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Sombra de mi sombra (903 palabras)

Ligia Calderón Romero

Moderadora foro: Una imagen, un poema
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Sombra de mi sombra

No sé por qué siempre me parecieron las ciudades como la parte lúgubre del alma, quizá sea porque huelo sus muros grises que se elevan hacia el cielo como una plegaria mal dicha o porque me aterran las caras desconocidas. Con pocas excepciones, la arquitectura de San José no parece congeniar con la belleza que me proporcionan los campos donde al galope de la brisa pían las aves y bailan los verolises que apuntan hacia el cielo.

Aun así, en plena juventud, emigré hacia la capital josefina, con escasos dieciocho años y una mochila de sueños a la espalda llegué en una mañana de agosto a Poás de Aserrí para quedarme un buen tiempo.

En aquel entonces el autobús tardaba cuarenta minutos para llegar al centro de la ciudad josefina. Todas las tardes salía a estudiar con el firme propósito de procurarme una mejor vida. Una mujer sin preparación, ya por aquellos días, se miraba en bastantes apuros de una o de otra forma, así que no había más que hacer que prepararse para la vida.

Una tarde, recién llegada a la ciudad, transitaba por la avenida segunda cuando de pronto me abordó un caballero.

—De compras —dijo.

Lo miré y sin pronunciar palabra dejé de mirar la vitrina y emprendí el camino. Unas cuatro cuadras más allá, cuando creía haberlo dejado atrás, me detuve a mirar en una zapatería, —mi delirio los zapatos y las bufandas—. De pronto por el vidrio vi su imagen que pasaba.

Aquel hombre, o llevaba mi ruta o había decidido seguirme. Dejé de lado mi esparcimiento por la ciudad y caminé hasta la estación de autobuses para retornar a casa.

Su imagen no se apartaba de mi mente, aquella silueta de estatura media, delgaducha, de aspecto sombrío, extranjero quizá, hacía subir mi adrenalina entre una mezcla de compasión y miedo.

Tardé casi una semana para volver a zambullirme en las avenidas capitalinas, esta vez cumplía con un encargo de mi madre. Al salir de la tienda le solicité al tendero que colocara la carga en un taxi que me llevaría hasta la estación de autobuses que iba hasta mi pueblo natal a donde el conductor del bus me haría el favor de llevar la encomienda. Cuando subía al taxi, un escalofrío se apoderó de todo mi cuerpo, aquel fantasma desde la otra acera mi miraba fijamente. Enmudecí hasta que el taxista dijo mientras me miraba con asombro.

—¿A dónde la llevo?

Sin dejar de mirar al hombre le di la dirección y con el taxi en marcha me sentí más tranquila. Muy amable el conductor del taxi me ayudó colocando la carga en el autobús; yo charlé unos instantes con su conductor para darle las instrucciones de entrega.

Al cruzar la calle, para ir de regreso a mi casa, una sensación extraña arropó todo mi cuerpo, levanté la mirada y casi frente a mí estaba aquel hombre. Como la más valiente le di una mirada desafiante y emprendí el camino, pero él no se daba por vencido, me seguía a cierta distancia.

Entonces comenzaba mi calvario. Cada vez que salía al centro de la ciudad aquella silueta que ahora me daba terror se me aparecía como si conociera mi itinerario. Así trascurrieron unos cuatro años en que su sombra fue mi sombra.

Después de varios acontecimientos, por esas cosas de la vida, me trasladé de domicilio, del sector sur de la capital hacia el este y con ese cambio mis rutas variaban considerablemente. Sentí un gran alivio cuando no volví a ver a aquel hombre que me asustaba por las calles josefinas. Pero solo fue un leve alegrón porque a los pocos meses ya me había localizado. A pesar del trastorno emocional que me provocaba su sola presencia, ya formaba parte de mis sobresaltos cotidianos.

Un día me llamó mi hermana y me dijo que saldría a bailar con sus compañeros de oficina y que querían conocerme, acepté la invitación y fijamos como punto de encuentro la Catedral Metropolitana a las 6 de la tarde. Estuve antes de las 5.30 en la puerta principal de la Catedral cuando de pronto volteé mi mirada hacia el parque y allí estaba aquel hombre mirándome. Entré en pánico y a esa hora dos uniformados policiales hacían la guardia justo en esa cuadra. Entonces sin perder de vista al sujeto me colé entre los dos guardas de seguridad y caminé unas tres rondas con ellos. A la tercera vuelta se detuvieron y uno de ellos me interrogó.

