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El río

acontista1967

Poeta recién llegado

Incluso el que cavila en la actitud del loto,
Oteando serpear este enorme animal de agua terrosa
Con su férula abyecta en apariencia
Bajo el vientre de las embarcaciones.
Incluso el viento matutino que reincide en su bruna cantinela.

Todo sucede, fluye,
Todo es cauce perdido en la inhóspita hondura
De un lecho inexpugnable y todo se diluye
Con sólo el chapoteo de una mano.

Los hombres se consumen henchidos de oquedad,
Absortos en el río que les roe las entrañas.

Uno que llega de un recodo cenagoso
Dice haberle auscultado el sexo a una sombra
Hasta hacerla llorar de física impotencia.
Otro, venido de una latitud innominada,
Pretende demostrar en un tubo de ensayo, rebosado de orina,
Que a la espalda del sol no hay quien la alumbre.

Y hay algo todavía más veras, que no exige testigos:
Una niña, de aquí no más, de una casa vecina,
Entre la canícula del infestado aire ribereño
Y tumbada boca arriba sobre el camastro chirriante
De su madre y su padrastro,
Hiende por primera vez su dedo en su insólita hendidura,
Clavando como con alfileres, sobre la rasa tabla de su experiencia,
Un ardorcito pavoroso y palpitante. . .

Estas cosas suceden, fluyen, y es verdad. . .
Y es verdad que pasa o, mejor, desemboca, por último,
Por entre los abollados capiteles de los muslos de tal niña,
El Aqueronte de su fertilidad;
Pasa en coagulada procesión el fúnebre cortejo
De una fiesta preparada con luz ventral y fuego,
Y por primera vez la niña, apenas si lo mira y dice:
¡Ay Dios! ¿de dónde este torrente, este otro?
Y no sabe, no comprende, que aquel es el ritual imprescindible
De un huevo macerado, un huero,
Un huevo emponzoñado de lo que en modo potencial
Llegó a ser el no ser.

Y ante este espectáculo no visto,
Los hombres desarrollan y culminan su pendular faena,
Esculpidos entre los fogonazos de la atmósfera,
Mirando ser mirados como por entre los muslos de esa niña,
Hasta podrirse de bruces contra el aire.

Los márgenes del río, fétidos necrocomios,
Van trocando la vida en una espesa manigua
De vísceras humeantes.

Así se desvanece de un golpe sordo y seco,
La vanidad patética de esta meditabunda
Gallina desalada, que aún en su agonía afirma: El río pasa.
Y llora y chupa mocos, intentando convencerse,
Y muere, y es llevada a enterrar; y es más,
Si le sobrara un cacareo, imprecaría:
¿Pero cómo, sigue pasando el río?

Pero el río no pasa, el río está ahí tras su vago antifaz,
El río es una estruendosa carcajada que le arranca la vida
A esta criatura que se deslíe,
Que se desgrana borona por borona.
El hombre es tan sólo una petrificada imagen,
Una visión endurecida,
Un esguince de la nada, reflejado en el espejo de agua.

Y esta pétrea imagen asume sin embargo diversas distorsiones,
Hasta que se disuelve y ya no es nada,
Sólo agua, la misma agua, alimento de cavernas.

Y sobre esta dúctil pizarra emborronada
De nuevo se bosquejan y suceden formas:
El agujero por donde pasa una lechuza a tientas,
Las catedrales de la fatiga hincadas en las gordas nubes de humo,
Los despojos humanos para botar con un palito entre el hollín,
La luna de la jauría que muerde bajo,

El que se dobla, el que se toma el vientre
Retorciéndose bajo el amparo de su rostro umbrío,
El pobre al que le hicieron ver el Putas por un rotico
Y ahora anda buscando su cordura entre expedientes,
La impróvida progenie de sísifos circunspectos
De rostros tumefactos y almillas escleróticas,
Las alimañas laboriosas cuya existencia yace sobre la cruz espuria de los medios y los fines;
Los que llevan un minutero en la diestra,
Un segundero en la siniestra y un horario en los dos pies
Para medir su nada eterna, y en fin,
Lubrican la maquinaria con la esponja avinagrada del guarismo. . .

Todo esto, igual sucede, fluye,
Todo es cauce perdido en la inhóspita hondura
De un lecho inexpugnable
Y todo se diluye con sólo el chapoteo de una mano,
Menos las eventuales mónadas de esta serpiente unánime
Que remonta distancias dibujando incendiadas volutas de infinito.
 
