DESIERTO.
Prolongación sinuosa de la sombra
hacia su nada, idos ya el color y las cigüeñas,
impasibles celadoras de la anarquía.
Como un irrepetible reloj de arena derramado,
sentina del tiempo, el desierto:
desolación de las avenidas urbanas
cuando los amantes se intercambian
sus ojos ciegos, los que ellos imaginan
volutas de capiteles corintios,
aquellas que se expanden cada amanecer
cuando cesan las brisas insolentes
desde las almenas sonoras de la noche.
Sigo tejiendo con mis huellas
un imposible camino sobre arenas
en busca de la luz que me ha cegado;
la luz, mi amante involuntaria y pasajera
como el ómnibus de las ocho y media.
Pero sigo insomne en lo alto de mi péndulo
recreando el tiempo roto:
soy el nuevo Cronos nacido de sus propios restos
fecundados por el Fénix y las brumas.
Aúllan los silencios y sus ecos.
Nace la majestad del misterio
refugiado por la sombra
que lo envuelve maternal.
Callen las rocas.
Poco a poco el silencio me penetra
y se me hace dolor
y zumbido de alacrán,
esa inaudible salmodia
que preludia la muerte o su reflejo.
¿Cuándo nacerán las islas?
¿Cuándo las madreperlas?
Disueltas ya las madrugadas
sólo me queda el desierto
y alguna música antigua
para interpretar “senza tempo.”
Ya me he apagado en mi sombra
que se pierde en cualquier pozo secreto,
memoria y cruz, o diaclasa precursora
de otras sombras que me ocupen.
He muerto.
hacia su nada, idos ya el color y las cigüeñas,
impasibles celadoras de la anarquía.
Como un irrepetible reloj de arena derramado,
sentina del tiempo, el desierto:
desolación de las avenidas urbanas
cuando los amantes se intercambian
sus ojos ciegos, los que ellos imaginan
volutas de capiteles corintios,
aquellas que se expanden cada amanecer
cuando cesan las brisas insolentes
desde las almenas sonoras de la noche.
Sigo tejiendo con mis huellas
un imposible camino sobre arenas
en busca de la luz que me ha cegado;
la luz, mi amante involuntaria y pasajera
como el ómnibus de las ocho y media.
Pero sigo insomne en lo alto de mi péndulo
recreando el tiempo roto:
soy el nuevo Cronos nacido de sus propios restos
fecundados por el Fénix y las brumas.
Aúllan los silencios y sus ecos.
Nace la majestad del misterio
refugiado por la sombra
que lo envuelve maternal.
Callen las rocas.
Poco a poco el silencio me penetra
y se me hace dolor
y zumbido de alacrán,
esa inaudible salmodia
que preludia la muerte o su reflejo.
¿Cuándo nacerán las islas?
¿Cuándo las madreperlas?
Disueltas ya las madrugadas
sólo me queda el desierto
y alguna música antigua
para interpretar “senza tempo.”
Ya me he apagado en mi sombra
que se pierde en cualquier pozo secreto,
memoria y cruz, o diaclasa precursora
de otras sombras que me ocupen.
He muerto.
Ilust.: Ceslovas Cesnakevicius