—¿Le sucede algo?

—No señor, no me pasa nada, —dije.

—Señorita, llevamos tres rondas y las ha hecho con nosotros. ¿Segura que no le sucede nada?

—Sí señor, Segura.

—Vamos a ver —dijo entonces, no le importará dejarnos hacer las rondas a solas.

—No puedo, —dije. Me vi obligada a contarles mis angustias.

—Ve a la esquina —dijo el oficial. Espera que se acerque, nosotros llegaremos entonces y lo interrogamos.

Por supuesto me negué, pero ellos me convencieron y finalmente accedí. Una vez allí el hombre me miraba sin moverse de su esquina y yo en la mía no dejaba de mirarlo y de rato en rato también miraba a los policías.

De pronto apareció mi hermana, fui a darle las gracias a los policías, subí al auto y nos fuimos a un rato de esparcimiento.

Aquel hombre por alguna razón decidió dejar de ser mi sombra.

2 de mayo, 2013
 
Última edición:
es un relato, que sin ser de terror es espeluznante, me quedan muchas preguntas, cómo si realmente le seguía físicamente,
o el terror era tanto que lo veía en todas partes.

Vaya! que eso puede paralizar a cualquiera, jejej...
lo que sé es que cuatro años es mucho.

hermoso relato, me alegro que el desenlace sea positivo.

besosss
 
Ligia Calderón Romero;4676744 dijo:
Sombra de mi sombra

No sé por qué siempre me parecieron las ciudades como la parte lúgubre del alma, quizá sea porque huelo sus muros grises que se elevan hacia el cielo como una plegaria mal dicha o porque me aterran las caras desconocidas. Con pocas excepciones, la arquitectura de San José no parece congeniar con la belleza que me proporcionan los campos donde al galope de la brisa pían las aves y bailan los verolises que apuntan hacia el cielo.

Aun así, en plena juventud emigré hacia la capital josefina, con escasos dieciocho años y una mochila de sueños a la espalda llegué en una mañana de agosto a Poás de Aserrí para quedarme un buen tiempo.

En aquel entonces, el autobús tardaba cuarenta minutos para llegar al centro de la ciudad josefina. Todas las tardes, salía a estudiar con el firme propósito de procurarme una mejor vida. Una mujer sin preparación, ya por aquellos días, se miraba en bastantes apuros de una o de otra forma, así que no había más que hacer que prepararse para la vida.

Una tarde, recién llegada a la ciudad, transitaba por la avenida segunda cuando de pronto me abordó un caballero.

—De compras —dijo.

Lo miré y sin pronunciar palabra, dejé de mirar la vitrina y emprendí el camino. Unas cuatro cuadras más allá, cuando creía haberlo dejado atrás, me detuve a mirar en una zapatería, —mi delirio los zapatos y las bufandas— De pronto por el vidrio vi su imagen que pasaba.

Aquel hombre, o llevaba mi ruta o había decidido seguirme. Dejé de lado mi esparcimiento por la ciudad y caminé hasta la estación de autobuses para retornar a casa.

Su imagen no se apartaba de mi mente, aquella silueta de estatura media, delgaducha, de aspecto sombrío, extranjero quizá, hacía subir mi adrenalina entre una mezcla de compasión y miedo.

Tardé casi una semana para volver a zambullirme en las avenidas capitalinas, esta vez cumplía con un encargo de mi madre. Al salir de la tienda le solicité al tendero, que colocara la carga en un taxi que me llevaría hasta la estación de autobuses que iba hasta mi pueblo natal a donde el conductor del bus me haría el favor de llevar la encomienda. Cuando subía al taxi, un escalofrío se apoderó de todo mi cuerpo, aquel “fantasma” desde la otra acera mi miraba fijamente. Enmudecí hasta que el taxista dijo mientras me miraba con asombro.

—¿A dónde la llevo?

Sin dejar de mirar al hombre, le di la dirección y con el taxi en marcha me sentí más tranquila. Muy amable el conductor del taxi me ayudó colocando la carga en el autobús; yo charlé unos instantes con su conductor para darle las instrucciones de entrega.

Al cruzar la calle para ir de regreso a mi casa, una sensación extraña arropó todo mi cuerpo, levanté la mirada y casi frente a mí estaba aquel hombre. Como la más valiente le di una mirada desafiante y emprendí el camino, pero él no se daba por vencido, me seguía a cierta distancia.

