace en el hombre crear amistad en aquello con lo que día a día convive...sus muñecos trocitos de su misma alma, sus compañeros...sus amigos; sabes que? yo también renunciaría a comer antes que perderlos. Me ha encantado.
Un abrazo, grande.
 
Bellísimo Eratalia, escrito con pulcritud; con sentimiento, emociona, nos hablas de la amistad que no se vende, de la soledad que hace en el hombre crear amistad en aquello con lo que día a día convive...sus muñecos trocitos de su misma alma, sus compañeros...sus amigos; sabes que? yo también renunciaría a comer antes que perderlos. Me ha encantado.
Un abrazo, grande.
¡Qué arte tienes para escribir comentarios! Siempre me quedo sorprendida por la facilidad con que les inyectas calidez y afectividad.
Pues muchas gracias, hija, no me harto de dártelas.
Y un besazo.
 
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Acabada la función se sentó desmadejado en la acera. A su lado, enganchados a los hilos de la cruceta, los pequeños títeres sin vida; delante de sí, una vieja gorra desgastada que recogía algunas monedas, fruto de la compasión de la gente.

Mientras liaba un escaso pitillo oyó una voz autoritaria que decía:

—¿Cuánto por el del gorro verde?

Alzó los ojos y se encontró frente a un semblante adusto, surcado de arrugas.

—No está en venta señora.

—No se ande con remilgos. No me diga que piensa comer con las cuatro perras que tiene dentro de esa renegrida gorra. Le pagaré bien. Ese muñeco le va a encantar a mi nieto, no es nada corriente. Le gustará hacerlo danzar.

—No está en venta señora.

—¡Será pazguato! Pues cuando el hambre le roa las tripas ¡cómaselo!, a ver si lo encuentra tierno…

Cuando la señora, airada, hubo dado la media vuelta, el hombre, parsimoniosamente, se dispuso a recoger sus cosas. Pisó la colilla y luego, con todo cuidado, enrolló los hilos de los muñecos y los depositó en el interior de una raída bolsa de lona, plegó el biombo que le servía de teatrillo y con él bajo el brazo se dirigió a las afueras de la ciudad, donde había hallado una casa desocupada en cuyo amplio portal solía pasar las noches.

Estaba cansado. Se arrebujó en su chaqueta y se dispuso a dormir junto a sus escasas pertenencias.

—Buenas noches, musitó como para sí mismo.

—Buenas noches -respondieron unas imperceptibles voces, opacadas por el grosor de la tela.

El estómago del titiritero rugía de hambre, pero él se sentía bien. Nunca se desprendería de sus únicos amigos.




Se me estrujó el alma de tristeza y de ternura... sin falsos halagos, amiga, tu prosa es de otro nivel.

No se me pasa todavía...

Te envío un gran abrazo.
 
Un precioso relato corto lleno de ternura, Eratalia. En pinceladas breves y certeras has descrito una historia llena de humanidad y sentimiento.

Me has sorprendido como prosista, de veras.

Mi más sincera felicitación.

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Acabada la función se sentó desmadejado en la acera. A su lado, enganchados a los hilos de la cruceta, los pequeños títeres sin vida; delante de sí, una vieja gorra desgastada que recogía algunas monedas, fruto de la compasión de la gente.

Mientras liaba un escaso pitillo oyó una voz autoritaria que decía:

—¿Cuánto por el del gorro verde?

Alzó los ojos y se encontró frente a un semblante adusto, surcado de arrugas.

—No está en venta, señora.

—No se ande con remilgos. No me diga que piensa comer con las cuatro perras que tiene dentro de esa renegrida gorra. Le pagaré bien. Ese muñeco le va a encantar a mi nieto, no es nada corriente. Le gustará hacerlo danzar.

—No está en venta, señora.

