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un recuerdo

nasme

Poeta fiel al portal
Abrí los ojos, ¡leche que susto! Hay… mi tía se ríe no puede remediarlo le encantaba llamarnos así, los ojos desencajados los dientes apretados y las dos manos en forma de garras una a cada lado de la cara, joo como se reía de nosotros.
-Vamos que ya es hora de levantarse jejeje.
Yo estaba acostumbrada a sus cosas y no me molestaba estaba segura que algún día recordaría su forma con cariño.
Mamá Pilar siempre estaba levantada, a veces me preguntaba si dormía, muchas noches la oíamos quejarse, los calambres la mantenían despierta y se pasaba la noche entera dándose friegas con alcohol.
Cuando llegué al salón estaba el chindo, traía los rollos de encaje todas las semanas, unos cien, después de las tareas domesticas Mamá Pilar nos diría cuantos tendríamos que hacernos cada uno, luego merendaríamos y podríamos ir a jugar, estaba un poco harta del tío del encaje. Más de una noche nos quedábamos hasta las tantas porque el tío venía a otro día a recogerlo, el sueño nos podía y dábamos de cabezazos, tratando de estar despiertas, mi tía Pili más de una vez nos ponía un cubito por la espalda, abríamos los ojos como platos y ella se reía.
El claxon del panadero se oía repetidas veces, mamá Pilar saldría por el pan, anoche en la tinaja quedaba poco.
-Pedro dame dieciséis panes.
-Pilar por Dios cuantos tiene en la casa.
Yo estaba al lado de mi abuela mirando las tortas de azúcar tostada, mientras Pedro dejaba de poner panes en las talegas que llevaba mi abuela.
-Toma esta para ti, te invito yo.
Cuando la tuve en las manos, Salí corriendo hasta el final del patío donde estaban mis primos que al verla salieron de estampida a la furgoneta de Pedro, ese día las tortas de azúcar fueron para los nietos de Pilar y Pedro no volvió a invitarnos nunca.
Ese día recuerdo bien como nos quedamos algunos de los más pequeños fuera comiéndonoslas, vimos como más arriba el otro panadero atendía, a la muñeca que así la llamaba de apodo, cogía magdalenas a punta pala y las echaba en una bolsa mientras él le tocaba las tetas, nosotros nos reíamos pero no se lo dijimos a nadie, de esas cosas no se hablaban.
Cuando entremos en medio del patío había una montaña de cebollas, mis primos estaban alrededor de ellas como si fueran indios fumándose la pipa de la paz, todos con una cáscara de cebolla encima de la cabeza, yo también me senté y por supuesto me puse mi cáscara de cebolla, en el patío había un olor mezcla a jazmín y periquitos y el olor picante de la cebolla y el ruido de nuestras narices y el lagrimeo pasaba desapercibido con la risas de los mayores.
Esa noche dormimos en el salón, estaba todo sembrado de sacos de paja y mantas, por la mañana nos despertó unos chillidos que no habíamos oído nunca, la ventana del salón daba al patío y todos peguemos la nariz a la ventana, mi tío Julián estaba agarrado a un mango del cuchillo y lo sostenía fuertemente, pegado al cuello del cochino, mientras mi mamá Pilar le daba vueltas a la sangre que caía a chorro en un barreño, de vez en cuando le echaba sal y seguía removiendo, nuestros chillidos se confundían con los del animal, al cabo de un rato ya ni se movía ni chillaba. Se abrió la puerta del patio y salimos a curiosear más de cerca, a eso se refería mi abuela cuando nos dijo. –Nos vamos de matanza.
 
 


 
 
 
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No sé de quién fue la idea, pero pronto nos quitaron de en medio, nos fuimos los que estorbábamos, al cerro pimiento, estaba lleno de pinos y vimos una colmena, había una ermita pequeña, a la que no pudimos entrar y yo descubrí por casualidad, que allí vivía alguien importante, porque guardaba el agua en una casa, se veía por las ventanas y casi llegaba al techo, era la casa de San Julián, claro que ese buen santo necesitaba mucha para regar tantos pinos.
Mariposeábamos por allí y dimos con un cementerio ruinoso que nos hizo correr, por las columnas de pinos hasta que los talones nos dieron en el culo, el final del cerro lo delimitaba un canal que, mientras corríamos tuvimos que decidir entre saltarlo o tragárnoslo, ¿Quién habría puesto eso allí? para nuestra suerte, los que saltemos caímos en tierra recién arada.
Decidimos volver pero esta vez sin prisas, nos dividimos, mis primos se fueron al cementerio, nosotras mientras untábamos piedras con resina de los pinos y nos las pegamos en los zapatos, jugábamos a ser mayor. El tiempo pasó sin darnos cuenta, claro que... ¿Quién iba a pensar en el tiempo? Si no existía, nos fuimos cuando tuvimos hambre, lleguemos alborotando, ya estaba la sartén en medio del patío, entre los geranios, y las parras. Cada uno cogió una cuchara y entre paso adelante y otro atrás, según las indicaciones de mi tío Antonio acabemos hasta las orejas.
Me fui al corral, a la higuera, las gallinas cacareaban discutiendo entre sí y desde allí se percibía los olores de esos días, jazmín, condimentos y jabón casero...
 
