Dialmar
Poeta asiduo al portal
Mi viejo colchón.
¿Vamos a morir?, con angustia delirante pregunté. Entre gritos y lamentos, mis hermanos aterrados, se mueven sin moverse de su lugar. Valientemente y determinado, mi padre respondió No.
Tendrá que pasar.
La tierra se derrite se lamenta con ruidosos aullidos que se mezclan con los míos.
Temo.
La corriente de lodo y de palos nos empuja con rabia tanta oscuridad nos aterra, tomamos nuestras manos, como si en cualquier momento pudiéramos perdernos.
Hasta hace un momento solo dormíamos en nuestras camas. Hasta hace unos minutos hacíamos nuestras oraciones, hasta hace unos días jugábamos en el rio. Hasta hace unas semanas mi padre llegaba con regalos por el pago de la venta del café.
No veo nada, solo escucho lamentos. Ya no es divertido el lodo que fue nuestra piscina de juegos. Ahora está carcomiendo nuestro pueblo, se lo está llevando, se lo está tragando, como una monstruosa marea de terror.
Nos golpea un árbol y cambiamos de dirección pero su fortaleza no fue inmune y se tumba tras nosotros en un suicidio inesperado tal vez cansado en la lucha por sobrevivir.
Troncos, ramas caen, nos azotan, como si a palo nos obligaran a estar atentos y no rendirnos en el intento por sobrevivir, todavía siento los escombros cuando el muro se vino encima y desbarató mi hogar, quisiera quedarme con algún fragmento de lo que fue nuestro palacio antes de que mamá muriera. Otra vez se vienen recuerdos en segundos eternos que me llevan a otros momentos, su sonrisa, sus abrazos, sus cantos, su enfermedad, mi tristeza. Me desvanezco y mi padre fuertemente ruge para levantarnos del espanto.
Quiero vivir, el canto de mi madre nutre mis venas y comienza a florecer la esperanza me siento feliz, no estamos muertos, y no había notado que la velocidad de la avalancha estaba cesado, mi padre sollozando aúlla: ¡termina!, ¡termina!. Sus Ojos crecen como el sol que está asomando por la colina.
Amanece podemos ver un cielo gris rojizo, que nos deja ver, de a pocos como una cortina que se va desapareciendo, tras nosotros una autopista de lodo llena de escombro, pedazos de casas, árboles y restos humanos.
Nos detenemos y mi padre llora, no sé si feliz o asustado nos abraza y se tumba en el colchón que nos salvó la vida, nos llevó a flote en esta tempestad, no lo quiero soltar, no lo quiero dejar, enlodado totalmente, raído, sin forma y con el aspecto de la batalla me muestra que ya cumplió su misión, lograr que nuestros sueños continuaran por un tiempo más.
¿Vamos a morir?, con angustia delirante pregunté. Entre gritos y lamentos, mis hermanos aterrados, se mueven sin moverse de su lugar. Valientemente y determinado, mi padre respondió No.
Tendrá que pasar.
La tierra se derrite se lamenta con ruidosos aullidos que se mezclan con los míos.
Temo.
La corriente de lodo y de palos nos empuja con rabia tanta oscuridad nos aterra, tomamos nuestras manos, como si en cualquier momento pudiéramos perdernos.
Hasta hace un momento solo dormíamos en nuestras camas. Hasta hace unos minutos hacíamos nuestras oraciones, hasta hace unos días jugábamos en el rio. Hasta hace unas semanas mi padre llegaba con regalos por el pago de la venta del café.
No veo nada, solo escucho lamentos. Ya no es divertido el lodo que fue nuestra piscina de juegos. Ahora está carcomiendo nuestro pueblo, se lo está llevando, se lo está tragando, como una monstruosa marea de terror.
Nos golpea un árbol y cambiamos de dirección pero su fortaleza no fue inmune y se tumba tras nosotros en un suicidio inesperado tal vez cansado en la lucha por sobrevivir.
Troncos, ramas caen, nos azotan, como si a palo nos obligaran a estar atentos y no rendirnos en el intento por sobrevivir, todavía siento los escombros cuando el muro se vino encima y desbarató mi hogar, quisiera quedarme con algún fragmento de lo que fue nuestro palacio antes de que mamá muriera. Otra vez se vienen recuerdos en segundos eternos que me llevan a otros momentos, su sonrisa, sus abrazos, sus cantos, su enfermedad, mi tristeza. Me desvanezco y mi padre fuertemente ruge para levantarnos del espanto.
Quiero vivir, el canto de mi madre nutre mis venas y comienza a florecer la esperanza me siento feliz, no estamos muertos, y no había notado que la velocidad de la avalancha estaba cesado, mi padre sollozando aúlla: ¡termina!, ¡termina!. Sus Ojos crecen como el sol que está asomando por la colina.
Amanece podemos ver un cielo gris rojizo, que nos deja ver, de a pocos como una cortina que se va desapareciendo, tras nosotros una autopista de lodo llena de escombro, pedazos de casas, árboles y restos humanos.
Nos detenemos y mi padre llora, no sé si feliz o asustado nos abraza y se tumba en el colchón que nos salvó la vida, nos llevó a flote en esta tempestad, no lo quiero soltar, no lo quiero dejar, enlodado totalmente, raído, sin forma y con el aspecto de la batalla me muestra que ya cumplió su misión, lograr que nuestros sueños continuaran por un tiempo más.