Entonces comenzaba mi calvario. Cada vez que salía al centro de la ciudad aquella silueta que ahora me daba terror se me aparecía como si conociera mi itinerario. Así trascurrieron unos cuatro años en que su sombra fue mi sombra.

Después de varios acontecimientos, por esas cosas de la vida, me trasladé de domicilio, del sector sur de la capital hacia el este y con ese cambio mis rutas variaban considerablemente. Sentí un gran alivio cuando no volví a ver aquel hombre que me asustaba por las calles josefinas. Pero solo fue un leve alegrón, porque a los pocos meses ya me había localizado. A pesar del trastorno emocional que me provocaba su sola presencia, ya formaba parte de mis sobresaltos cotidianos.

Un día me llamó mi hermana y me dijo que saldría a bailar con sus compañeros de oficina y que querían conocerme, acepté la invitación y fijamos como punto de encuentro la Catedral Metropolitana a las 6 de la tarde. Estuve antes de las 5.30 en la puerta principal de la Catedral cuando de pronto volteé mi mirada hacia el parque y allí estaba aquel hombre mirándome. Entré en pánico y a esa hora dos uniformados policiales hacían la guardia justo en esa cuadra. Entonces sin perder de vista al sujeto me colé entre los dos guardas de seguridad y caminé unas tres rondas con ellos. A la tercera vuelta se detuvieron y uno de ellos me interrogó.

—¿Le sucede algo?

—No señor, no me pasa nada, —dije.

—Señorita, llevamos tres rondas y las ha hecho con nosotros. ¿Segura que no le sucede nada?

—Sí señor, Segura.

—Vamos a ver —dijo entonces, no le importará dejarnos hacer las rondas a solas.

—No puedo, —dije. Me vi obligada a contarles mis angustias.

—Ve a la esquina —dijo el oficial. Espera que se acerque, nosotros llegaremos entonces y lo interrogamos.

Por supuesto me negué, pero ellos me convencieron y finalmente accedí. Una vez allí el hombre me miraba sin moverse de su esquina y yo en la mía no dejaba de mirarlo y de rato en rato también miraba a los policías.

De pronto apareció mi hermana, fui a darle las gracias a los policías, subí al auto y nos fuimos a un rato de esparcimiento.

Aquel hombre por alguna razón decidió dejar de ser mi sombra.

2 de mayo, 2013
Un relato de suspense que me ha dejado a medias, de lo emocionado que me he puesto, esto se merece una segunda parte Ligia, porque las sombras desaparecen, pero pueden surgir de nuevo, jajaja, un relato muy bueno y bien llevado, donde uno no se pierde ninguna letra,mi enhorabuena por este rato que me has hecho pasar, ha sido un placer leerlo. besos y reputación muy merecida.
 
Excelente relato me mantuvo pegada a la lectura y su trayectoria
pero me quede en ascuas Ligia ....
que paso con el hombre?

perdiste tu sombra??

Saludos amiga. Te dejo aplausos y estrellas
 
WHau! Que sombra tan insistente y que mujer tan valiente ¿no queda la inquietud de saber que buscaba? mm esto vale para una segunda parte mi querida Ligia, me ha encantado leerte pues tu escrito atrapa, aunque lo bueno es que la sombra no atrapó a nadie:) Dejo un abrazo grande y cariños!
 
Un gran relato que me tuvo en suspenso todo el tiempo. Yo pensaba que quiza el hombre podría ser tu padre si tuviera edad para ello y te seguía sin decir nada por temor. Tambien pense que si no era tu padre que quiza terminarías por enamorarte de el. No adivine. 4 años es mucho tiempo. Que horror. Me alegro que todo terminara bien. Me hubiera gustado que el hombre te hubiera dicho porque te seguía. Gracias por compartir.
 
es un relato, que sin ser de terror es espeluznante, me quedan muchas preguntas, cómo si realmente le seguía físicamente,
o el terror era tanto que lo veía en todas partes.