—¡Será pazguato! Pues cuando el hambre le roa las tripas ¡cómaselo!, a ver si lo encuentra tierno…

Cuando la señora, airada, hubo dado la media vuelta, el hombre, parsimoniosamente, se dispuso a recoger sus cosas. Pisó la colilla y luego, con todo cuidado, enrolló los hilos de los muñecos y los depositó en el interior de una raída bolsa de lona, plegó el biombo que le servía de teatrillo y con él bajo el brazo se dirigió a las afueras de la ciudad, donde había hallado una casa desocupada en cuyo amplio portal solía pasar las noches.

Estaba cansado. Se arrebujó en su chaqueta y se dispuso a dormir junto a sus escasas pertenencias.

—Buenas noches, musitó como para sí mismo.

—Buenas noches -respondieron unas imperceptibles voces, opacadas por el grosor de la tela.

El estómago del titiritero rugía de hambre, pero él se sentía bien. Nunca se desprendería de sus únicos amigos.



 
¡Hermosa obra! Bellos y profundos sentimientos se arraigan en sus letras, cuando se le da el verdadero valor a las cosas y a quienes nos acompañan por la vida. ¡Me encantó! Un placer pasar por su maravilloso escrito, reciba mi más cordial saludo.
 
Un precioso relato corto lleno de ternura, Eratalia. En pinceladas breves y certeras has descrito una historia llena de humanidad y sentimiento.

Me has sorprendido como prosista, de veras.

Mi más sincera felicitación.
Pues eso quiere decir que antes no me habías leído ningún relatejo en prosa.
Que no se repita.
Es broma, como ya lo sabes tú bien.
Te agradezco mucho tu gentil comentario. Muchas gracias.
 
Muy bien escrito y con loables sentimientos. Con arte, te acercas más al cuento de hadas que a la realidad. Tienes un punto flaco, cuando la señora le pregunta cuanto le pide por el muñeco, se sobreentiende que no va a ser más que con lo que el titiritero sacaría unas perrillas dándole vida a diario.
Una excelente prosa inspirada más por la emoción, que por la realidad. Un cuento de verdad. Claro que también cuando el príncipe besa a Blancanieves y revive, también es muy bonito.
Obra que roza la blandenguería.
Jaja, estás críticas no se pueden hacer, pero teníamos una broma pendiente. Tu relato traspasa la fachada de la a veces sucia realidad. Tan solo por eso es válido (¿seguro?).
Jejeje, querida Eratalia, cuanto te aprecio. esto último dicho entre bambalinas.
 
Última edición:
¡¡Cómo me gusta la gente sincera!!
Sobre todo lo de la blandenguería. Es que yo soy muy tierna, tirando a petisú de mousse de chocolate.

A lo mejor te hubiese gustado más que cuando la señora le pregunta que cuánto quiere, él le hubiese dado una cifra alta y viendo que era ricachona, acto seguido hubiese sacado una navaja y le hubiese asestado un pinchazo a la interfecta, le hubiese arrebatado la cartera y hubiese salido corriendo a la vez que pisoteaba sus muñecos, se enredaba con las cuerdas y al caer lo hacía sobre su propia navaja horadándose de manera certera la aorta y muriendo los dos en el acto.
¿Menos blando así? ¿Te gusta más?
Besitos.
 
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Acabada la función se sentó desmadejado en la acera. A su lado, enganchados a los hilos de la cruceta, los pequeños títeres sin vida; delante de sí, una vieja gorra desgastada que recogía algunas monedas, fruto de la compasión de la gente.

Mientras liaba un escaso pitillo oyó una voz autoritaria que decía:

—¿Cuánto por el del gorro verde?

Alzó los ojos y se encontró frente a un semblante adusto, surcado de arrugas.

—No está en venta, señora.

—No se ande con remilgos. No me diga que piensa comer con las cuatro perras que tiene dentro de esa renegrida gorra. Le pagaré bien. Ese muñeco le va a encantar a mi nieto, no es nada corriente. Le gustará hacerlo danzar.

—No está en venta, señora.

