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Jinetes de papel

marquelo

Negrito villero
Mi casa era un nicho eterno salido del aliento de mi padre, antes que se lo lleve la tragedia

Todos

Sin excepción alguna, incluido yo, como delgada fibra danzarina

Me contorneaba sobre las decisiones efímeras de mi padre

Ahora

Que el tiempo le dio la razón a la muerte

Las moscas hacen su labor elemental. Un martilleo profundo se desprende de su zumbido,

Y mi casa también zumba, se alinea, a esta necesidad imperiosa de olvidarse de todos.

Así era mi casa, paciente mecedora de nuestras palabras, y la entendimos como a una iglesia abandonada, siempre peregrinando hacia adentro, hacia el último rincón, sin llegar nunca

A la última pared que sellaba el fin del mundo.



Simplemente escribamos, escribir es fantástico es como alivianar el peso de las nubes del agua que cae vertical hacia el lado oscuro de una lágrima, vivir el encuentro que irradia todas las cosas,

nuestra sombra

es otro hombre sin muerte, simplemente un vagabundo con el peso del agua del viento, del humo/ todo hombre tiene su peso, su elemento/ los caballos agitados huyen de las minas del canto del lobo de todo lo impuesto por el hombre.

Escribir una nota fantástica es una abultada firma de sentencias y el futuro ¿Qué es el futuro? ¿Qué es el presente? ¿El Ayer y las demás cosas de la vida? Todo está dicho antes de escribirse, pero no lo vemos, está ahí sentado o parado esperando el saludo/ la sonrisa, la invitación al baile, o la simple despedida. Sigamos su música su camino; aquel camino que empieza en el aliento del primate que evoluciona también a base de bananos y de lágrimas o de caídas desde rascacielos multimillonarios de carros hechos con el barro que sobro del Arte.

En fin, todo, absolutamente todo es anunciado por campanas de colores, montados encima de los lomos de los equinos de las fauces de los saurios/ campanas mal olientes/ incienso que se bifurca, se amplia y se clava como rayo encima de las palabras de los parques y esquinas sabrosas/ con olor a pan, que lleva aquél hombre bajo el brazo/ su naturaleza viril, su metafísica o su olvido. Llenos de apostasía llenos de ese conjunto ambivalente de el Ser o no Ser de la consigna rota de unos huesos en forma de camino, abismos con hedor a desesperanza, hoyos mal tapados, porque el dolor no se ha fosilizado, cimentado o simplemente
no ha dado el permiso para también descansar con el muerto,
con el sosegado de angustias sempiternas, con el niño que nació con culpas ajenas y laberintos ajenos que sus ojos no atisban la salida. ¿Qué es la vida en sí? ¿De qué se trata todo esto?/ Mostramos el aliento del dinosaurio como herencia para el devenir o nos arrodillamos para ver la cintura de dios o nos arrodillamos para volver a ser cuadrúpedos y correr como galgos frenéticos en la carrera del silencio milagroso.

¿De qué podemos quejarnos? ¿De todo el mundo que agita su porquería?/ Las casas siempre están pintadas de color brillante, alegría disfrazada/ esperanza convertidas en sonrisas rotas, familias unidas por los hijos que se irán que enterrarán a los padres sin despedidas que les robarán hasta el amor que quedó atrás cuándo niños. ¿De qué escribir en un poema, es la pregunta?

Di algo elemental pero a la vez profundo/ “Todos los animales nos alimentamos de algo llamado… no sé si existan palabras consustanciales con el Yo o con el rincón más romántico del mar.

“Y atisbo el silencio mortecino que ensancha a los lunáticos a dormir sin el permiso de la luna, dichosos de pertenecer a un drama, aguardando, un vaso con calor, a la sombra inventada por los hombres, fatuidades arquitectónicas…”

Escribamos,
jinetes de papel
 
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