Vaya! que eso puede paralizar a cualquiera, jejej...
lo que sé es que cuatro años es mucho.

hermoso relato, me alegro que el desenlace sea positivo.

besosss

Hola Cenia, bella azulita. Claro que el relato es real y faltan muchos episodios dentro de esos tiempos que relato pero no quise cargarlo demasiado pues se torna largo y aburrido quizá se pierde el interés. En realidad no es ficticio es un hombre real quien se me acercó como relato y su sola presencia me dio escalofrío, un ser extraño, sus vestiduras lúgubres y su aspecto, pero no era un mendigo, sí alguien que quizá no hacía más que caminar por las calles capitalinas, bueno en realidad eso que sentiste al leerlo sentí yo mientras me siguió que fue cada vez que transitaba por la ciudad.

Gracias por dejar tu fina huellita, unmillónnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnn...

Ligia
 
Un relato de suspense que me ha dejado a medias, de lo emocionado que me he puesto, esto se merece una segunda parte Ligia, porque las sombras desaparecen, pero pueden surgir de nuevo, jajaja, un relato muy bueno y bien llevado, donde uno no se pierde ninguna letra,mi enhorabuena por este rato que me has hecho pasar, ha sido un placer leerlo. besos y reputación muy merecida.


Hola Ricardo!

Mi gratitud por tu generoso paso y comentario y todas esas extras que me regalas solo tu presencia ya es un alicientel Gracias.

Te cuento que no creo prudente hacer una segunda parte a menos que quisiera revivir este espisodio que dicho sea de paso no lo quiero jajaja, la pasé muy mal cuando sucedieron los hechos y no quisiera volver a vivir esa zozobra de entonces. Para hacer una segunda parte tendría que inventar la trama y para eso hay que estudiarlo muy bie jeje.
Gracias nuevamente por tu halagador comentrio, un millónnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnn...

Ligia
 
Excelente relato me mantuvo pegada a la lectura y su trayectoria
pero me quede en ascuas Ligia ....
que paso con el hombre?

perdiste tu sombra??

Saludos amiga. Te dejo aplausos y estrellas

Hola bella María!

Bueno en el relato solo faltan los incidentes que se dieron durante esos cuatro años que fue el tiempo en que aproximadamente me siguió el susodicho, pero describirlos uno por uno es redundar y hacer algo aburrida la trama, en cuanto al misterioso hombre, después de ese episodio en la puerta de la Catedral Metropolitana, no volvió a cercaseme y así me liberé de su sombra que ya me llevaba hacia la locura porque no podía abandonar la ciudad era mi única oportunidad de estudiar y trabajar, así que di gracias a Dios por que él se alejó.

gracias por tus gentilezas y por el halagador comentario que me regalas, un millónnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnn...

Ligia
 
WHau! Que sombra tan insistente y que mujer tan valiente ¿no queda la inquietud de saber que buscaba? mm esto vale para una segunda parte mi querida Ligia, me ha encantado leerte pues tu escrito atrapa, aunque lo bueno es que la sombra no atrapó a nadie:) Dejo un abrazo grande y cariños!

Hola Ethel bella!

Qué buscaba nunca lo supe, no le pregunté, con costos me animaba a huir de su presencia, cosa que me fue muy difícil ya que él sabía quizá por mi expresión al tenerlo cerca que el pánico se apoderaba de mí cuando se me acercaba. Solo cuando amparada por dos uniformados me armé de valentía ajena jajaja, entonces quizá supo que ya no le permitiría que me acosara más, en silencio, porque solo le escuché decir ese "de compras" de su primera aparición.

Una segunda parte no creo que pudiera escribir a menos que me invente una historia y para eso debo estudiar muy bien qué podría encajar con estos hechos, la tragedia ni quisiera imaginarla, pues uno de mis temores eran precisamente eso, que me sucediera algo. De haber sido así nadie tendría una idea porque nunca me atreví a contarlo sino un año después en que me trasladé a vivir en un convento y lo comenté con las chicas de la casa.
Gracias por tu halagador comentario, un millónnnnnnnnnnnnnnnnn...

Ligia
 
Última edición:
Un gran relato que me tuvo en suspenso todo el tiempo. Yo pensaba que quiza el hombre podría ser tu padre si tuviera edad para ello y te seguía sin decir nada por temor. Tambien pense que si no era tu padre que quiza terminarías por enamorarte de el. No adivine. 4 años es mucho tiempo. Que horror. Me alegro que todo terminara bien. Me hubiera gustado que el hombre te hubiera dicho porque te seguía. Gracias por compartir.

