• MundoPoesía se ha renovado! Nuevo diseño y nuevas funciones. Ver cambios

pequeños actos de mutilación

prisionero inocente

Poeta que considera el portal su segunda casa
acto 2



Una tristeza verde corrompe los semáforos.
Los ángeles no consiguen renunciar a su rostro de perro

porque las carnicerías están abiertas domingo por la mañana.
La eternidad muestra injustamente su cadena de armarios,
su ventrículo de naftalina.
El aullido de la cafetera es mi racimo de soledad.

Te dije que no saliéramos.
La ceniza de los aviones nos llueve
y no hay mendigo que no se parezca a sí mismo.
Te dije que quedáramos en casa
y entre el silbido de la esterilidad
de los canarios de la viuda
que vive en el quinto piso
nos amaramos una vez más.

El ciego que mendiga en la esquina
es una pregunta para el olvido.
Mira cómo se pudren sus manos,
mira cómo el olor de sus manos que se pudren
se mezcla con tu hormona de mujer impía.

La desesperanza luce sus ataúdes de oro.
Un laurel de adioses florece en mi alma.
Te lo dije, Claudia.
El látigo de las rosas desciende sobre los labios de la viuda.
Los canarios silban y chocan contra las rejas.
¿Qué hacemos nosotros aquí, en el medio de la calle,
en un domingo de perros?
 
acto 2



Una tristeza verde corrompe los semáforos.
Los ángeles no consiguen renunciar a su rostro de perro

porque las carnicerías están abiertas domingo por la mañana.
La eternidad muestra injustamente su cadena de armarios,
su ventrículo de naftalina.
El aullido de la cafetera es mi racimo de soledad.

Te dije que no saliéramos.
La ceniza de los aviones nos llueve
y no hay mendigo que no se parezca a sí mismo.
Te dije que quedáramos en casa
y entre el silbido de la esterilidad
de los canarios de la viuda
que vive en el quinto piso
nos amaramos una vez más.

El ciego que mendiga en la esquina
es una pregunta para el olvido.
Mira cómo se pudren sus manos,
mira cómo el olor de sus manos que se pudren
se mezcla con tu hormona de mujer impía.

La desesperanza luce sus ataúdes de oro.
Un laurel de adioses florece en mi alma.
Te lo dije, Claudia.
El látigo de las rosas desciende sobre los labios de la viuda.
Los canarios silban y chocan contra las rejas.
¿Qué hacemos nosotros aquí, en el medio de la calle,
en un domingo de perros?


Una visión fatalista de lo que nunca pretendió ser un festivo, esos domingos sin causa en los que uno espera lo que no desea pero el punto muerto inunda. La calle y su brusquedad, los sonidos invasivos rituales...
Una escena que arrastra...


Abrazos
 
acto 2



Una tristeza verde corrompe los semáforos.
Los ángeles no consiguen renunciar a su rostro de perro

porque las carnicerías están abiertas domingo por la mañana.
La eternidad muestra injustamente su cadena de armarios,
su ventrículo de naftalina.
El aullido de la cafetera es mi racimo de soledad.

Te dije que no saliéramos.
La ceniza de los aviones nos llueve
y no hay mendigo que no se parezca a sí mismo.
Te dije que quedáramos en casa
y entre el silbido de la esterilidad
de los canarios de la viuda
que vive en el quinto piso
nos amaramos una vez más.

El ciego que mendiga en la esquina
es una pregunta para el olvido.
Mira cómo se pudren sus manos,
mira cómo el olor de sus manos que se pudren
se mezcla con tu hormona de mujer impía.

La desesperanza luce sus ataúdes de oro.
Un laurel de adioses florece en mi alma.
Te lo dije, Claudia.
El látigo de las rosas desciende sobre los labios de la viuda.
Los canarios silban y chocan contra las rejas.
¿Qué hacemos nosotros aquí, en el medio de la calle,
en un domingo de perros?


Inundacion de dudas en una situacion limitada y de negacion maxima.
verso de transparencia unica que transpasa. felicidades por el tronco
y pliegue de las imagenes. luzyabsenta
 
acto 2



Una tristeza verde corrompe los semáforos.
Los ángeles no consiguen renunciar a su rostro de perro

porque las carnicerías están abiertas domingo por la mañana.
La eternidad muestra injustamente su cadena de armarios,
su ventrículo de naftalina.
El aullido de la cafetera es mi racimo de soledad.

Te dije que no saliéramos.
La ceniza de los aviones nos llueve
y no hay mendigo que no se parezca a sí mismo.
Te dije que quedáramos en casa
y entre el silbido de la esterilidad
de los canarios de la viuda
que vive en el quinto piso
nos amaramos una vez más.

El ciego que mendiga en la esquina
es una pregunta para el olvido.
Mira cómo se pudren sus manos,
mira cómo el olor de sus manos que se pudren
se mezcla con tu hormona de mujer impía.

La desesperanza luce sus ataúdes de oro.
Un laurel de adioses florece en mi alma.
Te lo dije, Claudia.
El látigo de las rosas desciende sobre los labios de la viuda.
Los canarios silban y chocan contra las rejas.
¿Qué hacemos nosotros aquí, en el medio de la calle,
en un domingo de perros?
Un domingo infausto que deja su rastro triste por el tránsito de tus versos, y como siempre encuentro la elocuencia y la belleza de tu magistral expresión, un gusto saborearlo, saludos y abrazos.
 
Ayuda Usuarios

You haven't joined any salas.

You haven't joined any salas.
Atrás
Arriba