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Habitaba yo una pensión en la calle Cervantes. El calor tropical de aquel verano me obligaba a tener la ventana abierta durante todo el día; frente a ella una mesa rectangular me servía de escritorio. La ventana daba a una calle estrecha, antigua, empedrada con adoquines. Aquella mañana un coche paró frente a la ventana; era un auto negro, antiguo, achatado, de chapa dura y brillante. De su interior bajó un hombre vestido de blanco; sus zapatos sonaban en el pavimento de la calle con un sonido acompasado, fino. Lo perdí de vista al desaparecer de mi ángulo de visión. Poco después llamaron a la puerta. Abrí y ante mí apareció aquel hombre vestido de blanco. Era alto y de ademanes finos; su cara era alargada, como todo el cuerpo; sus ojos azules y penetrantes y sus getos serenos, propios de un hombre seguro de sí mismo.
-El señor Julio Maldonado desea verle- dijo-, y dándose cuenta de mi perplejidad, agregó: le ruega que haga el honor de acompañarme a su casa, allí se lo explicará todo.
Bajamos las escaleras y montamos en el coche. Conocía a Julio Maldonado desde nuestra estancia en la universidad. Fuimos buenos amigos en aquella fecha, pero después nuestros caminos se separaron; yo no había terminado la carrera y él había abandonado también los estudios al casarse y ponerse a trabajar como escribiente en la oficina de su padre. Atravesamos toda la ciudad para llegar a una calle populosa y enloquecida por el tráfico; aparcamos y entramos en el número cuarente y dos. En la entrada pude leer en una placa dorada: Julio Maldonado, médico naturista. Subiendo una escalera de mármol llegamos a la casa; era enorme, con muchas piezas dispuestas a ambos lados de un extenso y largo pasillo; en una de ellas me esperaba Julio.
-Déjenos solos- le ordenó al mensajero.
Nos quedamos los dos solos en la habitación. Me esperaba sentado en un sillón de cuero, con un libro entre las manos y las gafas señalando la página en que había abandonado la lectura. Me senté a su lado en otro sillón idéntico al suyo.
-Supongo que le habrá extrañado mi sorprendente llamada- dijo.
-Sí, un poco- contesté.
-Le he llamado-dijo- porque lo que tengo que contarle es tan extraño que tan solo un espíritu como el suyo sería capaz de comprenderlo.
Noté que me trataba como a un desconocido, sin duda un poco indeciso, ya que si bien habíamos sido buenos amigos en otros tiempos, hacía aproximadamente veinticinco años que no nos veíamos.
-Podemos tutearnos, después de todo, la amistad nunca se pierde del todo- dije.
-Bien- contestó, y esbozó una especie de sonrisa amarga y triste.
-Veo que has prosperado desde nuestro último encuentro- le dije.
-Sí, tú, en cambio, creo que vives en la miseria- contestó.
-Es cierto, pero dedico mis días a algo que me hace feliz- dije.
Después de un pequeño silencio, continuó hablando: te contaré toda la historia tal y como la recuerdo, algunos sucesos se me han borrado, y otros, aunque los recuerdo perfectamente, no puedo asegurar que sean ciertos, pues he llegado a tal punto de confusión, que mezclo lo real con lo ficticio, los sucesos que realmente me han sucedido con los que he soñado. Me casé, y esto me obligó a dejar los estudios para ponerme a trabajar en la oficina de mi padre. Al principio, todo marchó bien, de todas partes nos llovían los trabajos; gracias a eso pude comprar esta casa. Depués, al morir el viejo, los trabajos que nos encomendaban se hicieron cada vez menos copiosos, hasta tal punto, que llegó el momento en que tan solo hubo trabajo para uno de nosotros, y éramos tres hermanos. Así que con el poco dinero que me quedaba después de la compra de la casa, decidí continuar mis estudios de botánica. Me dediqué a ello con todas mis energías, procurando gastar tan solo lo indispensable, pues mi mujer esperaba para entonces a nuestro primer hijo. A pesar de todos mis esfuerzos vivíamos casi en la miseria. Mi mujer y el niño murieron en el parto. Para poder subsistir, ya que el dinero se me estaba acabando, me anuncié en un periódico de gran tirada como médico naturista, gracias a mis conocimientos de botánica. Todos los días tenía algunos paciente cuyas enfermadedes no eran demasiado difíciles de tratar: alguna afección nerviosa, asma o dolores en las articulaciones que yo mejoraba recetándoles algunos preparados a base de hierbas. Después de la muerte de mi mujer y del niño, pasé bastante tiempo sin poder conciliar el sueño; me miraba al espejo y veía una cara demacrada, unos ojos hundidos y unos párpados hinchados. Todos mis miembros temblaban por el agotamiento. Una noche tomé una infusión de belladona. Enseguida me venció el sueño. Aquella noche soñé lo siguiente: vi un espejo enorme, cuadrado, de unos diez metros; lo atravesé como quien atraviesa una puerta abierta. Ignoro si soñé algo más, de todas formas, eso es lo único que recuerdo.Desde aquella noche, un hombre que tiene mis mismos rasgos, que no me atrevo a decir que soy yo porque apareceria ante ti como un loco, me visita bastante a nenudo.Sé que no es algo irreal, lo veo, he tocado su cuerpo y hasta hablo con él.
-Al principio esta especie de juego me pareció entretenido, pero ha terminado por aterrorizarme. Busco en mi mente una explicación lógica, pero no la hay, o al memos yo no sé encontrarla. Por eso le he llamado- dijo .
El asunto había terminado por interesarme.
-Hay algo que me gustaría saber-dije.
-Pregunta lo que quieras- contestó él.
-¿De qué hablais cuando ese hombre te visita?- pregunté.
-Hablamos mucho de nuestros sueños, él sueña muchas veces con espadas y yo sueño últimamente con torres que se derrumban; nos contamos nuestros sueños y después intentamos interpretarlos, o bien hacemos muecas ante este espejo-, y señaló uno cuyo marco era dorado,-o bailamos enloquecidamente, y otras veces nos emborrachamos hasta caer rendidos al suelo y nos dormimos; cuando despierto, siempre ha desaparecido- contestó.
-¿Has probado a decirle que se vaya?- pregunté.
-Más de una vez he pensado en esa posibilidad, pero siempre la he desecahado, pues pienso que no sería muy correcto de mi parte tratar así alguien que me ofrece su compañía sin pedirme nada a cambio- contestó.
Julio esperaba mis palabras, pero yo no sabía qué decirle.
-No creo que sea un sujeto peligroso. Además, viendo tu aspecto se diría que su compañía te hace feliz- mentí.
-Es verdad que antes me sentía agusto con él, pero ha terminado por preocuparme su compañía al no conocer nada de él- contestó.
Un reloj de péndulo dio en alguna de las habitaciones la una de la tarde.
-Bajemos a tomar unas cervezas, te hará bien- lo invité.
-Pero ¿y si viene y se marcha al no encontrarme aquí?- preguntó un poco preocupado.
-Pues ya vendrá otro día- le contesté cogiéndolo por el brazo derecho para obligarlo a salir.
Desde aquel día nuestros encuentros han sido cada vez más frecuentes. Yo le ayudo a recolectar hierbas y él me acompaña al teatro, al cine o a las librerías en busca de algún libro o revista.
Otra mañana lo vi descender del coche negro y acercarse con paso firme y resuelto al portal donde estaba situada la pensión en la que yo vivía. Cuando terminó de subir las escaleras, yo le esperaba con la puerta abierta.
-Tengo una noticia que darte-dijo.
-Te escucho- contesté.
-Al principio no me di cuenta-habló-, pero el sujeto que me visitaba poco a poco se ha ido marchitando, terminando por reprocharme mis continuas salidas. Su cara, hasta entonces lozana había terminado por parecer un cadáver y su cuerpo se había vuelto lánguido. Últimamente sus visitas eran cada vez menos frecuentes. Hoy hace tres días que no me visita, y lo máximo que hasta ahora había estado sin hacerlo era un día.