Hola Lou, como ya ves no era mi padre, él había quedado en el pueblo y ni idea de lo que me sucedía de haberlo sabido me lleva tirada de mis caireles de regreso al pueblo jajaja, y terminar enamorada de él ni pensarlo, me causaba horror su sola presencia. Cuatro años en una situación de estas es una eternidad, cuando termina sientes que ya has vivido siglos. el hombre nunca me dijo que quería porque nunca le di una oportunidad, eso significaba tenerlo frente a mí por un buen rato para recibir una confesión y si no quería hablar? y me raptaba jajaja, era mi temor, bueno mi mente volaba desde niña, era capaz de imaginar cuanta cosa pudiera ocurrirme de aquella situación, así que procuré al menos no darle oportunidad de cercanía.

Gracias por tu gentileza y halagador comentario, un millónnnnnnnnnnnnnnnnnnnnn...

Ligia
 
La sencillez unida al dominio del lenguaje,
hace de este relato una vívida imagen de tus experiencias como presa de acecho, querida Ligia,
por suerte el señor perseguidor desistió al ver que había policías cercanos y finalmente te dejó tranquila;
excelente me ha parecido esta incursión tuya en la prosa y espero más para mañana o pasado a esta misma hora,
jajaja,
un abrazo grande con todo mi cariño,
Eduardo
 
Luis Á. Ruiz Peradejordi;4678012 dijo:
Relato que se empapa de realidad. No hay nada que no pueda ocurrir en cualquier ciudad del mundo, y lo narras con la sencillez de quien domina el idioma y hace fácil contar una historia.
Nos lleva tu narración pendientes de cada párrafo.
Me alegra haber pasado por tu prosa. Saludos. LUIS.

Hola Luis! muy gentil e tu parte, halagador comentario me deja, ciertamente un relato de vida real con los sobresaltos del momento. Apenas pueda pasaré a visitarte, un abrazote en la distancia y me da mucho gusto que hayas pasado y encontrar tu huellita en mi humilde espacio. Un millónnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnn

Ligia
 
La sencillez unida al dominio del lenguaje,
hace de este relato una vívida imagen de tus experiencias como presa de acecho, querida Ligia,
por suerte el señor perseguidor desistió al ver que había policías cercanos y finalmente te dejó tranquila;
excelente me ha parecido esta incursión tuya en la prosa y espero más para mañana o pasado a esta misma hora,
jajaja,
un abrazo grande con todo mi cariño,
Eduardo

Hola mi querido Edú!
gracias por pasar por estas como bien dices sencillas lettras con una historia real la que ya te había comentado en alguna oportunidad y que me mantuvo en vilo muchos años, no imaginas lo que se siente estar en una situación así y bueno finalmente llegó la calma cuando el caballero decidió no volver a seguirme, por lo menos no de cerca donde yo lo pudiese ver.

un abrazote y mi gratitud por tu generoso paso y comentario. Un millónnnnnnnnnnnnnnnnnnnnn...

Ligia
 
Un relato intenso. Estoy deseando de saber como continúa, así que no te demores con la continuación, jajaja.
Me gustó mucho.
Saludos y hasta pronto

Hola JFelipe!

Muy gentil de tu parte, gracias y me alegro que te gustara mi relato que en su momento me causó bastantes angustias. Un fuerte abrazo y mi gratitud por tu generosidad, Un millónnnnnnnnnnnnnnnnn...

Ligia
 
Hola Ligia, me ha gustado mucho tu relato,
pero me hubiera gustado saber qué pàso con esa sombra.
Pero me da la impresión que esa sombra eres tú,
son tus miedos, al estar sola en un granc ciudad,
pero ese día te enfrentaste a ellos y desaparecieron.
Si es así me alegro.
Me he equivocado?
Te dejo reputaciones y un abrazo.
 
Sra LIGIA buenos días,
segunda taza de café y volví sobre su texto.

Real o imaginario su relato
me encantó, misterio, drama y un final
sin resolver.

En el edificio donde laboro,
nos acompaña un alma de un caballero,
ronda los cinco pisos, en las noches,
dispara las luces de sensores en las madrugadas
y muchos escuchan voces,
mueve cosas, cambia de sitio otras
y se deja ver por otras personas
incluyendo personas de mi oficina,
pero creo que esa gentil alma
nos acompaña en bien,
en lo personal no he percibido nada.

Mil gracias y bendiciones en la distancia.
 