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Abrí los ojos, ¡leche que susto! Hay… mi tía se ríe no puede remediarlo le encantaba llamarnos así, los ojos desencajados los dientes apretados y las dos manos en forma de garras una a cada lado de la cara, joo como se reía de nosotros.
-Vamos que ya es hora de levantarse jejeje.
Yo estaba acostumbrada a sus cosas y no me molestaba estaba segura que algún día recordaría su forma con cariño.
Mama Pilar siempre estaba levantada, a veces me preguntaba si dormía, muchas noches la oíamos quejarse, los calambres la mantenían despierta y se pasaba la noche entera dándose friegas con alcohol.
Cuando llegué al salón estaba el chindo, traía los rollos de encaje todas las semanas, unos cien, después de las tareas domesticas Mamá Pilar nos diría cuantos tendríamos que hacernos cada uno, luego merendaríamos y podríamos ir a jugar, estaba un poco harta del tío del encaje. Más de una noche nos quedábamos hasta las tantas porque el tío venía a otro día a recogerlo, el sueño nos podía y dábamos de cabezazos, tratando de estar despiertas, mi tía Pili más de una vez nos ponía un cubito por la espalda, abríamos los ojos como platos y ella se reía.
El claxon del panadero se oía repetidas veces, mamá Pilar saldría por el pan, anoche en la tinaja quedaba poco.
-Pedro dame dieciséis panes.
-Pilar por Dios cuantos tiene en la casa.
Yo estaba al lado de mi abuela mirando las tortas de azúcar tostada, mientras Pedro dejaba de poner panes en las talegas que llevaba mi abuela.
-Toma esta para ti, te invito yo.
Cuando la tuve en las manos, Salí corriendo hasta el final del patio donde estaban mis primos que al verla salieron de estampida a la furgoneta de Pedro, ese día las tortas de azúcar fueron para los nietos de Pilar y Pedro no volvió a invitarnos nunca.
Ese día recuerdo bien como nos quedamos algunos de los más pequeños fuera comiéndonoslas, vimos como más arriba el otro panadero atendía, a la muñeca que así la llamaba de apodo, cogía madalenas a punta pala y las echaba en una bolsa mientras él le tocaba las tetas, nosotros nos reíamos pero no se lo dijimos a nadie, de esas cosas no se hablaban.
Cuando entremos en medio del patio había una montaña de cebollas, mis primos estaban alrededor de ella como si fueran indios fumándose la pipa de la paz, todos con una cáscara de cebolla encima de la cabeza, yo también me senté y por supuesto me puse mi cáscara de cebolla, en el patio había un olor mezcla a jazmín y periquitos y el olor picante de la cebolla y el ruido de nuestras narices y el lagrimeo pasaba desapercibido con la risas de los mayores.
Esa noche dormimos en el salón, estaba todo sembrado de sacos de paja y mantas, por la mañana nos despertó unos chillidos que no habíamos oído nunca, la ventana del salón daba al patío y todos peguemos la nariz a la ventana, mi tío Julián estaba agarrado a un mango del cuchillo y lo sostenía fuertemente, pegado al cuello del cochino, mientras mi mamá Pilar le daba vueltas a la sangre que caía a chorro en un barreño, de vez en cuando le echaba sal y seguía removiendo, nuestros chillidos se confundían con los del animal, al cabo de un rato ya ni se movía ni chillaba. Se abrió la puerta del patio y salimos a curiosear más de cerca, a eso se refería mi abuela cuando nos dijo. –Nos vamos de matanza.
 
 


 
 
 
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No sé de quién fue la idea, pero pronto nos quitaron de en medio, nos fuimos los que estorbábamos, al cerro pimiento, estaba lleno de pinos y vimos una colmena, había una ermita pequeña, a la que no pudimos entrar y yo descubrí por casualidad, que allí vivía alguien importante, porque guardaba el agua en una casa, se veía por las ventanas y casi llegaba al techo, era la casa de San Julián, claro que ese buen santo necesitaba mucha para regar tantos pinos.
Mariposeábamos por allí y dimos con un cementerio ruinoso que nos hizo correr, por las columnas de pinos hasta que los talones nos dieron en el culo, el final del cerro lo delimitaba un canal que, mientras corríamos tuvimos que decidir entre saltarlo o tragárnoslo, ¿Quién habría puesto eso allí? para nuestra suerte, los que saltemos caímos en tierra recién arada.
Decidimos volver pero esta vez sin prisas, nos dividimos, mis primos se fueron al cementerio, nosotras mientras untábamos piedras con resina de los pinos y nos las pegamos en los zapatos, jugábamos a ser mayor. El tiempo pasó sin darnos cuenta claro que, ¿quién iba a pensar en el tiempo? Si no existía, nos fuimos cuando tuvimos hambre, lleguemos alborotando, ya estaba la sartén en medio del patio, entre los geranios, y las parras. Cada uno cogió una cuchara y entre paso adelante y otro atrás, según las indicaciones de mi tío Antonio acabemos hasta las orejas.
Me fui al corral, a la higuera, las gallinas cacareaban discutiendo entre sí y desde allí se percibía los olores de esos días, jazmín, condimentos y jabón casero....