-Ahora lo comprendo-dije-, ha estado a tu lado mientras lo has necesitado, te has alimentado de él y él se ha alimentado de ti; cuando no le has hecho caso, ha languidecido poco a poco, y con toda seguridad haya muerto allí en sus regiones de origen.
Eladio Parreño Elías
25-Marzo-1989
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Habitaba yo una pensión en la calle Cervantes. El calor tropical de aquel verano me obligaba a tener la ventana abierta durante todo el día; frente a ella una mesa rectangular me servía de escritorio. La ventana daba a una calle estrecha, antigua, empedrada con adoquines. Aquella mañana un coche paró frente a la ventana; era un auto negro, antiguo, achatado, de chapa dura y brillante. De su interior bajó un hombre vestido de blanco; sus zapatos sonaban en el pavimento de la calle con un sonido acompasado, fino. Lo perdí de vista al desaparecer de mi ángulo de visión. Poco después llamaron a la puerta. Abrí y ante mí apareció aquel hombre vestido de blanco. Era alto y de ademanes finos; su cara era alargada, como todo el cuerpo; sus ojos azules y penetrantes y sus getos serenos, propios de un hombre seguro de sí mismo.
-El señor Julio Maldonado desea verle- dijo-, y dándose cuenta de mi perplejidad, agregó: le ruega que haga el honor de acompañarme a su casa, allí se lo explicará todo.
Bajamos las escaleras y montamos en el coche. Conocía a Julio Maldonado desde nuestra estancia en la universidad. Fuimos buenos amigos en aquella fecha, pero después nuestros caminos se separaron; yo no había terminado la carrera y él había abandonado también los estudios al casarse y ponerse a trabajar como escribiente en la oficina de su padre. Atravesamos toda la ciudad para llegar a una calle populosa y enloquecida por el tráfico; aparcamos y entramos en el número cuarente y dos. En la entrada pude leer en una placa dorada: Julio Maldonado, médico naturista. Subiendo una escalera de mármol llegamos a la casa; era enorme, con muchas piezas dispuestas a ambos lados de un extenso y largo pasillo; en una de ellas me esperaba Julio.
-Déjenos solos- le ordenó al mensajero.
Nos quedamos los dos solos en la habitación. Me esperaba sentado en un sillón de cuero, con un libro entre las manos y las gafas señalando la página en que había abandonado la lectura. Me senté a su lado en otro sillón idéntico al suyo.
-Supongo que le habrá extrañado mi sorprendente llamada- dijo.
-Sí, un poco- contesté.
-Le he llamado-dijo- porque lo que tengo que contarle es tan extraño que tan solo un espíritu como el suyo sería capaz de comprenderlo.
Noté que me trataba como a un desconocido, sin duda un poco indeciso, ya que si bien habíamos sido buenos amigos en otros tiempos, hacía aproximadamente veinticinco años que no nos veíamos.
-Podemos tutearnos, después de todo, la amistad nunca se pierde del todo- dije.
-Bien- contestó, y esbozó una especie de sonrisa amarga y triste.
-Veo que has prosperado desde nuestro último encuentro- le dije.
-Sí, tú, en cambio, creo que vives en la miseria- contestó.
-Es cierto, pero dedico mis días a algo que me hace feliz- dije.
Después de un pequeño silencio, continuó hablando: te contaré toda la historia tal y como la recuerdo, algunos sucesos se me han borrado, y otros, aunque los recuerdo perfectamente, no puedo asegurar que sean ciertos, pues he llegado a tal punto de confusión, que mezclo lo real con lo ficticio, los sucesos que realmente me han sucedido con los que he soñado. Me casé, y esto me obligó a dejar los estudios para ponerme a trabajar en la oficina de mi padre. Al principio, todo marchó bien, de todas partes nos llovían los trabajos; gracias a eso pude comprar esta casa. Depués, al morir el viejo, los trabajos que nos encomendaban se hicieron cada vez menos copiosos, hasta tal punto, que llegó el momento en que tan solo hubo trabajo para uno de nosotros, y éramos tres hermanos. Así que con el poco dinero que me quedaba después de la compra de la casa, decidí continuar mis estudios de botánica. Me dediqué a ello con todas mis energías, procurando gastar tan solo lo indispensable, pues mi mujer esperaba para entonces a nuestro primer hijo. A pesar de todos mis esfuerzos vivíamos casi en la miseria. Mi mujer y el niño murieron en el parto. Para poder subsistir, ya que el dinero se me estaba acabando, me anuncié en un periódico de gran tirada como médico naturista, gracias a mis conocimientos de botánica. Todos los días tenía algunos paciente cuyas enfermadedes no eran demasiado difíciles de tratar: alguna afección nerviosa, asma o dolores en las articulaciones que yo mejoraba recetándoles algunos preparados a base de hierbas. Después de la muerte de mi mujer y del niño, pasé bastante tiempo sin poder conciliar el sueño; me miraba al espejo y veía una cara demacrada, unos ojos hundidos y unos párpados hinchados. Todos mis miembros temblaban por el agotamiento. Una noche tomé una infusión de belladona. Enseguida me venció el sueño. Aquella noche soñé lo siguiente: vi un espejo enorme, cuadrado, de unos diez metros; lo atravesé como quien atraviesa una puerta abierta. Ignoro si soñé algo más, de todas formas, eso es lo único que recuerdo.Desde aquella noche, un hombre que tiene mis mismos rasgos, que no me atrevo a decir que soy yo porque aparecería ante ti como un loco, me visita bastante a menudo.Sé que no es algo irreal, lo veo, he tocado su cuerpo y hasta hablo con él.
-Al principio esta especie de juego me pareció entretenido, pero ha terminado por aterrorizarme. Busco en mi mente una explicación lógica, pero no la hay, o al memos yo no sé encontrarla. Por eso le he llamado- dijo .
El asunto había terminado por interesarme.
-Hay algo que me gustaría saber-dije.
-Pregunta lo que quieras- contestó él.
-¿De qué hablais cuando ese hombre te visita?- pregunté.
-Hablamos mucho de nuestros sueños, él sueña muchas veces con espadas y yo sueño últimamente con torres que se derrumban; nos contamos nuestros sueños y después intentamos interpretarlos, o bien hacemos muecas ante este espejo-, y señaló uno cuyo marco era dorado,-o bailamos enloquecidamente, y otras veces nos emborrachamos hasta caer rendidos al suelo y nos dormimos; cuando despierto, siempre ha desaparecido- contestó.
-¿Has probado a decirle que se vaya?- pregunté.
-Más de una vez he pensado en esa posibilidad, pero siempre la he desecahado, pues pienso que no sería muy correcto de mi parte tratar así alguien que me ofrece su compañía sin pedirme nada a cambio- contestó.
Julio esperaba mis palabras, pero yo no sabía qué decirle.
-No creo que sea un sujeto peligroso. Además, viendo tu aspecto se diría que su compañía te hace feliz- mentí.
-Es verdad que antes me sentía agusto con él, pero ha terminado por preocuparme su compañía al no conocer nada de él- contestó.
Un reloj de péndulo dio en alguna de las habitaciones la una de la tarde.
-Bajemos a tomar unas cervezas, te hará bien- lo invité.
-Pero ¿y si viene y se marcha al no encontrarme aquí?- preguntó un poco preocupado.
-Pues ya vendrá otro día- le contesté cogiéndolo por el brazo derecho para obligarlo a salir.
Desde aquel día nuestros encuentros han sido cada vez más frecuentes. Yo le ayudo a recolectar hierbas y él me acompaña al teatro, al cine o a las librerías en busca de algún libro o revista.
Otra mañana lo vi descender del coche negro y acercarse con paso firme y resuelto al portal donde estaba situada la pensión en la que yo vivía. Cuando terminó de subir las escaleras, yo le esperaba con la puerta abierta.
-Tengo una noticia que darte-dijo.
-Te escucho- contesté.
-Al principio no me di cuenta-habló-, pero el sujeto que me visitaba poco a poco se ha ido marchitando, terminando por reprocharme mis continuas salidas. Su cara, hasta entonces lozana había terminado por parecer un cadáver y su cuerpo se había vuelto lánguido. Últimamente sus visitas eran cada vez menos frecuentes. Hoy hace tres días que no me visita, y lo máximo que hasta ahora había estado sin hacerlo era un día.