Si las ciudades son antinaturales, pero yo nací en una de ellas y la extraño pues no vivo en ella.
Quizá quedó prendado de tu belleza y no le diste oportunidad de conocerte y conocerlo... Bueno uno nunca sabe y ante los extraños que encontramos en la calle es una reacción normal el miedo. Me ha parecido bastante entretenido tu relato y bastante diferente a lo que antes te había leído. Muy bien llevado que te mantiene desde el principio en suspenso deseando conocer el desenlace. Por qué la indicación de las 903 palabras. Mi saludo afectuoso
 
Hola Elena!

Bueno esa sombra fue real, con ello me refiero a un hombre que decidió seguirme por la capital josefina y yo muy joven apenas llegando a la capital me sentí aterrorizada por muchos años hasta que él desapareció de mi vida y dejó de ser sombra de mi sombra. Lamento no haber sido clara en el relato, gracias por tu gentileza por esa reputación que me distey por tu gentil visita, un millónnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnn...

Ligia
 
Ligia Calderón Romero;4676744 dijo:
Sombra de mi sombra

No sé por qué siempre me parecieron las ciudades como la parte lúgubre del alma, quizá sea porque huelo sus muros grises que se elevan hacia el cielo como una plegaria mal dicha o porque me aterran las caras desconocidas. Con pocas excepciones, la arquitectura de San José no parece congeniar con la belleza que me proporcionan los campos donde al galope de la brisa pían las aves y bailan los verolises que apuntan hacia el cielo.

Aun así, en plena juventud emigré hacia la capital josefina, con escasos dieciocho años y una mochila de sueños a la espalda llegué en una mañana de agosto a Poás de Aserrí para quedarme un buen tiempo.

En aquel entonces, el autobús tardaba cuarenta minutos para llegar al centro de la ciudad josefina. Todas las tardes, salía a estudiar con el firme propósito de procurarme una mejor vida. Una mujer sin preparación, ya por aquellos días, se miraba en bastantes apuros de una o de otra forma, así que no había más que hacer que prepararse para la vida.

Una tarde, recién llegada a la ciudad, transitaba por la avenida segunda cuando de pronto me abordó un caballero.

—De compras —dijo.

Lo miré y sin pronunciar palabra, dejé de mirar la vitrina y emprendí el camino. Unas cuatro cuadras más allá, cuando creía haberlo dejado atrás, me detuve a mirar en una zapatería, —mi delirio los zapatos y las bufandas— De pronto por el vidrio vi su imagen que pasaba.

Aquel hombre, o llevaba mi ruta o había decidido seguirme. Dejé de lado mi esparcimiento por la ciudad y caminé hasta la estación de autobuses para retornar a casa.

Su imagen no se apartaba de mi mente, aquella silueta de estatura media, delgaducha, de aspecto sombrío, extranjero quizá, hacía subir mi adrenalina entre una mezcla de compasión y miedo.

Tardé casi una semana para volver a zambullirme en las avenidas capitalinas, esta vez cumplía con un encargo de mi madre. Al salir de la tienda le solicité al tendero, que colocara la carga en un taxi que me llevaría hasta la estación de autobuses que iba hasta mi pueblo natal a donde el conductor del bus me haría el favor de llevar la encomienda. Cuando subía al taxi, un escalofrío se apoderó de todo mi cuerpo, aquel “fantasma” desde la otra acera mi miraba fijamente. Enmudecí hasta que el taxista dijo mientras me miraba con asombro.

—¿A dónde la llevo?

Sin dejar de mirar al hombre, le di la dirección y con el taxi en marcha me sentí más tranquila. Muy amable el conductor del taxi me ayudó colocando la carga en el autobús; yo charlé unos instantes con su conductor para darle las instrucciones de entrega.

Al cruzar la calle para ir de regreso a mi casa, una sensación extraña arropó todo mi cuerpo, levanté la mirada y casi frente a mí estaba aquel hombre. Como la más valiente le di una mirada desafiante y emprendí el camino, pero él no se daba por vencido, me seguía a cierta distancia.

Entonces comenzaba mi calvario. Cada vez que salía al centro de la ciudad aquella silueta que ahora me daba terror se me aparecía como si conociera mi itinerario. Así trascurrieron unos cuatro años en que su sombra fue mi sombra.

