nasme
Poeta fiel al portal
No era puntual aunque se lo propusiera. Siempre con prisa, siempre tarde. Más llegar una copa rota, no vas a tener un buen día, pensó, entre más de mil que tenía siempre la cabeza, una mala costumbre como cualquier otra. El pelo recogido le hacía parecer seria pero lo único cierto es que le provocaba dolor de cabeza. Por fin alguien interesante. la monotonía se rompía cuando llegaba el.
No hablaba demasiado, ya casi no hacía falta, se dejaba ver, entraba casi susurrando; bienes con zapatos de barro, pensaba ella, mientras atendía con su eterna sonrisa, a nuevos comensales, sabía muy bien fingir, porque estaba realmente triste.
Inmensamente, vacía, tan llena, se desborda por los dedos dejando un rastro blanco, negro ¿de qué color será la tristeza? No tiene estrellas en los ojos y los labios no dibujan sonrisas aunque lo parezca, no va con la cabeza altiva y el pelo no vuela al viento. Se le cayó la alegría un día y va sin tirita, nadie la consuela y sintiéndose morir finge, se le da muy bien fingir.
Cada vez era más susceptible a las críticas, le molestaba que alguien la juzgara sin más, sobre todo era el tono al decirlo, el reproche, el no lo has hecho bien, le dolía, una sensiblera de cuidado, impredecible.
-cuando termines no dejes vaso sucios, los tuve que recoger yo.
Ella dejó de hablar para volver la cabeza, se hizo un poco la tontaina, porque sinceramente no esperaba ese reproche.
-Lo siento no me di cuenta. Mientras, retenía la lagrimita graciosa siempre tan inoportuna.
-Ya, me imagino. Manolo le contestaba con esa apatía que le caracterizaba, era el jefe, por lo tanto podría mostrarse tosco no tenía muy buen día tampoco y no iba a consentir que alguien le hiciera caminar más de la cuenta. Se marchó por la puerta de la cocina cojeando.
No hay demasiado trabajo, la cosa estaba algo floja, por un día no pasa nada, ese pensamiento no le iba a ser sentir culpable. Que malo tenía soñar despierta mientras la dejaran, no renunciaba a poder hacerlo.
El patío era más grande que la casa, los geranios y las plantas verdes junto con las parras y la figura de la abuela sentada en la silla, haciéndose la trenza para luego enrollarla en forma de moño, era lo primero que venía su mente cuando pensaba en ella, la forma de mover la cabeza, era una manera involuntaria.
Amanecía y allí siempre había ese olor especial de los árboles del poblado cuando estaban floreciendo, el tazón con cola Cao y la coleta bien arriba con corona de florecillas color violeta, después del desayuno todos íbamos hacer nuestras tareas unos por la leche a la vaquería, de paso coger de la huerta algunas sandía, dar de comer a las gallinas y recoger los huevos, siempre íbamos de dos en dos, una recogía los huevos mientras otra vigilaba el gallo, que se tiraba siempre con las patas por delante, creo que lo hacía desde que mi Hermano Paco con mi primo José entraron a defender una gallina que tenía la cabeza y el cuello pelados de picarles las otras, nunca la dejaban comer y ellos entraron con sendos palos a arrear les a más de una, algunas quedaron con las patas arriba, desde entonces el gallo estaba bastante mosqueado. Mi tía pilar además de retorcer algún cuello de pollo para el guisado de ese día, lavaba la ropa por la mañana, sólo había agua dos horas diarias, mi abuela llenaba barreños y tinajas para todo el día, no parecía que se le diera mucha importancia a que no hubiera agua en los grifos, la lavadora era automática la llegabas de agua y ropa y podría estar dando vuelta hasta que la quitaras.
Para beber, cogíamos al morito, un mulo que ayudaba a mi tío, en la parcela, le poníamos los serones y las cantaras e íbamos a la fuente a llenarlas.
Después de comer todas debíamos dormir la siesta, cuando dormía mi abuela y mi tío nos levantábamos y mi prima Mari Pili hacía café negro con cubitos ¡qué bien nos sentíamos! Sabiendo que eso no lo deberíamos de hacer. Mi tío provechaba para decirnos que sabía un juego, pero que sólo se lo enseñaría a la que sacara el palito más corto, ninguna le hacíamos caso, sabíamos que no sería divertido.
Aprovechábamos que no estuviera para cogerle dinero suelto que guardaba debajo del colchón, todo el somier estaba lleno de calderilla, era nuestra manera de vengarnos porque nunca nos invitaba a nada, aunque fuera la feria. Íbamos corriendo a comprar a la única tienda que había en el poblado, que a veces el dueño hacía de taxista.
Cuando nos levantamos ese día, nos dimos cuenta de algo asqueroso, mi prima y yo habíamos dormido juntas, esa noche estuvimos jugando a los papás y mamás, pero eso no era lo asqueroso, habíamos machacado algo durmiendo, era pequeño y casi no se sabía bien que era, si no hubiera sido por el rabito, era un ratón de esos chicos, salimos corriendo a los barreños a frotarnos con jabón y estropajo, yo casi lloro porque lo habíamos matado, joo que asco.
Era sábado y por la tarde iríamos a misa, el cura sólo venía los sábados a la, iglesia de San Julián. Hoy tocaba lavarse la cabeza, todas teníamos el pelo largo, mi tia Pili se disponía a lavárnosla, no ponía cuatro patas en el suelo las rodillas en la toalla y el barreño debajo, cuando se cansaba de la postura se sentaba en nuestra espalda muerta de risa aunque a nosotros no nos daba mucha, la verdad, ese día todas podríamos llevarlo suelto, claro está si mi prima Mari Pili no se ponía a llorar, todavía no sé porqué.