—¡Será pazguato! Pues cuando el hambre le roa las tripas ¡cómaselo!, a ver si lo encuentra tierno…

Cuando la señora, airada, hubo dado la media vuelta, el hombre, parsimoniosamente, se dispuso a recoger sus cosas. Pisó la colilla y luego, con todo cuidado, enrolló los hilos de los muñecos y los depositó en el interior de una raída bolsa de lona, plegó el biombo que le servía de teatrillo y con él bajo el brazo se dirigió a las afueras de la ciudad, donde había hallado una casa desocupada en cuyo amplio portal solía pasar las noches.

Estaba cansado. Se arrebujó en su chaqueta y se dispuso a dormir junto a sus escasas pertenencias.

—Buenas noches, musitó como para sí mismo.

—Buenas noches -respondieron unas imperceptibles voces, opacadas por el grosor de la tela.

El estómago del titiritero rugía de hambre, pero él se sentía bien. Nunca se desprendería de sus únicos amigos.



Ayyy Eratalia, hay cosas que forman parte del patrimonio personal, que son invendibles y que se irán con nosotros, en nuestro corazón permanecerán hasta el final de los días. Me ha encantado tu relato, te admiro amiga, atrapas la sensibilidad con arte y belleza de los mejores. Encantada de leerte siempre. Besazos con cariño y con admiración...muáááácksss....
 
¡¡Cómo me gusta la gente sincera!!
Sobre todo lo de la blandenguería. Es que yo soy muy tierna, tirando a petisú de mousse de chocolate.

A lo mejor te hubiese gustado más que cuando la señora le pregunta que cuánto quiere, él le hubiese dado una cifra alta y viendo que era ricachona, acto seguido hubiese sacado una navaja y le hubiese asestado un pinchazo a la interfecta, le hubiese arrebatado la cartera y hubiese salido corriendo a la vez que pisoteaba sus muñecos, se enredaba con las cuerdas y al caer lo hacía sobre su propia navaja horadándose de manera certera la aorta y muriendo los dos en el acto.
¿Menos blando así? ¿Te gusta más?
Besitos.
¡Socorrito!...que me devuelvan a Eratalia...¡Juan, déjala que nos la vas a estropear y al final la vamos a tener que ir a buscar a un piso tutelado para asesinas de marionetas o algo peor, asesinas de ositos s peluche que es más grave "entodavía"..pero ¡chiquilla!, ¿tú qué demonios sabes de que venas hay que seccionar para morirse del todo?. ..¡ay, por diosito! mis sales ...que de esta no salgo. Erataliaaaaaa ¿donde estás, mi niña?
 
Casi está mejor así. Tiene más acción y sería más sorprendente.
Besitos con cariño.
Pues yo creo que lo sorprendente hoy en día es que la gente esté apegada a sus amigos, aunque sean marionetas y no se dejen cegar por el brillo del vil metal. Mira el que me habla de irrealidades y ciencias ficciones...el maestro del surrealismo elevado a la enésima potencia.
Publica tú algo un día de estos y prepárate...:D:D
 
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Acabada la función se sentó desmadejado en la acera. A su lado, enganchados a los hilos de la cruceta, los pequeños títeres sin vida; delante de sí, una vieja gorra desgastada que recogía algunas monedas, fruto de la compasión de la gente.

Mientras liaba un escaso pitillo oyó una voz autoritaria que decía:

—¿Cuánto por el del gorro verde?

Alzó los ojos y se encontró frente a un semblante adusto, surcado de arrugas.

—No está en venta, señora.

—No se ande con remilgos. No me diga que piensa comer con las cuatro perras que tiene dentro de esa renegrida gorra. Le pagaré bien. Ese muñeco le va a encantar a mi nieto, no es nada corriente. Le gustará hacerlo danzar.

—No está en venta, señora.

—¡Será pazguato! Pues cuando el hambre le roa las tripas ¡cómaselo!, a ver si lo encuentra tierno…

Cuando la señora, airada, hubo dado la media vuelta, el hombre, parsimoniosamente, se dispuso a recoger sus cosas. Pisó la colilla y luego, con todo cuidado, enrolló los hilos de los muñecos y los depositó en el interior de una raída bolsa de lona, plegó el biombo que le servía de teatrillo y con él bajo el brazo se dirigió a las afueras de la ciudad, donde había hallado una casa desocupada en cuyo amplio portal solía pasar las noches.