-Ahora lo comprendo-dije-, ha estado a tu lado mientras lo has necesitado, te has alimentado de él y él se ha alimentado de ti; cuando no le has hecho caso, ha languidecido poco a poco, y con toda seguridad haya muerto allí en sus regiones de origen.
Eladio Parreño Elías
25-Marzo-1989
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Habitaba yo una pensión en la calle Cervantes. El calor tropical de aquel verano me obligaba a tener la ventana abierta durante todo el día; frente a ella una mesa rectangular me servía de escritorio. La ventana daba a una calle estrecha, antigua, empedrada con adoquines. Aquella mañana un coche paró frente a la ventana; era un auto negro, antiguo, achatado, de chapa dura y brillante. De su interior bajó un hombre vestido de blanco; sus zapatos sonaban en el pavimento de la calle con un sonido acompasado, fino. Lo perdí de vista al desaparecer de mi ángulo de visión. Poco después llamaron a la puerta. Abrí y ante mí apareció aquel hombre vestido de blanco. Era alto y de ademanes finos; su cara era alargada, como todo el cuerpo; sus ojos azules y penetrantes y sus gestos serenos, propios de un hombre seguro de sí mismo.
-El señor Julio Maldonado desea verle- dijo-, y dándose cuenta de mi perplejidad, agregó: le ruega que haga el honor de acompañarme a su casa, allí se lo explicará todo.
Bajamos las escaleras y montamos en el coche. Conocía a Julio Maldonado desde nuestra estancia en la universidad. Fuimos buenos amigos en aquella fecha, pero después nuestros caminos se separaron; yo no había terminado la carrera y él había abandonado también los estudios al casarse y ponerse a trabajar como escribiente en la oficina de su padre. Atravesamos toda la ciudad para llegar a una calle populosa y enloquecida por el tráfico; aparcamos y entramos en el número cuarenta y dos. En la entrada pude leer en una placa dorada: Julio Maldonado, médico naturista. Subiendo una escalera de mármol llegamos a la casa; era enorme, con muchas piezas dispuestas a ambos lados de un extenso y largo pasillo; en una de ellas me esperaba Julio.
-Déjenos solos- le ordenó al mensajero.
Nos quedamos los dos solos en la habitación. Me esperaba sentado en un sillón de cuero, con un libro entre las manos y las gafas señalando la página en que había abandonado la lectura. Me senté a su lado en otro sillón idéntico al suyo.
-Supongo que le habrá extrañado mi sorprendente llamada- dijo.
-Sí, un poco- contesté.
-Le he llamado-dijo- porque lo que tengo que contarle es tan extraño que tan solo un espíritu como el suyo sería capaz de comprenderlo.
Noté que me trataba como a un desconocido, sin duda un poco indeciso, ya que si bien habíamos sido buenos amigos en otros tiempos, hacía aproximadamente veinticinco años que no nos veíamos.
-Podemos tutearnos, después de todo, la amistad nunca se pierde del todo- dije.
-Bien- contestó, y esbozó una especie de sonrisa amarga y triste.
-Veo que has prosperado desde nuestro último encuentro- le dije.
-Sí, tú, en cambio, creo que vives en la miseria- contestó.
-Es cierto, pero dedico mis días a algo que me hace feliz- dije.
Después de un pequeño silencio, continuó hablando: te contaré toda la historia tal y como la recuerdo, algunos sucesos se me han borrado, y otros, aunque los recuerdo perfectamente, no puedo asegurar que sean ciertos, pues he llegado a tal punto de confusión, que mezclo lo real con lo ficticio, los sucesos que realmente me han sucedido con los que he soñado. Me casé, y esto me obligó a dejar los estudios para ponerme a trabajar en la oficina de mi padre. Al principio, todo marchó bien, de todas partes nos llovían los trabajos; gracias a eso pude comprar esta casa. Depués, al morir el viejo, los trabajos que nos encomendaban se hicieron cada vez menos copiosos, hasta tal punto, que llegó el momento en que tan solo hubo trabajo para uno de nosotros, y éramos tres hermanos. Así que con el poco dinero que me quedaba después de la compra de la casa, decidí continuar mis estudios de botánica. Me dediqué a ello con todas mis energías, procurando gastar tan solo lo indispensable, pues mi mujer esperaba para entonces a nuestro primer hijo. A pesar de todos mis esfuerzos vivíamos casi en la miseria. Mi mujer y el niño murieron en el parto. Para poder subsistir, ya que el dinero se me estaba acabando, me anuncié en un periódico de gran tirada como médico naturista, gracias a mis conocimientos de botánica. Todos los días tenía algunos paciente cuyas enfermadedes no eran demasiado difíciles de tratar: alguna afección nerviosa, asma o dolores en las articulaciones que yo mejoraba recetándoles algunos preparados a base de hierbas. Después de la muerte de mi mujer y del niño, pasé bastante tiempo sin poder conciliar el sueño; me miraba al espejo y veía una cara demacrada, unos ojos hundidos y unos párpados hinchados. Todos mis miembros temblaban por el agotamiento. Una noche tomé una infusión de belladona. Enseguida me venció el sueño. Aquella noche soñé lo siguiente: vi un espejo enorme, cuadrado, de unos diez metros; lo atravesé como quien atraviesa una puerta abierta. Ignoro si soñé algo más, de todas formas, eso es lo único que recuerdo.Desde aquella noche, un hombre que tiene mis mismos rasgos, que no me atrevo a decir que soy yo porque apareceria ante ti como un loco, me visita bastante a menudo.Sé que no es algo irreal, lo veo, he tocado su cuerpo y hasta hablo con él.
-Al principio esta especie de juego me pareció entretenido, pero ha terminado por aterrorizarme. Busco en mi mente una explicación lógica, pero no la hay, o al menos yo no sé encontrarla. Por eso le he llamado- dijo .
El asunto había terminado por interesarme.
-Hay algo que me gustaría saber-dije.
-Pregunta lo que quieras- contestó él.
-¿De qué hablais cuando ese hombre te visita?- pregunté.
-Hablamos mucho de nuestros sueños, él sueña muchas veces con espadas y yo sueño últimamente con torres que se derrumban; nos contamos nuestros sueños y después intentamos interpretarlos, o bien hacemos muecas ante este espejo-, y señaló uno cuyo marco era dorado,-o bailamos enloquecidamente, y otras veces nos emborrachamos hasta caer rendidos al suelo y nos dormimos; cuando despierto, siempre ha desaparecido- contestó.
-¿Has probado a decirle que se vaya?- pregunté.
-Más de una vez he pensado en esa posibilidad, pero siempre la he desechahado, pues pienso que no sería muy correcto de mi parte tratar así alguien que me ofrece su compañía sin pedirme nada a cambio- contestó.
Julio esperaba mis palabras, pero yo no sabía qué decirle.
-No creo que sea un sujeto peligroso. Además, viendo tu aspecto se diría que su compañía te hace feliz- mentí.
-Es verdad que antes me sentía agusto con él, pero ha terminado por preocuparme su compañía al no conocer nada de él- contestó.
Un reloj de péndulo dio en alguna de las habitaciones la una de la tarde.
-Bajemos a tomar unas cervezas, te hará bien- lo invité.
-Pero ¿y si viene y se marcha al no encontrarme aquí?- preguntó un poco preocupado.
-Pues ya vendrá otro día- le contesté cogiéndolo por el brazo derecho para obligarlo a salir.
Desde aquel día nuestros encuentros han sido cada vez más frecuentes. Yo le ayudo a recolectar hierbas y él me acompaña al teatro, al cine o a las librerías en busca de algún libro o revista.
Otra mañana lo vi descender del coche negro y acercarse con paso firme y resuelto al portal donde estaba situada la pensión en la que yo vivía. Cuando terminó de subir las escaleras, yo le esperaba con la puerta abierta.
-Tengo una noticia que darte-dijo.
-Te escucho- contesté.
