Arturo Riquelme
Poeta adicto al portal
Se apaga la estrella de cristal
que mi cerebro sostiene;
La ilusión
del soneto
en el desierto de mis labios de papel,
mutados,
con aquellas hoja lastimeras del libro.
El sonsonete de la lluvia,
la esquirla,
el silencio oscuro.
La fogata encendida del pensamiento
que con sus tenazas amenaza invierno,
y
se hace compañera de metal
en el oído de la ventana.
Allí concluyen
los átomos del susurro,
ahogando la mirada de ciego
que el paisaje esconde de las manos
engrifadas.
El labio impenetrable
no quiere sostener el beso,
Se hace de papel el corazón
cortado en tijeras
agónicas,
vuelos de gusanos transgénicos
que urgen la cierne, se revela…
Hasta
nivelar la sangre
desesperada.
Recrear ventiladores que se contagian
de la
misma
agónica calentura,
del visor que
el día recruje
en mi cabeza, así,
si consigo
contagiarme
de tu sana enfermedad,
olvidar
con rayos de madera la última
sangre
imperceptible de cada una
de tus
palabras sin letras y sin
alma envuelta.
que mi cerebro sostiene;
La ilusión
del soneto
en el desierto de mis labios de papel,
mutados,
con aquellas hoja lastimeras del libro.
El sonsonete de la lluvia,
la esquirla,
el silencio oscuro.
La fogata encendida del pensamiento
que con sus tenazas amenaza invierno,
y
se hace compañera de metal
en el oído de la ventana.
Allí concluyen
los átomos del susurro,
ahogando la mirada de ciego
que el paisaje esconde de las manos
engrifadas.
El labio impenetrable
no quiere sostener el beso,
Se hace de papel el corazón
cortado en tijeras
agónicas,
vuelos de gusanos transgénicos
que urgen la cierne, se revela…
Hasta
nivelar la sangre
desesperada.
Recrear ventiladores que se contagian
de la
misma
agónica calentura,
del visor que
el día recruje
en mi cabeza, así,
si consigo
contagiarme
de tu sana enfermedad,
olvidar
con rayos de madera la última
sangre
imperceptible de cada una
de tus
palabras sin letras y sin
alma envuelta.
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