Estaba cansado. Se arrebujó en su chaqueta y se dispuso a dormir junto a sus escasas pertenencias.

—Buenas noches, musitó como para sí mismo.

—Buenas noches -respondieron unas imperceptibles voces, opacadas por el grosor de la tela.

El estómago del titiritero rugía de hambre, pero él se sentía bien. Nunca se desprendería de sus únicos amigos.





¡Acabada la función! Recojo mis ojos con cuidado, agradecido por el alimento que con tus suculentas letras nos has servido.
Sí, es de agradecer en los tiempos que corren, que nos reencontremos con los valores perdidos.
Frases como esta de: ¡TODO TIENE UN PRECIO! Quedan absoletas ante el sentido común...
Bien demostrado a los que hacen de tripas corazón, que aunque los intestinos esten repletos de viandas, el corazón tiene prioridad de alimentos tales, como la amistad, la libertad, y la honestidad por ejem.
Es de sentido común, que quien trabaja con emoción, no cambia por dinero lo que hay en su corazón.
Un placer querida poeta. Alegre paz para ti dejo.
Vidal
 
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Acabada la función se sentó desmadejado en la acera. A su lado, enganchados a los hilos de la cruceta, los pequeños títeres sin vida; delante de sí, una vieja gorra desgastada que recogía algunas monedas, fruto de la compasión de la gente.

Mientras liaba un escaso pitillo oyó una voz autoritaria que decía:

—¿Cuánto por el del gorro verde?

Alzó los ojos y se encontró frente a un semblante adusto, surcado de arrugas.

—No está en venta, señora.

—No se ande con remilgos. No me diga que piensa comer con las cuatro perras que tiene dentro de esa renegrida gorra. Le pagaré bien. Ese muñeco le va a encantar a mi nieto, no es nada corriente. Le gustará hacerlo danzar.

—No está en venta, señora.

—¡Será pazguato! Pues cuando el hambre le roa las tripas ¡cómaselo!, a ver si lo encuentra tierno…

Cuando la señora, airada, hubo dado la media vuelta, el hombre, parsimoniosamente, se dispuso a recoger sus cosas. Pisó la colilla y luego, con todo cuidado, enrolló los hilos de los muñecos y los depositó en el interior de una raída bolsa de lona, plegó el biombo que le servía de teatrillo y con él bajo el brazo se dirigió a las afueras de la ciudad, donde había hallado una casa desocupada en cuyo amplio portal solía pasar las noches.

Estaba cansado. Se arrebujó en su chaqueta y se dispuso a dormir junto a sus escasas pertenencias.

—Buenas noches, musitó como para sí mismo.

—Buenas noches -respondieron unas imperceptibles voces, opacadas por el grosor de la tela.

El estómago del titiritero rugía de hambre, pero él se sentía bien. Nunca se desprendería de sus únicos amigos.




Eratalia, un placer pasar por tu prosa, tan bien hilada, tierna en su contenido en cuanto nos habla del apego a las cosas que no por ser "cosas" dejan de tener un valor emocional. Saluditos :)
 
¡Acabada la función! Recojo mis ojos con cuidado, agradecido por el alimento que con tus suculentas letras nos has servido.
Sí, es de agradecer en los tiempos que corren, que nos reencontremos con los valores perdidos.
Frases como esta de: ¡TODO TIENE UN PRECIO! Quedan absoletas ante el sentido común...
Bien demostrado a los que hacen de tripas corazón, que aunque los intestinos esten repletos de viandas, el corazón tiene prioridad de alimentos tales, como la amistad, la libertad, y la honestidad por ejem.
Es de sentido común, que quien trabaja con emoción, no cambia por dinero lo que hay en su corazón.
Un placer querida poeta. Alegre paz para ti dejo.
Vidal
Muchas gracias por tu comentario color de rosa. ;) Siempre me alegra encontrarte en mis letras.
Gracias, de nuevo.
Un abrazo pacífico.
 