-Al principio no me di cuenta-habló-, pero el sujeto que me visitaba poco a poco se ha ido marchitando, terminando por reprocharme mis continuas salidas. Su cara, hasta entonces lozana había terminado por parecer un cadáver y su cuerpo se había vuelto lánguido. Últimamente sus visitas eran cada vez menos frecuentes. Hoy hace tres días que no me visita, y lo máximo que hasta ahora había estado sin hacerlo era un día.
-Ahora lo comprendo-dije-, ha estado a tu lado mientras lo has necesitado, te has alimentado de él y él se ha alimentado de ti; cuando no le has hecho caso, ha languidecido poco a poco, y con toda seguridad haya muerto allí en sus regiones de origen.
Eladio Parreño Elías
25-Marzo-1989
![]()
Habitaba yo una pensión en la calle Cervantes. El calor tropical de aquel verano me obligaba a tener la ventana abierta durante todo el día; frente a ella una mesa rectangular me servía de escritorio. La ventana daba a una calle estrecha, antigua, empedrada con adoquines. Aquella mañana un coche paró frente a la ventana; era un auto negro, antiguo, achatado, de chapa dura y brillante. De su interior bajó un hombre vestido de blanco; sus zapatos sonaban en el pavimento de la calle con un sonido acompasado, fino. Lo perdí de vista al desaparecer de mi ángulo de visión. Poco después llamaron a la puerta. Abrí y ante mí apareció aquel hombre vestido de blanco. Era alto y de ademanes finos; su cara era alargada, como todo el cuerpo; sus ojos azules y penetrantes y sus gestos serenos, propios de un hombre seguro de sí mismo.
-El señor Julio Maldonado desea verle- dijo-, y dándose cuenta de mi perplejidad, agregó: le ruega que haga el honor de acompañarme a su casa, allí se lo explicará todo.
Bajamos las escaleras y montamos en el coche. Conocía a Julio Maldonado desde nuestra estancia en la universidad. Fuimos buenos amigos en aquella fecha, pero después nuestros caminos se separaron; yo no había terminado la carrera y él había abandonado también los estudios al casarse y ponerse a trabajar como escribiente en la oficina de su padre. Atravesamos toda la ciudad para llegar a una calle populosa y enloquecida por el tráfico; aparcamos y entramos en el número cuarenta y dos. En la entrada pude leer en una placa dorada: Julio Maldonado, médico naturista. Subiendo una escalera de mármol llegamos a la casa; era enorme, con muchas piezas dispuestas a ambos lados de un extenso y largo pasillo; en una de ellas me esperaba Julio.
-Déjenos solos- le ordenó al mensajero.
Nos quedamos los dos solos en la habitación. Me esperaba sentado en un sillón de cuero, con un libro entre las manos y las gafas señalando la página en que había abandonado la lectura. Me senté a su lado en otro sillón idéntico al suyo.
-Supongo que le habrá extrañado mi sorprendente llamada- dijo.
-Sí, un poco- contesté.
-Le he llamado-dijo- porque lo que tengo que contarle es tan extraño que tan solo un espíritu como el suyo sería capaz de comprenderlo.
Noté que me trataba como a un desconocido, sin duda un poco indeciso, ya que si bien habíamos sido buenos amigos en otros tiempos, hacía aproximadamente veinticinco años que no nos veíamos.
-Podemos tutearnos, después de todo, la amistad nunca se pierde del todo- dije.
-Bien- contestó, y esbozó una especie de sonrisa amarga y triste.
-Veo que has prosperado desde nuestro último encuentro- le dije.
-Sí, tú, en cambio, creo que vives en la miseria- contestó.
-Es cierto, pero dedico mis días a algo que me hace feliz- dije.
Después de un pequeño silencio, continuó hablando: te contaré toda la historia tal y como la recuerdo, algunos sucesos se me han borrado, y otros, aunque los recuerdo perfectamente, no puedo asegurar que sean ciertos, pues he llegado a tal punto de confusión, que mezclo lo real con lo ficticio, los sucesos que realmente me han sucedido con los que he soñado. Me casé, y esto me obligó a dejar los estudios para ponerme a trabajar en la oficina de mi padre. Al principio, todo marchó bien, de todas partes nos llovían los trabajos; gracias a eso pude comprar esta casa. Depués, al morir el viejo, los trabajos que nos encomendaban se hicieron cada vez menos copiosos, hasta tal punto, que llegó el momento en que tan solo hubo trabajo para uno de nosotros, y éramos tres hermanos. Así que con el poco dinero que me quedaba después de la compra de la casa, decidí continuar mis estudios de botánica. Me dediqué a ello con todas mis energías, procurando gastar tan solo lo indispensable, pues mi mujer esperaba para entonces a nuestro primer hijo. A pesar de todos mis esfuerzos vivíamos casi en la miseria. Mi mujer y el niño murieron en el parto. Para poder subsistir, ya que el dinero se me estaba acabando, me anuncié en un periódico de gran tirada como médico naturista, gracias a mis conocimientos de botánica. Todos los días tenía algunos paciente cuyas enfermadedes no eran demasiado difíciles de tratar: alguna afección nerviosa, asma o dolores en las articulaciones que yo mejoraba recetándoles algunos preparados a base de hierbas. Después de la muerte de mi mujer y del niño, pasé bastante tiempo sin poder conciliar el sueño; me miraba al espejo y veía una cara demacrada, unos ojos hundidos y unos párpados hinchados. Todos mis miembros temblaban por el agotamiento. Una noche tomé una infusión de belladona. Enseguida me venció el sueño. Aquella noche soñé lo siguiente: vi un espejo enorme, cuadrado, de unos diez metros; lo atravesé como quien atraviesa una puerta abierta. Ignoro si soñé algo más, de todas formas, eso es lo único que recuerdo.Desde aquella noche, un hombre que tiene mis mismos rasgos, que no me atrevo a decir que soy yo porque apareceria ante ti como un loco, me visita bastante a menudo.Sé que no es algo irreal, lo veo, he tocado su cuerpo y hasta hablo con él.
-Al principio esta especie de juego me pareció entretenido, pero ha terminado por aterrorizarme. Busco en mi mente una explicación lógica, pero no la hay, o al menos yo no sé encontrarla. Por eso le he llamado- dijo .
El asunto había terminado por interesarme.
-Hay algo que me gustaría saber-dije.
-Pregunta lo que quieras- contestó él.
-¿De qué hablais cuando ese hombre te visita?- pregunté.
-Hablamos mucho de nuestros sueños, él sueña muchas veces con espadas y yo sueño últimamente con torres que se derrumban; nos contamos nuestros sueños y después intentamos interpretarlos, o bien hacemos muecas ante este espejo-, y señaló uno cuyo marco era dorado,-o bailamos enloquecidamente, y otras veces nos emborrachamos hasta caer rendidos al suelo y nos dormimos; cuando despierto, siempre ha desaparecido- contestó.
-¿Has probado a decirle que se vaya?- pregunté.
-Más de una vez he pensado en esa posibilidad, pero siempre la he desechahado, pues pienso que no sería muy correcto de mi parte tratar así alguien que me ofrece su compañía sin pedirme nada a cambio- contestó.
Julio esperaba mis palabras, pero yo no sabía qué decirle.
-No creo que sea un sujeto peligroso. Además, viendo tu aspecto se diría que su compañía te hace feliz- mentí.
-Es verdad que antes me sentía agusto con él, pero ha terminado por preocuparme su compañía al no conocer nada de él- contestó.
Un reloj de péndulo dio en alguna de las habitaciones la una de la tarde.
-Bajemos a tomar unas cervezas, te hará bien- lo invité.
-Pero ¿y si viene y se marcha al no encontrarme aquí?- preguntó un poco preocupado.
-Pues ya vendrá otro día- le contesté cogiéndolo por el brazo derecho para obligarlo a salir.
Desde aquel día nuestros encuentros han sido cada vez más frecuentes. Yo le ayudo a recolectar hierbas y él me acompaña al teatro, al cine o a las librerías en busca de algún libro o revista.
Otra mañana lo vi descender del coche negro y acercarse con paso firme y resuelto al portal donde estaba situada la pensión en la que yo vivía. Cuando terminó de subir las escaleras, yo le esperaba con la puerta abierta.
