Orfelunio
Poeta veterano en el portal
Sucedió hace muuucho tiempo
en mi adolescencia...
Conversaciones mudas
en un tranvía...
Pienso que el trato pudo arreglarse
mejor para ambas partes..
No, no, si yo creo que debiera ser
tan agradable como cuando conoces
a la mujer del vecino,
que está despampanante,
y el vecino murió hace tiempo.
De todas formas la solución
dejó unos ánimos bastante
comprometidos, pero el caso
llevado al extremo de la deficiencia
en cuanto a la docencia
se debe resolver vía colectiva
con la necesidad de la parte,
escolarizada, y con el beneplácito
del contribuyente.
A ver, la señora era viuda,
¿y qué?, si yo no lo sabía;
además, el hecho fue fortuito,
que yo creyendo estar poniendo cuernos,
y ella tan alegre y despreocupada
decía que el toro es un mito.
No te acostarás sin escuchar al bicho,
que el necio pronto se acostó
y sigue dormido en el nicho,
y tarde se acostó el sabio
aprendiendo a salir por el dicho.
Y cada uno hablaba, y hablaba,
-a cada otro, tabarra, tabarra-,
que hablando la misma lengua,
lo que les daba la gana.
Y yo, aquel mozo pequeño,
escuchaba sin entender,
las palabras sofisticadas
que dos profesores platican
y no tienen nada que ver;
o puede que mi inexperiencia
dedujo que eran todo cabras,
y el monte era un tranvía
que no tuve que coger.
en mi adolescencia...
Conversaciones mudas
en un tranvía...
Pienso que el trato pudo arreglarse
mejor para ambas partes..
No, no, si yo creo que debiera ser
tan agradable como cuando conoces
a la mujer del vecino,
que está despampanante,
y el vecino murió hace tiempo.
De todas formas la solución
dejó unos ánimos bastante
comprometidos, pero el caso
llevado al extremo de la deficiencia
en cuanto a la docencia
se debe resolver vía colectiva
con la necesidad de la parte,
escolarizada, y con el beneplácito
del contribuyente.
A ver, la señora era viuda,
¿y qué?, si yo no lo sabía;
además, el hecho fue fortuito,
que yo creyendo estar poniendo cuernos,
y ella tan alegre y despreocupada
decía que el toro es un mito.
No te acostarás sin escuchar al bicho,
que el necio pronto se acostó
y sigue dormido en el nicho,
y tarde se acostó el sabio
aprendiendo a salir por el dicho.
Y cada uno hablaba, y hablaba,
-a cada otro, tabarra, tabarra-,
que hablando la misma lengua,
lo que les daba la gana.
Y yo, aquel mozo pequeño,
escuchaba sin entender,
las palabras sofisticadas
que dos profesores platican
y no tienen nada que ver;
o puede que mi inexperiencia
dedujo que eran todo cabras,
y el monte era un tranvía
que no tuve que coger.
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