Cristina Prieto Díaz
Poeta recién llegado
Estaba amaneciendo en la laguna, cerca de la orilla se oía saltando algún pez que otro y al alba despertaba con bruma que humedecía toda la vegetación de juncos, silvestres, musgos, líquenes en las piedras y arbustos de jara que adornaban el paisaje. Los patos ánades, gansos, cisnes...recorrían silenciosamente la superficie de las tranquilas aguas esperando al solariego mientras alguna garza sorprendía a los despistados pececillos.
Despuntando el sol sobre este marco natural y apacible el agua parecía un gran espejo moteado que se perdía más allá del horizonte reflejando la luz diurna y proyectando sombras caprichosas, dejando ver alguna onda oscurecida por el movimientos de los animales.
Se oía en la orilla el cantar de las ranas y el ruiseñor además del manso fluir del agua que se perdía en un arrullo con la brisa matinal; como si cientos de hadas volasen sobre el humedal los insectos parecían motas blancas con su mágico y aéreo vuelo descontrolado.
Y de pronto, se oyen ruidosas voces de pescadores de pisadas bruscas en el suelo encharcado, las aves se espantaban por los sorprendentes ruidos humanos, emprendiendo el vuelo acelerado y hasta las ranas dejaban de croar. La laguna se despertaba armoniosa y llena de vida, dejaba que echasen a fondo los afilados anzuelos, se veía ya tocada porque había un ajetreo inusitado para los animales que habitaban este paradisíaco lugar. Invadía el olor a gasoil y el ruido de los motores, yo no la conocía ya, estaba agotada y gastada.
¡Mi cansada laguna! Sólo le quedaba la noche, la luna apaciguaría los corazones de los animales del lugar, sus orillas ya no eran de verde alfombra sino que servían a veces de escombrera.
Mi laguna llena de agua y de sed a la vez, agotada en su fondo , sólo le quedaba el marco como un cuadro blanco. Llevaba su vida de eternos años allí sin ser más que un maravilloso humedal...pero ya tenía sed.
Despuntando el sol sobre este marco natural y apacible el agua parecía un gran espejo moteado que se perdía más allá del horizonte reflejando la luz diurna y proyectando sombras caprichosas, dejando ver alguna onda oscurecida por el movimientos de los animales.
Se oía en la orilla el cantar de las ranas y el ruiseñor además del manso fluir del agua que se perdía en un arrullo con la brisa matinal; como si cientos de hadas volasen sobre el humedal los insectos parecían motas blancas con su mágico y aéreo vuelo descontrolado.
Y de pronto, se oyen ruidosas voces de pescadores de pisadas bruscas en el suelo encharcado, las aves se espantaban por los sorprendentes ruidos humanos, emprendiendo el vuelo acelerado y hasta las ranas dejaban de croar. La laguna se despertaba armoniosa y llena de vida, dejaba que echasen a fondo los afilados anzuelos, se veía ya tocada porque había un ajetreo inusitado para los animales que habitaban este paradisíaco lugar. Invadía el olor a gasoil y el ruido de los motores, yo no la conocía ya, estaba agotada y gastada.
¡Mi cansada laguna! Sólo le quedaba la noche, la luna apaciguaría los corazones de los animales del lugar, sus orillas ya no eran de verde alfombra sino que servían a veces de escombrera.
Mi laguna llena de agua y de sed a la vez, agotada en su fondo , sólo le quedaba el marco como un cuadro blanco. Llevaba su vida de eternos años allí sin ser más que un maravilloso humedal...pero ya tenía sed.
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