Claridad
Poeta que considera el portal su segunda casa
Ya no hay más groserías en el álbum de los que llevan cargados al hombro.
Seguramente porque no existen palabras para los que morimos a cada cuchillazo
de los que no les gusta dar la libertad a los que no tienen la culpa de nada.
Esta vez, aquel energúmeno medio ser vivo que decían era un hombre,
ese, que solía sentarse a mi lado en la jaula de alambres de púas,
él también fue herido por no más de doscientas puñaladas
que crearon una abertura tal en su cuerpo, que la sangre brotaba con espumas negras.
Era como si el aire se le escapara por el estómago, reventado y abierto
como todo sapo de laboratorio.
La siguiente, sería yo. Solo que como nunca pude decir palabras, ni nunca pude oírlas
me "perdonaron" la vida por ser la maldita sordomuda que nada dice y nada oye.
Pero fue la que le tocó despedir a los muertos en su hedor,
en su agonía por tratar de aferrarse a la vida miserable que les tocó vivir,
o mejor dicho, les tocó morir.
Es curioso que, a ninguno de ellos, les puede leer de sus labios una sola grosería,
solo querían abrazarme y mirarme con esos ojos llenos de sangre. Aunque su castigo fuera
que solo la que no les oía en su agonizar, estuviera para despedirlos en su mal morir ¡Qué ironía!
Aun así tuvieron a alguien que les acompañó hasta el final.
A mí por cierto, después que me sacaron de lo profundo del monte, también fui sentenciada a morir.
Me llevarían lejos para ser ahorcada en la casa de los tres que empalaron después de la "loma".
Más, ya estaba muerta por las ejecuciones a fusil, las puñaladas traicioneras, las sopas envenenadas, acerrada a pedazos con la cierra o el hacha, o bien, degollada con el machete y los tiros de gracia como tanta gente que se perdió y yo sentí junto con ellos.
Creo, que después de todo, aquellos tuvieron más suerte que yo. Tuvieron a alguien que les respetó su muerte acompañándolos; yo en cambio, no tendría a nadie que me despidiera, solo la soga verdugo. Y sería tal mi desdicha,
que no alcanzaría a decir ni una sola grosería. Es obvio que no puedo porque soy muda, pero ciertamente las pensé en mi mente muchas veces como ahora. Sin embargo, ya no las pensaré más
tal vez porque soy tan perra para aguantármelo, o mejor aún,
porque es tal mi dignidad
que me hizo reír silenciosamente como loca perdida.
Seguramente porque no existen palabras para los que morimos a cada cuchillazo
de los que no les gusta dar la libertad a los que no tienen la culpa de nada.
Esta vez, aquel energúmeno medio ser vivo que decían era un hombre,
ese, que solía sentarse a mi lado en la jaula de alambres de púas,
él también fue herido por no más de doscientas puñaladas
que crearon una abertura tal en su cuerpo, que la sangre brotaba con espumas negras.
Era como si el aire se le escapara por el estómago, reventado y abierto
como todo sapo de laboratorio.
La siguiente, sería yo. Solo que como nunca pude decir palabras, ni nunca pude oírlas
me "perdonaron" la vida por ser la maldita sordomuda que nada dice y nada oye.
Pero fue la que le tocó despedir a los muertos en su hedor,
en su agonía por tratar de aferrarse a la vida miserable que les tocó vivir,
o mejor dicho, les tocó morir.
Es curioso que, a ninguno de ellos, les puede leer de sus labios una sola grosería,
solo querían abrazarme y mirarme con esos ojos llenos de sangre. Aunque su castigo fuera
que solo la que no les oía en su agonizar, estuviera para despedirlos en su mal morir ¡Qué ironía!
Aun así tuvieron a alguien que les acompañó hasta el final.
A mí por cierto, después que me sacaron de lo profundo del monte, también fui sentenciada a morir.
Me llevarían lejos para ser ahorcada en la casa de los tres que empalaron después de la "loma".
Más, ya estaba muerta por las ejecuciones a fusil, las puñaladas traicioneras, las sopas envenenadas, acerrada a pedazos con la cierra o el hacha, o bien, degollada con el machete y los tiros de gracia como tanta gente que se perdió y yo sentí junto con ellos.
Creo, que después de todo, aquellos tuvieron más suerte que yo. Tuvieron a alguien que les respetó su muerte acompañándolos; yo en cambio, no tendría a nadie que me despidiera, solo la soga verdugo. Y sería tal mi desdicha,
que no alcanzaría a decir ni una sola grosería. Es obvio que no puedo porque soy muda, pero ciertamente las pensé en mi mente muchas veces como ahora. Sin embargo, ya no las pensaré más
tal vez porque soy tan perra para aguantármelo, o mejor aún,
porque es tal mi dignidad
que me hizo reír silenciosamente como loca perdida.
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