¿y que comen los títeres? ¿astillas y palillos? Me has creado más dudas que respuestas....Tierna prosa, rápida y concisa
Los títeres no sé, pero los titiriteros supongo que bocatas de pan y chorizo,como todo el mundo... Y ahora vendrá el mundo y me dirá que más de la mitad de él no come esas cosas, unos porque qué más quisieran, otros porque son vegetarianos, otros porque engorda, otros porque no comen cerdo, otros porque tienen colesterol elevado...
Muchas gracias por su simpático comentario señor Sapo, encantada de recibirle en mis titiriterías.
Saludos cordiales.
 
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Acabada la función se sentó desmadejado en la acera. A su lado, enganchados a los hilos de la cruceta, los pequeños títeres sin vida; delante de sí, una vieja gorra desgastada que recogía algunas monedas, fruto de la compasión de la gente.
Mientras liaba un escaso pitillo oyó una voz autoritaria que decía:
—¿Cuánto por el del gorro verde?
Alzó los ojos y se encontró frente a un semblante adusto, surcado de arrugas.
—No está en venta, señora.
—No se ande con remilgos. No me diga que piensa comer con las cuatro perras que tiene dentro de esa renegrida gorra. Le pagaré bien. Ese muñeco le va a encantar a mi nieto, no es nada corriente. Le gustará hacerlo danzar.
—No está en venta, señora.
—¡Será pazguato! Pues cuando el hambre le roa las tripas ¡cómaselo!, a ver si lo encuentra tierno…

Cuando la señora, airada, hubo dado la media vuelta, el hombre, parsimoniosamente, se dispuso a recoger sus cosas. Pisó la colilla y luego, con todo cuidado, enrolló los hilos de los muñecos y los depositó en el interior de una raída bolsa de lona, plegó el biombo que le servía de teatrillo y con él bajo el brazo se dirigió a las afueras de la ciudad, donde había hallado una casa desocupada en cuyo amplio portal solía pasar las noches.
Estaba cansado. Se arrebujó en su chaqueta y se dispuso a dormir junto a sus escasas pertenencias.
—Buenas noches, musitó como para sí mismo.
—Buenas noches -respondieron unas imperceptibles voces, opacadas por el grosor de la tela.
El estómago del titiritero rugía de hambre, pero él se sentía bien. Nunca se desprendería de sus únicos amigos.



Conmovedor relato y encantador final. El titiritero dio vida a sus títeres. Me gusta la fantasía del relato. Te felicito.
 
Qué bien acaba esto, desde un punto de vista capitalista nunca se puede vender la fuerza bruta de trabajo si no se tiene un nuevo plan de negocio previsto. En este caso al titiritero le pilló por sorpresa y no tenía aun avanzada su sección de I+D.

Bah, qué no, que ese no es mi comentario, es muy bonito y enternecedor.

Muchísimos sentimientos encerrados en pocas palabras y dos personalidades definidas en apenas media cuartilla, el agradecimiento de los títeres a su dueño hambriento es un agridulce y bello final.

Saludos.
 
Qué bien acaba esto, desde un punto de vista capitalista nunca se puede vender la fuerza bruta de trabajo si no se tiene un nuevo plan de negocio previsto. En este caso al titiritero le pilló por sorpresa y no tenía aun avanzada su sección de I+D.

Bah, qué no, que ese no es mi comentario, es muy bonito y enternecedor.

Muchísimos sentimientos encerrados en pocas palabras y dos personalidades definidas en apenas media cuartilla, el agradecimiento de los títeres a su dueño hambriento es un agridulce y bello final.

Saludos.
¿Desde cuando estará aquí este comentario que yo no había visto aún? Muchas gracias por tu paso y tus amables palabras, confiado lector.
Un abrazo.
 
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