Después de varios acontecimientos, por esas cosas de la vida, me trasladé de domicilio, del sector sur de la capital hacia el este y con ese cambio mis rutas variaban considerablemente. Sentí un gran alivio cuando no volví a ver aquel hombre que me asustaba por las calles josefinas. Pero solo fue un leve alegrón, porque a los pocos meses ya me había localizado. A pesar del trastorno emocional que me provocaba su sola presencia, ya formaba parte de mis sobresaltos cotidianos.

Un día me llamó mi hermana y me dijo que saldría a bailar con sus compañeros de oficina y que querían conocerme, acepté la invitación y fijamos como punto de encuentro la Catedral Metropolitana a las 6 de la tarde. Estuve antes de las 5.30 en la puerta principal de la Catedral cuando de pronto volteé mi mirada hacia el parque y allí estaba aquel hombre mirándome. Entré en pánico y a esa hora dos uniformados policiales hacían la guardia justo en esa cuadra. Entonces sin perder de vista al sujeto me colé entre los dos guardas de seguridad y caminé unas tres rondas con ellos. A la tercera vuelta se detuvieron y uno de ellos me interrogó.

—¿Le sucede algo?

—No señor, no me pasa nada, —dije.

—Señorita, llevamos tres rondas y las ha hecho con nosotros. ¿Segura que no le sucede nada?

—Sí señor, Segura.

—Vamos a ver —dijo entonces, no le importará dejarnos hacer las rondas a solas.

—No puedo, —dije. Me vi obligada a contarles mis angustias.

—Ve a la esquina —dijo el oficial. Espera que se acerque, nosotros llegaremos entonces y lo interrogamos.

Por supuesto me negué, pero ellos me convencieron y finalmente accedí. Una vez allí el hombre me miraba sin moverse de su esquina y yo en la mía no dejaba de mirarlo y de rato en rato también miraba a los policías.

De pronto apareció mi hermana, fui a darle las gracias a los policías, subí al auto y nos fuimos a un rato de esparcimiento.

Aquel hombre por alguna razón decidió dejar de ser mi sombra.

2 de mayo, 2013
a veces creo que estamos a cuestas de estas persecuciones, que a cien y a cierta no sabemos que quieren, saludos
 
Estoy de acuerdo con la señora Ethel, este relato merece una segunda parte que, aunque ficticia, termine la historia como su imaginación mejor pueda. Un placer haber paseado entre sus letras y entre usted y esa sombra misteriosa. Se la saluda afectuosamente y se le da la razón en cuanto a las ciudades. Prefiero la naturaleza o los pueblos pequeños o medianos, o aldeas incluso, antes que cemento y vidrios alzados al cielo con prisas.
 
Un relato amiga
que nos habla y se adentra en los terrores
profundos del alma
para hablarnos de esa sombra que es una parte de nosotros mismos.
Un beso, me ha gustado mucho.
Te dejo reputación.
 
Ayyy Ligia, en el transcurso de la lectura he sentido tus miedos, he vivido en mi piel todo ese temor que engendra un desconocido que te persigue como si de tu sombra se tratase. Yo personalmente he vivido una situación parecida, pero lo comuniqué de inmediato a mi familia y estuve un tiempo que no iba sola a ninguna parte, pero más vale ser precavida y evitar situaciones dificiles que se puedan dar. Tu relato me ha secuestrado de principio a final, está lleno de intriga, de descripciones psicológicas y de una narrativa excelente. Me ha encantadooo y he gozado enormemente. Besazos mi querida amiga, estrellas a porrillo y repu si me deja esta maquinilla carajera jajaja.

Ligia Calderón Romero;4676744 dijo:
Sombra de mi sombra

No sé por qué siempre me parecieron las ciudades como la parte lúgubre del alma, quizá sea porque huelo sus muros grises que se elevan hacia el cielo como una plegaria mal dicha o porque me aterran las caras desconocidas. Con pocas excepciones, la arquitectura de San José no parece congeniar con la belleza que me proporcionan los campos donde al galope de la brisa pían las aves y bailan los verolises que apuntan hacia el cielo.

Aun así, en plena juventud emigré hacia la capital josefina, con escasos dieciocho años y una mochila de sueños a la espalda llegué en una mañana de agosto a Poás de Aserrí para quedarme un buen tiempo.

En aquel entonces, el autobús tardaba cuarenta minutos para llegar al centro de la ciudad josefina. Todas las tardes, salía a estudiar con el firme propósito de procurarme una mejor vida. Una mujer sin preparación, ya por aquellos días, se miraba en bastantes apuros de una o de otra forma, así que no había más que hacer que prepararse para la vida.