-Tengo una noticia que darte-dijo.
-Te escucho- contesté.
-Al principio no me di cuenta-habló-, pero el sujeto que me visitaba poco a poco se ha ido marchitando, terminando por reprocharme mis continuas salidas. Su cara, hasta entonces lozana había terminado por parecer un cadáver y su cuerpo se había vuelto lánguido. Últimamente sus visitas eran cada vez menos frecuentes. Hoy hace tres días que no me visita, y lo máximo que hasta ahora había estado sin hacerlo era un día.
-Ahora lo comprendo-dije-, ha estado a tu lado mientras lo has necesitado, te has alimentado de él y él se ha alimentado de ti; cuando no le has hecho caso, ha languidecido poco a poco, y con toda seguridad haya muerto allí en sus regiones de origen.
Eladio Parreño Elías
25-Marzo-1989
Muchas gracias por tu amabilidad, mi estimado Rafael, no sé qué más puedo decirte que no te haya dicho anteriormente, solo que te agradezco nuevamente tu fidelidad. Un abrazo.Buenas noches dulcinista. Es increíble la forma que tienes de redactar y de crear mundos. Muy bien lo sabes porque ya te lo he dicho muchas otras veces. Una vez más nos has regalado unos cuantos minutos de diversión. Sin lugar a dudas tanto la temática como los personajes y el estilo tan especial que tienes hacen que esta historia sea toda una obra maestra. Me vienen a la mente muchos autores conocidos que al igual que tú, son capaces de crear universos como el que tú nos presentas. Me ha encantado el texto, y me lo he releído un par de veces; cada vez que lo he hecho he podido recrear la historia siendo mucho más conciso y fijándome mucho más en los matices que imprimes en el texto... ¡muchas gracias por este regalo dulcinista! ¡un fuerte abrazo!![]()
Amiga, los escalofríos son mi especialidad, jejeje. Un beso y gracias.PEQUEÑO GRANITO DE ANIS;3521858 dijo:Bellísima, como siempre con ese toque infaltable de escalofríos en la espalda. Mi admirado amigo, mi abrazo y mis felicitaciones de corazón.
Besos.
Gracias amiga Luisaeliana, celebro que te haya gustado mi relato. Un beso.Leerte es un deleite, tus escritos son de gran calidad y me es muy grato pasar cada vez que las compartes conmigo, siempre me logras cautivar con cada obra que puedo leer de ti, un gusto pasar amigo saludos
Gracias amiga. Tienes razon, como los niños que se inventan un amigo, igual. Besos.Como los niños, hijos únicos que crean sus amigos imaginarios.
Mis cariños y mis mil estrellas por tu entretenido relato.
Mi estimada Alicia, en mi interior viven mis historias y sus personajes, y de allí saltan al papel y de él al ordenador. Gracias por tu fidelidad con mis relatos. Un beso.alicia Pérez Hernández;3522435 dijo:Eladio querido amigo!!! te dire que me siges sorprendiendo, que me dejas pensando de donde sacas cada historia, y ademas las mas son de miedo o de terror, pero siempre con tu peculiar estilo, pero me trae la curiosidad porque eres un gran escritor de cuentos de misterio y terror, me encanta leerte!!!!! un beso y todo mi carino
Es muy cierto lo que dices, aunque sea un amigo imaginario. Un abrazo.otro gran relato compañero!
lo mejor para superar un dolor del alma es un buen amigo,
para calmar las penas, y dejar la soledad junto con sus estragos.
saludos!
Gracias mi querida poetisa, celebro que te haya gustado. Un beso.Como siempre,admirable tu prosa, mi querido amigo,me han atrapado tus lineas
BESOS Y ESTRELLAS
Tualma
Querido amigo Dulcinita una historia sin igual, para esa pluma que no deja de crear,
Algún día veré si me atrevo, a competir contigo..ja..ja.. Te mando Estrellas Reputación
Besos y Abrazos Uruguayos
Muchas gracias amiga Elba, ojalá mis relatos puedan seguir sorprendiendote. Un beso y gracias por tu comentario.Amigo , tus escritos tienen la característica de que siempre me sorprenden ,eres un excelente narrador!! Estrellitas y mi cariño.
Mi estimado Jose luis gracias por tu halagos. Un abrazo.José Luis Blázquez;3522611 dijo:Estimado Dulcinista:
Tus relatos son tan increíbles, que atrapan a quien los lee de principio a fin. Esa forma tan excelente que tienes de describir el entorno en el que desarrolla, unido a ese aire de misterio que siempre impregna a todo lo que haces, convierten a cada uno de tus relatos en toda una Obra de Arte. Mi admiración, estrellas y reputación, son para ti.
Un abrazo.
José Luis
Gracias amiga por tu comentari. De las sombras del alma, de las tinieblas de la vida del que escribe pienso que es de donde brotan las mejores obras. Un beso para tu alma bella.Como siempre amigo me quedo sin palabras para alabarte, imprecionada por tan genial escrito, ni imaginas con que avidez leo tus lineas sin poder desviar mi atencion por nada, eres genial...Tiene el escritor algo que ver con el tormento y las vicicitudes de sus personajes ? Qué habrà de tu vida en todo estos? La literatura es vivencia hay algo de tu vida en estos relatos? NO estas obligado a responderme pero despiertas mi curiosidad, eres GENIAL, yo vivo orgullosa de contarte y que me cuentes entre tus amigos. Mis estrellas y si me permiten reputacion.
Gracias por tu comentario amiga Isabel. Has comprendido perfectamente mi relato. Un beso.Preciosa historia, con un gran mensaje y moraleja. La soledad le creo un amigo, su propio reflejo. Una visita que se desvanecio al aparecer un verdadero amigo. Doctor era, naturista, si, no solo por la hierbas con las que aliviaba el dolor ajeno, sino porque supo procurarse a si mismo el alivio. Primero al inventarse un amigo y despues al reconocer que necesitaba uno verdadero y hallo el mejor, a ti.
Excelente.
Me pregunto si tienes un libro en donde esten todos tus relatos, me gustaria mucho tenerlo.
Sinceramente: ISABEL
Esa es mi fijación a la hora de escribir, amiga Mariluz, los temas inquietantes y extraños. Gracioas por tu comentario. Un beso.Una prosa gótica que encierra muchos misterios
además el reencuentro de dos antiguos amigos
Te salen muy bien las prosas, gracias por compartir
mi saludo cordial, amigo
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Habitaba yo una pensión en la calle Cervantes. El calor tropical de aquel verano me obligaba a tener la ventana abierta durante todo el día; frente a ella una mesa rectangular me servía de escritorio. La ventana daba a una calle estrecha, antigua, empedrada con adoquines. Aquella mañana un coche paró frente a la ventana; era un auto negro, antiguo, achatado, de chapa dura y brillante. De su interior bajó un hombre vestido de blanco; sus zapatos sonaban en el pavimento de la calle con un sonido acompasado, fino. Lo perdí de vista al desaparecer de mi ángulo de visión. Poco después llamaron a la puerta. Abrí y ante mí apareció aquel hombre vestido de blanco. Era alto y de ademanes finos; su cara era alargada, como todo el cuerpo; sus ojos azules y penetrantes y sus gestos serenos, propios de un hombre seguro de sí mismo.
-El señor Julio Maldonado desea verle- dijo-, y dándose cuenta de mi perplejidad, agregó: le ruega que haga el honor de acompañarme a su casa, allí se lo explicará todo.
Bajamos las escaleras y montamos en el coche. Conocía a Julio Maldonado desde nuestra estancia en la universidad. Fuimos buenos amigos en aquella fecha, pero después nuestros caminos se separaron; yo no había terminado la carrera y él había abandonado también los estudios al casarse y ponerse a trabajar como escribiente en la oficina de su padre. Atravesamos toda la ciudad para llegar a una calle populosa y enloquecida por el tráfico; aparcamos y entramos en el número cuarenta y dos. En la entrada pude leer en una placa dorada: Julio Maldonado, médico naturista. Subiendo una escalera de mármol llegamos a la casa; era enorme, con muchas piezas dispuestas a ambos lados de un extenso y largo pasillo; en una de ellas me esperaba Julio.
