Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
A las tierras que lindan con el monte, se va por el camino de las Barreras. La tarde está hermosa y apacible. El sol lleva brillando en un cielo azul e inmenso todo el día y ya se agradece el calor de sus rayos.
Nada más pasar la última casa del pueblo, se levantan a la derecha del camino unas cárcavas arenosas que se abren en mil surcos caprichosos y esconden oquedades por las que pululan urracas y palomas. Una palmada, una voz, un silbido, las hace levantarse unos metros del suelo, siempre vigilantes, entre un revuelo de polvo y plumas.
Un puente tosco de troncos de roble, retama y tierra apisonada, remendado en una esquina por un trillo desdentado, se tiende sobre el arroyo cangrejero. Casi viene seco; ha llovido poco este invierno. Unos juncos secos y rotos, permanecen como testigos mudos de otras estaciones en las que el agua era más que un deseo. Algunos charcos en el cauce, que se ocultan a los rayos del sol, tienen todavía una delgada capa de hielo, abrazando a las piedras.
Al alcance de la mano, el monte, robledal, sufre la invasión de tractores, remolques, hombres y motosierras que van a labrar calveros en los lugares que el guarda indica. En algún momento, una liebre preñada sale corriendo de la linde del bosque a las tierras, perseguida por un perro viejo y achacoso, despistado y tonto, a quien la liebre ha asustado en su carrera.
Se inclina el sol de la tarde y con paso cansino, vuelvo por las Barreras. Un prado está cercado de olmos: -Están enfermos de grafiosis- me ha comentado alguno. Y tienden los troncos secos hacia el cielo, no sé si en oración o protesta. No quedará la primavera, prendida este año de sus ramas.
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