Una tarde, recién llegada a la ciudad, transitaba por la avenida segunda cuando de pronto me abordó un caballero.

—De compras —dijo.

Lo miré y sin pronunciar palabra, dejé de mirar la vitrina y emprendí el camino. Unas cuatro cuadras más allá, cuando creía haberlo dejado atrás, me detuve a mirar en una zapatería, —mi delirio los zapatos y las bufandas— De pronto por el vidrio vi su imagen que pasaba.

Aquel hombre, o llevaba mi ruta o había decidido seguirme. Dejé de lado mi esparcimiento por la ciudad y caminé hasta la estación de autobuses para retornar a casa.

Su imagen no se apartaba de mi mente, aquella silueta de estatura media, delgaducha, de aspecto sombrío, extranjero quizá, hacía subir mi adrenalina entre una mezcla de compasión y miedo.

Tardé casi una semana para volver a zambullirme en las avenidas capitalinas, esta vez cumplía con un encargo de mi madre. Al salir de la tienda le solicité al tendero, que colocara la carga en un taxi que me llevaría hasta la estación de autobuses que iba hasta mi pueblo natal a donde el conductor del bus me haría el favor de llevar la encomienda. Cuando subía al taxi, un escalofrío se apoderó de todo mi cuerpo, aquel “fantasma” desde la otra acera mi miraba fijamente. Enmudecí hasta que el taxista dijo mientras me miraba con asombro.

—¿A dónde la llevo?

Sin dejar de mirar al hombre, le di la dirección y con el taxi en marcha me sentí más tranquila. Muy amable el conductor del taxi me ayudó colocando la carga en el autobús; yo charlé unos instantes con su conductor para darle las instrucciones de entrega.

Al cruzar la calle para ir de regreso a mi casa, una sensación extraña arropó todo mi cuerpo, levanté la mirada y casi frente a mí estaba aquel hombre. Como la más valiente le di una mirada desafiante y emprendí el camino, pero él no se daba por vencido, me seguía a cierta distancia.

Entonces comenzaba mi calvario. Cada vez que salía al centro de la ciudad aquella silueta que ahora me daba terror se me aparecía como si conociera mi itinerario. Así trascurrieron unos cuatro años en que su sombra fue mi sombra.

Después de varios acontecimientos, por esas cosas de la vida, me trasladé de domicilio, del sector sur de la capital hacia el este y con ese cambio mis rutas variaban considerablemente. Sentí un gran alivio cuando no volví a ver aquel hombre que me asustaba por las calles josefinas. Pero solo fue un leve alegrón, porque a los pocos meses ya me había localizado. A pesar del trastorno emocional que me provocaba su sola presencia, ya formaba parte de mis sobresaltos cotidianos.

Un día me llamó mi hermana y me dijo que saldría a bailar con sus compañeros de oficina y que querían conocerme, acepté la invitación y fijamos como punto de encuentro la Catedral Metropolitana a las 6 de la tarde. Estuve antes de las 5.30 en la puerta principal de la Catedral cuando de pronto volteé mi mirada hacia el parque y allí estaba aquel hombre mirándome. Entré en pánico y a esa hora dos uniformados policiales hacían la guardia justo en esa cuadra. Entonces sin perder de vista al sujeto me colé entre los dos guardas de seguridad y caminé unas tres rondas con ellos. A la tercera vuelta se detuvieron y uno de ellos me interrogó.

—¿Le sucede algo?

—No señor, no me pasa nada, —dije.

—Señorita, llevamos tres rondas y las ha hecho con nosotros. ¿Segura que no le sucede nada?

—Sí señor, Segura.

—Vamos a ver —dijo entonces, no le importará dejarnos hacer las rondas a solas.

—No puedo, —dije. Me vi obligada a contarles mis angustias.

—Ve a la esquina —dijo el oficial. Espera que se acerque, nosotros llegaremos entonces y lo interrogamos.

Por supuesto me negué, pero ellos me convencieron y finalmente accedí. Una vez allí el hombre me miraba sin moverse de su esquina y yo en la mía no dejaba de mirarlo y de rato en rato también miraba a los policías.

De pronto apareció mi hermana, fui a darle las gracias a los policías, subí al auto y nos fuimos a un rato de esparcimiento.

Aquel hombre por alguna razón decidió dejar de ser mi sombra.

2 de mayo, 2013
 
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