-Déjenos solos- le ordenó al mensajero.
Nos quedamos los dos solos en la habitación. Me esperaba sentado en un sillón de cuero, con un libro entre las manos y las gafas señalando la página en que había abandonado la lectura. Me senté a su lado en otro sillón idéntico al suyo.
-Supongo que le habrá extrañado mi sorprendente llamada- dijo.
-Sí, un poco- contesté.
-Le he llamado-dijo- porque lo que tengo que contarle es tan extraño que tan solo un espíritu como el suyo sería capaz de comprenderlo.
Noté que me trataba como a un desconocido, sin duda un poco indeciso, ya que si bien habíamos sido buenos amigos en otros tiempos, hacía aproximadamente veinticinco años que no nos veíamos.
-Podemos tutearnos, después de todo, la amistad nunca se pierde del todo- dije.
-Bien- contestó, y esbozó una especie de sonrisa amarga y triste.
-Veo que has prosperado desde nuestro último encuentro- le dije.
-Sí, tú, en cambio, creo que vives en la miseria- contestó.
-Es cierto, pero dedico mis días a algo que me hace feliz- dije.
Después de un pequeño silencio, continuó hablando: te contaré toda la historia tal y como la recuerdo, algunos sucesos se me han borrado, y otros, aunque los recuerdo perfectamente, no puedo asegurar que sean ciertos, pues he llegado a tal punto de confusión, que mezclo lo real con lo ficticio, los sucesos que realmente me han sucedido con los que he soñado. Me casé, y esto me obligó a dejar los estudios para ponerme a trabajar en la oficina de mi padre. Al principio, todo marchó bien, de todas partes nos llovían los trabajos; gracias a eso pude comprar esta casa. Depués, al morir el viejo, los trabajos que nos encomendaban se hicieron cada vez menos copiosos, hasta tal punto, que llegó el momento en que tan solo hubo trabajo para uno de nosotros, y éramos tres hermanos. Así que con el poco dinero que me quedaba después de la compra de la casa, decidí continuar mis estudios de botánica. Me dediqué a ello con todas mis energías, procurando gastar tan solo lo indispensable, pues mi mujer esperaba para entonces a nuestro primer hijo. A pesar de todos mis esfuerzos vivíamos casi en la miseria. Mi mujer y el niño murieron en el parto. Para poder subsistir, ya que el dinero se me estaba acabando, me anuncié en un periódico de gran tirada como médico naturista, gracias a mis conocimientos de botánica. Todos los días tenía algunos paciente cuyas enfermadedes no eran demasiado difíciles de tratar: alguna afección nerviosa, asma o dolores en las articulaciones que yo mejoraba recetándoles algunos preparados a base de hierbas. Después de la muerte de mi mujer y del niño, pasé bastante tiempo sin poder conciliar el sueño; me miraba al espejo y veía una cara demacrada, unos ojos hundidos y unos párpados hinchados. Todos mis miembros temblaban por el agotamiento. Una noche tomé una infusión de belladona. Enseguida me venció el sueño. Aquella noche soñé lo siguiente: vi un espejo enorme, cuadrado, de unos diez metros; lo atravesé como quien atraviesa una puerta abierta. Ignoro si soñé algo más, de todas formas, eso es lo único que recuerdo.Desde aquella noche, un hombre que tiene mis mismos rasgos, que no me atrevo a decir que soy yo porque apareceria ante ti como un loco, me visita bastante a menudo.Sé que no es algo irreal, lo veo, he tocado su cuerpo y hasta hablo con él.
-Al principio esta especie de juego me pareció entretenido, pero ha terminado por aterrorizarme. Busco en mi mente una explicación lógica, pero no la hay, o al menos yo no sé encontrarla. Por eso le he llamado- dijo .
El asunto había terminado por interesarme.
-Hay algo que me gustaría saber-dije.
-Pregunta lo que quieras- contestó él.
-¿De qué hablais cuando ese hombre te visita?- pregunté.
-Hablamos mucho de nuestros sueños, él sueña muchas veces con espadas y yo sueño últimamente con torres que se derrumban; nos contamos nuestros sueños y después intentamos interpretarlos, o bien hacemos muecas ante este espejo-, y señaló uno cuyo marco era dorado,-o bailamos enloquecidamente, y otras veces nos emborrachamos hasta caer rendidos al suelo y nos dormimos; cuando despierto, siempre ha desaparecido- contestó.
-¿Has probado a decirle que se vaya?- pregunté.
-Más de una vez he pensado en esa posibilidad, pero siempre la he desechahado, pues pienso que no sería muy correcto de mi parte tratar así alguien que me ofrece su compañía sin pedirme nada a cambio- contestó.
Julio esperaba mis palabras, pero yo no sabía qué decirle.
-No creo que sea un sujeto peligroso. Además, viendo tu aspecto se diría que su compañía te hace feliz- mentí.
-Es verdad que antes me sentía agusto con él, pero ha terminado por preocuparme su compañía al no conocer nada de él- contestó.
Un reloj de péndulo dio en alguna de las habitaciones la una de la tarde.
-Bajemos a tomar unas cervezas, te hará bien- lo invité.
-Pero ¿y si viene y se marcha al no encontrarme aquí?- preguntó un poco preocupado.
-Pues ya vendrá otro día- le contesté cogiéndolo por el brazo derecho para obligarlo a salir.
Desde aquel día nuestros encuentros han sido cada vez más frecuentes. Yo le ayudo a recolectar hierbas y él me acompaña al teatro, al cine o a las librerías en busca de algún libro o revista.
Otra mañana lo vi descender del coche negro y acercarse con paso firme y resuelto al portal donde estaba situada la pensión en la que yo vivía. Cuando terminó de subir las escaleras, yo le esperaba con la puerta abierta.
-Tengo una noticia que darte-dijo.
-Te escucho- contesté.
-Al principio no me di cuenta-habló-, pero el sujeto que me visitaba poco a poco se ha ido marchitando, terminando por reprocharme mis continuas salidas. Su cara, hasta entonces lozana había terminado por parecer un cadáver y su cuerpo se había vuelto lánguido. Últimamente sus visitas eran cada vez menos frecuentes. Hoy hace tres días que no me visita, y lo máximo que hasta ahora había estado sin hacerlo era un día.
-Ahora lo comprendo-dije-, ha estado a tu lado mientras lo has necesitado, te has alimentado de él y él se ha alimentado de ti; cuando no le has hecho caso, ha languidecido poco a poco, y con toda seguridad haya muerto allí en sus regiones de origen.
Eladio Parreño Elías
25-Marzo-1989
Gracias amiga Paula, es un honor para mí encontrarte entre mis relatos. Un beso.¡WOW! este realto sí que deja pensando, sí que pone los pelos de punta. eres un gran narrador, tus rextos tienen color, movimiento... es un placer leerte.
Un abrazo con cariño
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Habitaba yo una pensión en la calle Cervantes. El calor tropical de aquel verano me obligaba a tener la ventana abierta durante todo el día; frente a ella una mesa rectangular me servía de escritorio. La ventana daba a una calle estrecha, antigua, empedrada con adoquines. Aquella mañana un coche paró frente a la ventana; era un auto negro, antiguo, achatado, de chapa dura y brillante. De su interior bajó un hombre vestido de blanco; sus zapatos sonaban en el pavimento de la calle con un sonido acompasado, fino. Lo perdí de vista al desaparecer de mi ángulo de visión. Poco después llamaron a la puerta. Abrí y ante mí apareció aquel hombre vestido de blanco. Era alto y de ademanes finos; su cara era alargada, como todo el cuerpo; sus ojos azules y penetrantes y sus gestos serenos, propios de un hombre seguro de sí mismo.
-El señor Julio Maldonado desea verle- dijo-, y dándose cuenta de mi perplejidad, agregó: le ruega que haga el honor de acompañarme a su casa, allí se lo explicará todo.