Última edición:

Incluso el que cavila en la actitud del loto,
Oteando serpear este enorme animal de agua terrosa
Con su férula abyecta en apariencia
Bajo el vientre de las embarcaciones.
Incluso el viento matutino que reincide en su bruna cantinela.

Todo sucede, fluye,
Todo es cauce perdido en la inhóspita hondura
De un lecho inexpugnable y todo se diluye
Con sólo el chapoteo de una mano.

Los hombres se consumen henchidos de oquedad,
Absortos en el río que les roe las entrañas.

Uno que llega de un recodo cenagoso
Dice haberle auscultado el sexo a una sombra
Hasta hacerla llorar de física impotencia.
Otro, venido de una latitud innominada,
Pretende demostrar en un tubo de ensayo, rebosado de orina,
Que a la espalda del sol no hay quien la alumbre.

Y hay algo todavía más veras, que no exige testigos:
Una niña, de aquí no más, de una casa vecina,
Entre la canícula del infestado aire ribereño
Y tumbada boca arriba sobre el camastro chirriante
De su madre y su padrastro,
Hiende por primera vez su dedo en su insólita hendidura,
Clavando como con alfileres, sobre la rasa tabla de su experiencia,
Un ardorcito pavoroso y palpitante. . .

Estas cosas suceden, fluyen, y es verdad. . .
Y es verdad que pasa o, mejor, desemboca, por último,
Por entre los abollados capiteles de los muslos de tal niña,
El Aqueronte de su fertilidad;
Pasa en coagulada procesión el fúnebre cortejo
De una fiesta preparada con luz ventral y fuego,
Y por primera vez la niña, apenas si lo mira y dice:
¡Ay Dios! ¿de dónde este torrente, este otro?
Y no sabe, no comprende, que aquel es el ritual imprescindible
De un huevo macerado, un huero,
Un huevo emponzoñado de lo que en modo potencial
Llegó a ser el no ser.

Y ante este espectáculo no visto,
Los hombres desarrollan y culminan su pendular faena,
Esculpidos entre los fogonazos de la atmósfera,
Mirando ser mirados como por entre los muslos de esa niña,
Hasta podrirse de bruces contra el aire.

Los márgenes del río, fétidos necrocomios,
Van trocando la vida en una espesa manigua
De vísceras humeantes.

Así se desvanece de un golpe sordo y seco,
La vanidad patética de esta meditabunda
Gallina desalada, que aún en su agonía afirma: El río pasa.
Y llora y chupa mocos, intentando convencerse,
Y muere, y es llevada a enterrar; y es más,
Si le sobrara un cacareo, imprecaría:
¿Pero cómo, sigue pasando el río?

Pero el río no pasa, el río está ahí tras su vago antifaz,
El río es una estruendosa carcajada que le arranca la vida
A esta criatura que se deslíe,
Que se desgrana borona por borona.
El hombre es tan sólo una petrificada imagen,
Una visión endurecida,
Un esguince de la nada, reflejado en el espejo de agua.

Y esta pétrea imagen asume sin embargo diversas distorsiones,
Hasta que se disuelve y ya no es nada,
Sólo agua, la misma agua, alimento de cavernas.

Y sobre esta dúctil pizarra emborronada
De nuevo se bosquejan y suceden formas:
El agujero por donde pasa una lechuza a tientas,
Las catedrales de la fatiga hincadas en las gordas nubes de humo,
Los despojos humanos para botar con un palito entre el hollín,
La luna de la jauría que muerde bajo,

El que se dobla, el que se toma el vientre
Retorciéndose bajo el amparo de su rostro umbrío,
El pobre al que le hicieron ver el Putas por un rotico
Y ahora anda buscando su cordura entre expedientes,
La impróvida progenie de sísifos circunspectos
De rostros tumefactos y almillas escleróticas,
Las alimañas laboriosas cuya existencia yace sobre la cruz espuria de los medios y los fines;
Los que llevan un minutero en la diestra,
Un segundero en la siniestra y un horario en los dos pies
Para medir su nada eterna, y en fin,
Lubrican la maquinaria con la esponja avinagrada del guarismo. . .

Todo esto, igual sucede, fluye,
Todo es cauce perdido en la inhóspita hondura
De un lecho inexpugnable
Y todo se diluye con sólo el chapoteo de una mano,
Menos las eventuales mónadas de esta serpiente unánime
Que remonta distancias dibujando incendiadas volutas de infinito.

como toda corrientes nos dejas llevar en tus letras, besos
 
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