Queda mucho tiempo y es el mejor día para escaquearse, mientras se seca el pelo podré subirme en la higuera a leer o escribir sin que nadie me moleste, los higos están buenísimos en este tiempo...
No hablaba demasiado, ya casi no hacía falta, se dejaba ver, entraba casi susurrando; bienes con zapatos de barro, pensaba ella, mientras atendía con su eterna sonrisa, a nuevos comensales, sabía muy bien fingir, porque estaba realmente triste.
Inmensamente, vacía, tan llena, se desborda por los dedos dejando un rastro blanco, negro ¿de qué color será la tristeza? No tiene estrellas en los ojos y los labios no dibujan sonrisas aunque lo parezca, no va con la cabeza altiva y el pelo no vuela al viento. Se le cayó la alegría un día y va sin tirita, nadie la consuela y sintiéndose morir finge, se le da muy bien fingir.
Cada vez era más susceptible a las críticas, le molestaba que alguien la juzgara sin más, sobre todo era el tono al decirlo, el reproche, el no lo has hecho bien, le dolía, una sensiblera de cuidado, impredecible.
-cuando termines no dejes vaso sucios, los tuve que recoger yo.
Ella dejó de hablar para volver la cabeza, se hizo un poco la tontaina, porque sinceramente no esperaba ese reproche.
-Lo siento no me di cuenta. Mientras, retenía la lagrimita graciosa siempre tan inoportuna.
-Ya, me imagino. Manolo le contestaba con esa apatía que le caracterizaba, era el jefe, por lo tanto podría mostrarse tosco no tenía muy buen día tampoco y no iba a consentir que alguien le hiciera caminar más de la cuenta. Se marchó por la puerta de la cocina cojeando.
No hay demasiado trabajo, la cosa estaba algo floja, por un día no pasa nada, ese pensamiento no le iba a ser sentir culpable. Que malo tenía soñar despierta mientras la dejaran, no renunciaba a poder hacerlo.
El patío era más grande que la casa, los geranios y las plantas verdes junto con las parras y la figura de la abuela sentada en la silla, haciéndose la trenza para luego enrollarla en forma de moño, era lo primero que venía su mente cuando pensaba en ella, la forma de mover la cabeza, era una manera involuntaria.
Amanecía y allí siempre había ese olor especial de los árboles del poblado cuando estaban floreciendo, el tazón con cola Cao y la coleta bien arriba con corona de florecillas color violeta, después del desayuno todos íbamos hacer nuestras tareas unos por la leche a la vaquería, de paso coger de la huerta algunas sandía, dar de comer a las gallinas y recoger los huevos, siempre íbamos de dos en dos, una recogía los huevos mientras otra vigilaba el gallo, que se tiraba siempre con las patas por delante, creo que lo hacía desde que mi Hermano Paco con mi primo José entraron a defender una gallina que tenía la cabeza y el cuello pelados de picarles las otras, nunca la dejaban comer y ellos entraron con sendos palos a arrear les a más de una, algunas quedaron con las patas arriba, desde entonces el gallo estaba bastante mosqueado. Mi tía pilar además de retorcer algún cuello de pollo para el guisado de ese día, lavaba la ropa por la mañana, sólo había agua dos horas diarias, mi abuela llenaba barreños y tinajas para todo el día, no parecía que se le diera mucha importancia a que no hubiera agua en los grifos, la lavadora era automática la llegabas de agua y ropa y podría estar dando vuelta hasta que la quitaras.
Para beber, cogíamos al morito, un mulo que ayudaba a mi tío, en la parcela, le poníamos los serones y las cantaras e íbamos a la fuente a llenarlas.
Después de comer todas debíamos dormir la siesta, cuando dormía mi abuela y mi tío nos levantábamos y mi prima Mari Pili hacía café negro con cubitos ¡qué bien nos sentíamos! Sabiendo que eso no lo deberíamos de hacer. Mi tío provechaba para decirnos que sabía un juego, pero que sólo se lo enseñaría a la que sacara el palito más corto, ninguna le hacíamos caso, sabíamos que no sería divertido.
Aprovechábamos que no estuviera para cogerle dinero suelto que guardaba debajo del colchón, todo el somier estaba lleno de calderilla, era nuestra manera de vengarnos porque nunca nos invitaba a nada, aunque fuera la feria. Íbamos corriendo a comprar a la única tienda que había en el poblado, que a veces el dueño hacía de taxista.
Cuando nos levantamos ese día, nos dimos cuenta de algo asqueroso, mi prima y yo habíamos dormido juntas, esa noche estuvimos jugando a los papás y mamás, pero eso no era lo asqueroso, habíamos machacado algo durmiendo, era pequeño y casi no se sabía bien que era, si no hubiera sido por el rabito, era un ratón de esos chicos, salimos corriendo a los barreños a frotarnos con jabón y estropajo, yo casi lloro porque lo habíamos matado, joo que asco.
Era sábado y por la tarde iríamos a misa, el cura sólo venía los sábados a la, iglesia de San Julián. Hoy tocaba lavarse la cabeza, todas teníamos el pelo largo, mi tia Pili se disponía a lavárnosla, no ponía cuatro patas en el suelo las rodillas en la toalla y el barreño debajo, cuando se cansaba de la postura se sentaba en nuestra espalda muerta de risa aunque a nosotros no nos daba mucha, la verdad, ese día todas podríamos llevarlo suelto, claro está si mi prima Mari Pili no se ponía a llorar, todavía no sé porqué.
Queda mucho tiempo y es el mejor día para escaquearse, mientras se seca el pelo podré subirme en la higuera a leer o escribir sin que nadie me moleste, los higos están buenísimos en este tiempo...
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