Bajamos las escaleras y montamos en el coche. Conocía a Julio Maldonado desde nuestra estancia en la universidad. Fuimos buenos amigos en aquella fecha, pero después nuestros caminos se separaron; yo no había terminado la carrera y él había abandonado también los estudios al casarse y ponerse a trabajar como escribiente en la oficina de su padre. Atravesamos toda la ciudad para llegar a una calle populosa y enloquecida por el tráfico; aparcamos y entramos en el número cuarenta y dos. En la entrada pude leer en una placa dorada: Julio Maldonado, médico naturista. Subiendo una escalera de mármol llegamos a la casa; era enorme, con muchas piezas dispuestas a ambos lados de un extenso y largo pasillo; en una de ellas me esperaba Julio.
-Déjenos solos- le ordenó al mensajero.
Nos quedamos los dos solos en la habitación. Me esperaba sentado en un sillón de cuero, con un libro entre las manos y las gafas señalando la página en que había abandonado la lectura. Me senté a su lado en otro sillón idéntico al suyo.
-Supongo que le habrá extrañado mi sorprendente llamada- dijo.
-Sí, un poco- contesté.
-Le he llamado-dijo- porque lo que tengo que contarle es tan extraño que tan solo un espíritu como el suyo sería capaz de comprenderlo.
Noté que me trataba como a un desconocido, sin duda un poco indeciso, ya que si bien habíamos sido buenos amigos en otros tiempos, hacía aproximadamente veinticinco años que no nos veíamos.
-Podemos tutearnos, después de todo, la amistad nunca se pierde del todo- dije.
-Bien- contestó, y esbozó una especie de sonrisa amarga y triste.
-Veo que has prosperado desde nuestro último encuentro- le dije.
-Sí, tú, en cambio, creo que vives en la miseria- contestó.
-Es cierto, pero dedico mis días a algo que me hace feliz- dije.
Después de un pequeño silencio, continuó hablando: te contaré toda la historia tal y como la recuerdo, algunos sucesos se me han borrado, y otros, aunque los recuerdo perfectamente, no puedo asegurar que sean ciertos, pues he llegado a tal punto de confusión, que mezclo lo real con lo ficticio, los sucesos que realmente me han sucedido con los que he soñado. Me casé, y esto me obligó a dejar los estudios para ponerme a trabajar en la oficina de mi padre. Al principio, todo marchó bien, de todas partes nos llovían los trabajos; gracias a eso pude comprar esta casa. Depués, al morir el viejo, los trabajos que nos encomendaban se hicieron cada vez menos copiosos, hasta tal punto, que llegó el momento en que tan solo hubo trabajo para uno de nosotros, y éramos tres hermanos. Así que con el poco dinero que me quedaba después de la compra de la casa, decidí continuar mis estudios de botánica. Me dediqué a ello con todas mis energías, procurando gastar tan solo lo indispensable, pues mi mujer esperaba para entonces a nuestro primer hijo. A pesar de todos mis esfuerzos vivíamos casi en la miseria. Mi mujer y el niño murieron en el parto. Para poder subsistir, ya que el dinero se me estaba acabando, me anuncié en un periódico de gran tirada como médico naturista, gracias a mis conocimientos de botánica. Todos los días tenía algunos paciente cuyas enfermadedes no eran demasiado difíciles de tratar: alguna afección nerviosa, asma o dolores en las articulaciones que yo mejoraba recetándoles algunos preparados a base de hierbas. Después de la muerte de mi mujer y del niño, pasé bastante tiempo sin poder conciliar el sueño; me miraba al espejo y veía una cara demacrada, unos ojos hundidos y unos párpados hinchados. Todos mis miembros temblaban por el agotamiento. Una noche tomé una infusión de belladona. Enseguida me venció el sueño. Aquella noche soñé lo siguiente: vi un espejo enorme, cuadrado, de unos diez metros; lo atravesé como quien atraviesa una puerta abierta. Ignoro si soñé algo más, de todas formas, eso es lo único que recuerdo.Desde aquella noche, un hombre que tiene mis mismos rasgos, que no me atrevo a decir que soy yo porque apareceria ante ti como un loco, me visita bastante a menudo.Sé que no es algo irreal, lo veo, he tocado su cuerpo y hasta hablo con él.
-Al principio esta especie de juego me pareció entretenido, pero ha terminado por aterrorizarme. Busco en mi mente una explicación lógica, pero no la hay, o al menos yo no sé encontrarla. Por eso le he llamado- dijo .
El asunto había terminado por interesarme.
-Hay algo que me gustaría saber-dije.
-Pregunta lo que quieras- contestó él.
-¿De qué hablais cuando ese hombre te visita?- pregunté.
-Hablamos mucho de nuestros sueños, él sueña muchas veces con espadas y yo sueño últimamente con torres que se derrumban; nos contamos nuestros sueños y después intentamos interpretarlos, o bien hacemos muecas ante este espejo-, y señaló uno cuyo marco era dorado,-o bailamos enloquecidamente, y otras veces nos emborrachamos hasta caer rendidos al suelo y nos dormimos; cuando despierto, siempre ha desaparecido- contestó.
-¿Has probado a decirle que se vaya?- pregunté.
-Más de una vez he pensado en esa posibilidad, pero siempre la he desechahado, pues pienso que no sería muy correcto de mi parte tratar así alguien que me ofrece su compañía sin pedirme nada a cambio- contestó.
Julio esperaba mis palabras, pero yo no sabía qué decirle.
-No creo que sea un sujeto peligroso. Además, viendo tu aspecto se diría que su compañía te hace feliz- mentí.
-Es verdad que antes me sentía agusto con él, pero ha terminado por preocuparme su compañía al no conocer nada de él- contestó.
Un reloj de péndulo dio en alguna de las habitaciones la una de la tarde.
-Bajemos a tomar unas cervezas, te hará bien- lo invité.
-Pero ¿y si viene y se marcha al no encontrarme aquí?- preguntó un poco preocupado.
-Pues ya vendrá otro día- le contesté cogiéndolo por el brazo derecho para obligarlo a salir.
Desde aquel día nuestros encuentros han sido cada vez más frecuentes. Yo le ayudo a recolectar hierbas y él me acompaña al teatro, al cine o a las librerías en busca de algún libro o revista.
Otra mañana lo vi descender del coche negro y acercarse con paso firme y resuelto al portal donde estaba situada la pensión en la que yo vivía. Cuando terminó de subir las escaleras, yo le esperaba con la puerta abierta.
-Tengo una noticia que darte-dijo.
-Te escucho- contesté.
-Al principio no me di cuenta-habló-, pero el sujeto que me visitaba poco a poco se ha ido marchitando, terminando por reprocharme mis continuas salidas. Su cara, hasta entonces lozana había terminado por parecer un cadáver y su cuerpo se había vuelto lánguido. Últimamente sus visitas eran cada vez menos frecuentes. Hoy hace tres días que no me visita, y lo máximo que hasta ahora había estado sin hacerlo era un día.
-Ahora lo comprendo-dije-, ha estado a tu lado mientras lo has necesitado, te has alimentado de él y él se ha alimentado de ti; cuando no le has hecho caso, ha languidecido poco a poco, y con toda seguridad haya muerto allí en sus regiones de origen.
Eladio Parreño Elías
25-Marzo-1989
Eladio,
Escribes maravilloso desde hace muchos años, este
escrito está muy interesante y se puede analizar desde
muchos puntos de vista.
El señor Julio Maldonado diría ....
que tiene doble personalidad. Julio y Julio Maldonado
quienes se conocen sus secretos, penas y alegrías,
quienes han tomado juntos y hacen muecas en el espejo
para reir un poco. Una vez aparece alguien real, uno de
los Julios desaparece.
