Cuentista
Silencio, un cuento.
Irela
Desterrado en los abismos de la noche ciudadela
mi alma oscura... dueña es ella,
enfermiza de dolor bebe rabia en mi interior
¿Dónde estás mi bella Irela?
Son tinieblas sin color las que ocupan tu lugar…
solo ella, es… ¡Irela!
Tu nombre vive cuando gozo de nombrar
en los labios agrietados que dejaste de besar.
Ominosa soledad en marchito plenilunio
que ilumina tu levar en su círculo espectral
bella es ella dulce Irela.
Si mis ojos pueden verte paseando entre la muerte
¿Dónde estás bella doncella?
En perenne cremación se desangra mi delirio
que atormenta la apostura de aquel rostro angelical,
alejados de la vida o arrancados por la muerte
de solemne vehemencia
en mi templo de entereza… me derrumbo,
¡Irela!… es mi llanto el que a ti vuela.
Enterrado en el olvido de una acerba cicatriz
no hay tristeza que no duela,
Irela… sopla el hálito en tu nombre.
Cobijado por las brasas de un bermejo resplandor
mi querida damisela el recuerdo vuelve a mí
pústulas del sufrimiento que nacieron de tu adiós
y que acechan en el bruno de aquel siglo en que morí
viejas sombras otoñales con fantasmas de mis males
por la tierra en que reposa mi valiosa gran esposa
Irela… de figura viajera
el plomizo en mi semblante arrebata mi esplendor
reposado en la orla de una tumba sin vigor
es rebato de campanas quien aplaca mi latir
pues herido en el pasado
y ahora humillado en un reino vencido
¿Soy el que yace caído… o lo eres tú?
(Para Irene)
“Cuentista” 2014
Desterrado en los abismos de la noche ciudadela
mi alma oscura... dueña es ella,
enfermiza de dolor bebe rabia en mi interior
¿Dónde estás mi bella Irela?
Son tinieblas sin color las que ocupan tu lugar…
solo ella, es… ¡Irela!
Tu nombre vive cuando gozo de nombrar
en los labios agrietados que dejaste de besar.
Ominosa soledad en marchito plenilunio
que ilumina tu levar en su círculo espectral
bella es ella dulce Irela.
Si mis ojos pueden verte paseando entre la muerte
¿Dónde estás bella doncella?
En perenne cremación se desangra mi delirio
que atormenta la apostura de aquel rostro angelical,
alejados de la vida o arrancados por la muerte
de solemne vehemencia
en mi templo de entereza… me derrumbo,
¡Irela!… es mi llanto el que a ti vuela.
Enterrado en el olvido de una acerba cicatriz
no hay tristeza que no duela,
Irela… sopla el hálito en tu nombre.
Cobijado por las brasas de un bermejo resplandor
mi querida damisela el recuerdo vuelve a mí
pústulas del sufrimiento que nacieron de tu adiós
y que acechan en el bruno de aquel siglo en que morí
viejas sombras otoñales con fantasmas de mis males
por la tierra en que reposa mi valiosa gran esposa
Irela… de figura viajera
el plomizo en mi semblante arrebata mi esplendor
reposado en la orla de una tumba sin vigor
es rebato de campanas quien aplaca mi latir
pues herido en el pasado
y ahora humillado en un reino vencido
¿Soy el que yace caído… o lo eres tú?
(Para Irene)
“Cuentista” 2014
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