Ángel San Isidro
Poeta que considera el portal su segunda casa
El Hombre que sabía Demasiado…
Nunca existió un hombre que se pudiera considerar perfecto, pero este hombre existía en un lugar solitario
y lleno de espejos, donde podía visionarse
en su mundo interior,
era un hombre muy soñador en ese lascivo lugar,
de su mundo imperfecto;
Habitaba y soñaba con los sueños
de sus maravillosos y entrañables recuerdos,
en un hábitat lleno de preguntas y de recuerdos
de su historia personal, no era un hombre demasiado viejo,
pero vivía en una absoluta soledad que le permitía
en su creativa y misteriosa soledad, ser merecedor de tan angelicales y bienaventurados sueños y de sus misteriosos y atractivos pensamientos;
El hombre en cuestión
era y había sido un sibarita de la vida, sólo sabía,
que vivía completamente solo, con la única compañía
de su gato, que tristemente comía de un pienso especial que al buen hombre le costaba poder pagar y conseguir, pero en su fuero interno daba gracias a Dios,
por hacerle merecedor de tan buena compañía,
su gato se había convertido en su mejor amigo,
y el buen hombre le recogía sus excrementos todos los días sin sentirse por ello avergonzado, ni sumiso;
Este hombre aquejado de una dolorosa y triste soledad,
había conseguido con mucha paciencia y una pequeña pero persuasiva ambición, escribir en versos sueltos
y pequeños sus verdaderos y angustiados sentimientos,
que se apiñaban en las hojas de sus sensuales relatos breves y poemas, el hombre en cuestión no se sentía
un privilegiado de su situación personal y anímica,
la que sentía dentro de su enigmática soledad;
El solitario y apesadumbrado hombre,
sabía que sus días estaban contados y escribía
a casi todas las horas del día en un destartalado
y viejo ordenador, allí escribía sus poemas
y los relatos cortos que algún día sabía
iban a ser leídos y comentados,
como al genial pintor, Vincent van Gohg,
los que le darían después de muerto el beneplácito reconocimiento de su obra escrita
en páginas de seda con el oro y la plata de sus majestuosos y sugestivos sueños,
que con su nombre escribiría en los suburvios
de su alma preñada de letras pequeñas y aleatorias;
Cual no fue su sorpresa
que un día vio un comentario hacia uno de sus poemas en un periódico local, que expresaban su cualidad poética con unos pocos versos de una de sus poesías,
el hombre tomó aire y digirió el comentario del periódico como algo natural y sin despropósitos linguisticos, ese hombre había llegado a comprender que el mundo de los sueños estaba plagado de añorados y sutiles pensamientos;
Pero se olvidó
de lo más importante que existía en su vida,
y recordó con nostalgia lo que sus padres en su juventud le decían, “no llores al amor, que este es pasajero y lleno de dolor”, después se abrazó contra las sábanas
y tristemente, suspiró y lloró.
Autor: Ángel San Isidro
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