La mente ..... la mente Eladio... a veces dificil de
controlar como en este caso. Aunque desde luego puedo
estar totalmente equivocada... jeje tu eres el dueño de
la historia. Abrazos a tu alma bella mi amigo lindo. Osa.:::blush:::
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Habitaba yo una pensión en la calle Cervantes. El calor tropical de aquel verano me obligaba a tener la ventana abierta durante todo el día; frente a ella una mesa rectangular me servía de escritorio. La ventana daba a una calle estrecha, antigua, empedrada con adoquines. Aquella mañana un coche paró frente a la ventana; era un auto negro, antiguo, achatado, de chapa dura y brillante. De su interior bajó un hombre vestido de blanco; sus zapatos sonaban en el pavimento de la calle con un sonido acompasado, fino. Lo perdí de vista al desaparecer de mi ángulo de visión. Poco después llamaron a la puerta. Abrí y ante mí apareció aquel hombre vestido de blanco. Era alto y de ademanes finos; su cara era alargada, como todo el cuerpo; sus ojos azules y penetrantes y sus gestos serenos, propios de un hombre seguro de sí mismo.
-El señor Julio Maldonado desea verle- dijo-, y dándose cuenta de mi perplejidad, agregó: le ruega que haga el honor de acompañarme a su casa, allí se lo explicará todo.
Bajamos las escaleras y montamos en el coche. Conocía a Julio Maldonado desde nuestra estancia en la universidad. Fuimos buenos amigos en aquella fecha, pero después nuestros caminos se separaron; yo no había terminado la carrera y él había abandonado también los estudios al casarse y ponerse a trabajar como escribiente en la oficina de su padre. Atravesamos toda la ciudad para llegar a una calle populosa y enloquecida por el tráfico; aparcamos y entramos en el número cuarenta y dos. En la entrada pude leer en una placa dorada: Julio Maldonado, médico naturista. Subiendo una escalera de mármol llegamos a la casa; era enorme, con muchas piezas dispuestas a ambos lados de un extenso y largo pasillo; en una de ellas me esperaba Julio.
-Déjenos solos- le ordenó al mensajero.
Nos quedamos los dos solos en la habitación. Me esperaba sentado en un sillón de cuero, con un libro entre las manos y las gafas señalando la página en que había abandonado la lectura. Me senté a su lado en otro sillón idéntico al suyo.
-Supongo que le habrá extrañado mi sorprendente llamada- dijo.
-Sí, un poco- contesté.
-Le he llamado-dijo- porque lo que tengo que contarle es tan extraño que tan solo un espíritu como el suyo sería capaz de comprenderlo.
Noté que me trataba como a un desconocido, sin duda un poco indeciso, ya que si bien habíamos sido buenos amigos en otros tiempos, hacía aproximadamente veinticinco años que no nos veíamos.
-Podemos tutearnos, después de todo, la amistad nunca se pierde del todo- dije.
-Bien- contestó, y esbozó una especie de sonrisa amarga y triste.
-Veo que has prosperado desde nuestro último encuentro- le dije.
-Sí, tú, en cambio, creo que vives en la miseria- contestó.
-Es cierto, pero dedico mis días a algo que me hace feliz- dije.
Después de un pequeño silencio, continuó hablando: te contaré toda la historia tal y como la recuerdo, algunos sucesos se me han borrado, y otros, aunque los recuerdo perfectamente, no puedo asegurar que sean ciertos, pues he llegado a tal punto de confusión, que mezclo lo real con lo ficticio, los sucesos que realmente me han sucedido con los que he soñado. Me casé, y esto me obligó a dejar los estudios para ponerme a trabajar en la oficina de mi padre. Al principio, todo marchó bien, de todas partes nos llovían los trabajos; gracias a eso pude comprar esta casa. Después, al morir el viejo, los trabajos que nos encomendaban se hicieron cada vez menos copiosos, hasta tal punto, que llegó el momento en que tan solo hubo trabajo para uno de nosotros, y éramos tres hermanos. Así que con el poco dinero que me quedaba después de la compra de la casa, decidí continuar mis estudios de botánica. Me dediqué a ello con todas mis energías, procurando gastar tan solo lo indispensable, pues mi mujer esperaba para entonces a nuestro primer hijo. A pesar de todos mis esfuerzos vivíamos casi en la miseria. Mi mujer y el niño murieron en el parto. Para poder subsistir, ya que el dinero se me estaba acabando, me anuncié en un periódico de gran tirada como médico naturista, gracias a mis conocimientos de botánica. Todos los días tenía algunos paciente cuyas enfermedades no eran demasiado difíciles de tratar: alguna afección nerviosa, asma o dolores en las articulaciones que yo mejoraba recetándoles algunos preparados a base de hierbas. Después de la muerte de mi mujer y del niño, pasé bastante tiempo sin poder conciliar el sueño; me miraba al espejo y veía una cara demacrada, unos ojos hundidos y unos párpados hinchados. Todos mis miembros temblaban por el agotamiento. Una noche tomé una infusión de belladona. Enseguida me venció el sueño. Aquella noche soñé lo siguiente: vi un espejo enorme, cuadrado, de unos diez metros; lo atravesé como quien atraviesa una puerta abierta. Ignoro si soñé algo más, de todas formas, eso es lo único que recuerdo.Desde aquella noche, un hombre que tiene mis mismos rasgos, que no me atrevo a decir que soy yo porque aparecería ante ti como un loco, me visita bastante a menudo.Sé que no es algo irreal, lo veo, he tocado su cuerpo y hasta hablo con él.
-Al principio esta especie de juego me pareció entretenido, pero ha terminado por aterrorizarme. Busco en mi mente una explicación lógica, pero no la hay, o al menos yo no sé encontrarla. Por eso le he llamado- dijo .
El asunto había terminado por interesarme.
-Hay algo que me gustaría saber-dije.
-Pregunta lo que quieras- contestó él.
-¿De qué hablas cuando ese hombre te visita?- pregunté.
-Hablamos mucho de nuestros sueños, él sueña muchas veces con espadas y yo sueño últimamente con torres que se derrumban; nos contamos nuestros sueños y después intentamos interpretarlos, o bien hacemos muecas ante este espejo-, y señaló uno cuyo marco era dorado,-o bailamos enloquecidamente, y otras veces nos emborrachamos hasta caer rendidos al suelo y nos dormimos; cuando despierto, siempre ha desaparecido- contestó.
-¿Has probado a decirle que se vaya?- pregunté.
-Más de una vez he pensado en esa posibilidad, pero siempre la he desechado, pues pienso que no sería muy correcto de mi parte tratar así alguien que me ofrece su compañía sin pedirme nada a cambio- contestó.
Julio esperaba mis palabras, pero yo no sabía qué decirle.
-No creo que sea un sujeto peligroso. Además, viendo tu aspecto se diría que su compañía te hace feliz- mentí.
-Es verdad que antes me sentía a gusto con él, pero ha terminado por preocuparme su compañía al no conocer nada de él- contestó.
Un reloj de péndulo dio en alguna de las habitaciones la una de la tarde.
-Bajemos a tomar unas cervezas, te hará bien- lo invité.
-Pero ¿y si viene y se marcha al no encontrarme aquí?- preguntó un poco preocupado.
-Pues ya vendrá otro día- le contesté cogiéndolo por el brazo derecho para obligarlo a salir.
Desde aquel día nuestros encuentros han sido cada vez más frecuentes. Yo le ayudo a recolectar hierbas y él me acompaña al teatro, al cine o a las librerías en busca de algún libro o revista.
Otra mañana lo vi descender del coche negro y acercarse con paso firme y resuelto al portal donde estaba situada la pensión en la que yo vivía. Cuando terminó de subir las escaleras, yo le esperaba con la puerta abierta.
-Tengo una noticia que darte-dijo.
-Te escucho- contesté.
-Al principio no me di cuenta-habló-, pero el sujeto que me visitaba poco a poco se ha ido marchitando, terminando por reprocharme mis continuas salidas. Su cara, hasta entonces lozana había terminado por parecer un cadáver y su cuerpo se había vuelto lánguido. Últimamente sus visitas eran cada vez menos frecuentes. Hoy hace tres días que no me visita, y lo máximo que hasta ahora había estado sin hacerlo era un día.
-Ahora lo comprendo-dije-, ha estado a tu lado mientras lo has necesitado, te has alimentado de él y él se ha alimentado de ti; cuando no le has hecho caso, ha languidecido poco a poco, y con toda seguridad haya muerto allí en sus regiones de origen.
Eladio Parreño Elías
25-Marzo-1989