Heme aquí, de nuevo, con el
silencio solitario y la
intemperie azotando mi rostro.
Una vez más,
una noche más,
un día más.
Los vecinos observan cómo
desvanezco las claridades
dentro de mis oscuridades
diabólicas y catalíticas.
Destrozo los ciclos en mis
edades que han quedado
en el presente y que arrojo
hacia el futuro,
escuchando a Chopin,
leyendo libros vacíos
y sin esencia.
Bebiendo tragos fuertes
de tequila y soledad.
Fumando cigarros a montones
sobre montones de ideas
y actos que quedan en nada
y en nada seguirán.
Heme aquí, con mi coraje y mi
frustración dándome azotes
sin tregua ni piedad,
carcajeándose de todo y de todos,
riéndose en mi cara y del
futuro,
callando cuando necesito la
voz amedrentadora del
fugaz axioma del sí o el no definitivo.
Veo mis manos, mis
palabras que se escriben solas
sin merced a la reflexión ni
a la duda, ya no hay dudas,
ya no hay fallos recalcitrantes
ni aciertos merecedores de mi
calma ni mi elogio.
No hay mucho que salvar ni mucho
que dejar morir.
¿Qué se puede hacer en un panteón
aparte de andar y ver
lápidas destruidas y
abandonadas?
Así es esta vida aunque
siempre se diga lo contrario;
una lápida vieja y carcomida por
el tiempo,
por mis miedos combinados con los
tuyos y el horror
de verse abandonado como
esos cadáveres que miran hacia el
cielo tapados por una losa
de piedra y llantos
secos y olvidados.
Heme aquí escribiendo una vez más
sin saber bien para qué.
¿Para los muertos que nunca más
hablarán, o para las aves
que vuelan hacia el sur en busca del sol
y mares más profundos
de los que llenan cada día un poco
más nuestra terrible
vacuidad, nuestra
temible soledad y nuestra
cordura que pronto veremos
desaparecer?
Los vivos no lo saben,
los muertos han callado para siempre
y el tequila circula silencioso
por mis venas y mis
angustias sin una respuesta
que calme mi interior.
Así que sigo escribiendo y
las hojas se vuelven infinitas
sobre la finita razón de mi existir
haciéndome un poco más
infeliz, un poco más
escéptico y un
nihilista sin solución.
silencio solitario y la
intemperie azotando mi rostro.
Una vez más,
una noche más,
un día más.
Los vecinos observan cómo
desvanezco las claridades
dentro de mis oscuridades
diabólicas y catalíticas.
Destrozo los ciclos en mis
edades que han quedado
en el presente y que arrojo
hacia el futuro,
escuchando a Chopin,
leyendo libros vacíos
y sin esencia.
Bebiendo tragos fuertes
de tequila y soledad.
Fumando cigarros a montones
sobre montones de ideas
y actos que quedan en nada
y en nada seguirán.
Heme aquí, con mi coraje y mi
frustración dándome azotes
sin tregua ni piedad,
carcajeándose de todo y de todos,
riéndose en mi cara y del
futuro,
callando cuando necesito la
voz amedrentadora del
fugaz axioma del sí o el no definitivo.
Veo mis manos, mis
palabras que se escriben solas
sin merced a la reflexión ni
a la duda, ya no hay dudas,
ya no hay fallos recalcitrantes
ni aciertos merecedores de mi
calma ni mi elogio.
No hay mucho que salvar ni mucho
que dejar morir.
¿Qué se puede hacer en un panteón
aparte de andar y ver
lápidas destruidas y
abandonadas?
Así es esta vida aunque
siempre se diga lo contrario;
una lápida vieja y carcomida por
el tiempo,
por mis miedos combinados con los
tuyos y el horror
de verse abandonado como
esos cadáveres que miran hacia el
cielo tapados por una losa
de piedra y llantos
secos y olvidados.
Heme aquí escribiendo una vez más
sin saber bien para qué.
¿Para los muertos que nunca más
hablarán, o para las aves
que vuelan hacia el sur en busca del sol
y mares más profundos
de los que llenan cada día un poco
más nuestra terrible
vacuidad, nuestra
temible soledad y nuestra
cordura que pronto veremos
desaparecer?
Los vivos no lo saben,
los muertos han callado para siempre
y el tequila circula silencioso
por mis venas y mis
angustias sin una respuesta
que calme mi interior.
Así que sigo escribiendo y
las hojas se vuelven infinitas
sobre la finita razón de mi existir
haciéndome un poco más
infeliz, un poco más
escéptico y un
nihilista sin solución.