Hector Alberto Villarruel
Poeta que considera el portal su segunda casa
LA CIEGA BELLEZA DEL MUNDO
Vuelve del sueño la lluvia pegajosa que sostiene su peso sobre las almas, agua lenta, dormida, inmensa, vacilante, aún niña, con las antiguas flores cuya pared se ha rajado
para dejarla ir lejos, donde vaya.
Risas de la extranjera de las barcas, la plata de sus rodillas con sal, la casi inexistente
bombacha de encaje negro, la partida del tren azotado en el humo de los brebajes y los fuertes adioses hasta el horizonte húmedo de su boca, hasta perderse el torbellino, la música desequilibrada por las olas y el viento de la memoria.En la torre del mercado la gorda
vendedora de sandías con un pañuelo rojo en la cabeza, y las hojas empezaron a volar otra vez para siempre, entre los dientes amarillos del tiempo, desde tales lugares y su gloria que
sostuvieron sus pechos, donde la lluvia tendió de nuevo el anillo insondable para la ceremonia.Y todo lo perdido es adorable y espléndido, el resplandor de Dios en la cáscara del camarón y la piedra,los soles pasionales, la ciega belleza sin consuelo del mundo.
Hector Alberto Villarruel.
Vuelve del sueño la lluvia pegajosa que sostiene su peso sobre las almas, agua lenta, dormida, inmensa, vacilante, aún niña, con las antiguas flores cuya pared se ha rajado
para dejarla ir lejos, donde vaya.
Risas de la extranjera de las barcas, la plata de sus rodillas con sal, la casi inexistente
bombacha de encaje negro, la partida del tren azotado en el humo de los brebajes y los fuertes adioses hasta el horizonte húmedo de su boca, hasta perderse el torbellino, la música desequilibrada por las olas y el viento de la memoria.En la torre del mercado la gorda
vendedora de sandías con un pañuelo rojo en la cabeza, y las hojas empezaron a volar otra vez para siempre, entre los dientes amarillos del tiempo, desde tales lugares y su gloria que
sostuvieron sus pechos, donde la lluvia tendió de nuevo el anillo insondable para la ceremonia.Y todo lo perdido es adorable y espléndido, el resplandor de Dios en la cáscara del camarón y la piedra,los soles pasionales, la ciega belleza sin consuelo del mundo.
Hector Alberto Villarruel.
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