Cristina Prieto Díaz
Poeta recién llegado
Me asomé al borde del risco y me hallé observando un inmenso cráter abismal, silencioso, oscuro y apagado...
Había escalado la ladera anteriormente varias veces ya pero esta vez me pareció increíblemente hermoso, ya fuera por su luz anaranjada de tierra plomiza, misteriosas y olvidadas.
Allí estaba yo observando todos los colores tierra de matices rojizos y pardos. El viento parecía empujarme a los adentros del inmenso cráter pero mi equilibrio era más fuerte; la sensación de libertad ante la naturaleza me erizaba el vello de los brazos además me embriagaba la mente y divagaba con pensamientos sobre poder volar encima de mi cráter , ver sus laderas deslizarme y llegar arriba para mirarlo desde un plano elevado y perpendicular.
En ese momento oí un chillido animal y salvaje, era un quebrantahuesos que volaba por encima de mi cabeza y en su suave planear avanzó unos metros más dejando caer entre las rocas algo que llevaba entre sus garras, el golpe resonó a madera hueca en todo el umbral del cráter y la gran ave se posó ante los despojos que acababa de arrojar, la observé un poco más de tiempo y no parecía que le importunara mi presencia, así me decidí a bajar la ladera, pero ¡yo perdía el equilibrio! El viento me empujaba fuertemente y malditas sean las piedrecillas que rodaban bajo mis pies.
Caí rodando al hondo cráter infernal, golpeándome bruscamente todo el cuerpo. Yacía en el abismo agotada, dolorida, me retorcía entre las areniscas y punzantes piedras que me raspaban el alma, extenuada no podía hablar, sólo gritaba en mi mente: ayúdame, ayúdame, ven a buscarme.
Había escalado la ladera anteriormente varias veces ya pero esta vez me pareció increíblemente hermoso, ya fuera por su luz anaranjada de tierra plomiza, misteriosas y olvidadas.
Allí estaba yo observando todos los colores tierra de matices rojizos y pardos. El viento parecía empujarme a los adentros del inmenso cráter pero mi equilibrio era más fuerte; la sensación de libertad ante la naturaleza me erizaba el vello de los brazos además me embriagaba la mente y divagaba con pensamientos sobre poder volar encima de mi cráter , ver sus laderas deslizarme y llegar arriba para mirarlo desde un plano elevado y perpendicular.
En ese momento oí un chillido animal y salvaje, era un quebrantahuesos que volaba por encima de mi cabeza y en su suave planear avanzó unos metros más dejando caer entre las rocas algo que llevaba entre sus garras, el golpe resonó a madera hueca en todo el umbral del cráter y la gran ave se posó ante los despojos que acababa de arrojar, la observé un poco más de tiempo y no parecía que le importunara mi presencia, así me decidí a bajar la ladera, pero ¡yo perdía el equilibrio! El viento me empujaba fuertemente y malditas sean las piedrecillas que rodaban bajo mis pies.
Caí rodando al hondo cráter infernal, golpeándome bruscamente todo el cuerpo. Yacía en el abismo agotada, dolorida, me retorcía entre las areniscas y punzantes piedras que me raspaban el alma, extenuada no podía hablar, sólo gritaba en mi mente: ayúdame, ayúdame, ven a buscarme.