Recuerdos de una infancia con olor a vacaciones en el campo, allí me parece verte pequeña y traviesa, con los primos, los hermanos, la abuela, el tío, aquel panadero...pintas tan bien tu relato que es imposible no transportarse hasta ese lugar donde jugaban con las cebollas, donde los pinos tienen su momento y el tiempo no cuenta porque no existe simplemente...
Gratisimo leerte.
Estrellas a tu pluma.
Un abrazo.
ana
 
Abrí los ojos, ¡leche que susto! Hay… mi tía se ríe no puede remediarlo le encantaba llamarnos así, los ojos desencajados los dientes apretados y las dos manos en forma de garras una a cada lado de la cara, joo como se reía de nosotros.
-Vamos que ya es hora de levantarse jejeje.
Yo estaba acostumbrada a sus cosas y no me molestaba estaba segura que algún día recordaría su forma con cariño.
Mama Pilar siempre estaba levantada, a veces me preguntaba si dormía, muchas noches la oíamos quejarse, los calambres la mantenían despierta y se pasaba la noche entera dándose friegas con alcohol.
Cuando llegué al salón estaba el chindo, traía los rollos de encaje todas las semanas, unos cien, después de las tareas domesticas Mamá Pilar nos diría cuantos tendríamos que hacernos cada uno, luego merendaríamos y podríamos ir a jugar, estaba un poco harta del tío del encaje. Más de una noche nos quedábamos hasta las tantas porque el tío venía a otro día a recogerlo, el sueño nos podía y dábamos de cabezazos, tratando de estar despiertas, mi tía Pili más de una vez nos ponía un cubito por la espalda, abríamos los ojos como platos y ella se reía.
El claxon del panadero se oía repetidas veces, mamá Pilar saldría por el pan, anoche en la tinaja quedaba poco.
-Pedro dame dieciséis panes.
-Pilar por Dios cuantos tiene en la casa.
Yo estaba al lado de mi abuela mirando las tortas de azúcar tostada, mientras Pedro dejaba de poner panes en las talegas que llevaba mi abuela.
-Toma esta para ti, te invito yo.
Cuando la tuve en las manos, Salí corriendo hasta el final del patio donde estaban mis primos que al verla salieron de estampida a la furgoneta de Pedro, ese día las tortas de azúcar fueron para los nietos de Pilar y Pedro no volvió a invitarnos nunca.
Ese día recuerdo bien como nos quedamos algunos de los más pequeños fuera comiéndonoslas, vimos como más arriba el otro panadero atendía, a la muñeca que así la llamaba de apodo, cogía madalenas a punta pala y las echaba en una bolsa mientras él le tocaba las tetas, nosotros nos reíamos pero no se lo dijimos a nadie, de esas cosas no se hablaban.
Cuando entremos en medio del patio había una montaña de cebollas, mis primos estaban alrededor de ella como si fueran indios fumándose la pipa de la paz, todos con una cáscara de cebolla encima de la cabeza, yo también me senté y por supuesto me puse mi cáscara de cebolla, en el patio había un olor mezcla a jazmín y periquitos y el olor picante de la cebolla y el ruido de nuestras narices y el lagrimeo pasaba desapercibido con la risas de los mayores.
Esa noche dormimos en el salón, estaba todo sembrado de sacos de paja y mantas, por la mañana nos despertó unos chillidos que no habíamos oído nunca, la ventana del salón daba al patío y todos peguemos la nariz a la ventana, mi tío Julián estaba agarrado a un mango del cuchillo y lo sostenía fuertemente, pegado al cuello del cochino, mientras mi mamá Pilar le daba vueltas a la sangre que caía a chorro en un barreño, de vez en cuando le echaba sal y seguía removiendo, nuestros chillidos se confundían con los del animal, al cabo de un rato ya ni se movía ni chillaba. Se abrió la puerta del patio y salimos a curiosear más de cerca, a eso se refería mi abuela cuando nos dijo. –Nos vamos de matanza.
 
 


 
 
 
 sigue........
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
No sé de quién fue la idea, pero pronto nos quitaron de en medio, nos fuimos los que estorbábamos, al cerro pimiento, estaba lleno de pinos y vimos una colmena, había una ermita pequeña, a la que no pudimos entrar y yo descubrí por casualidad, que allí vivía alguien importante, porque guardaba el agua en una casa, se veía por las ventanas y casi llegaba al techo, era la casa de San Julián, claro que ese buen santo necesitaba mucha para regar tantos pinos.
Mariposeábamos por allí y dimos con un cementerio ruinoso que nos hizo correr, por las columnas de pinos hasta que los talones nos dieron en el culo, el final del cerro lo delimitaba un canal que, mientras corríamos tuvimos que decidir entre saltarlo o tragárnoslo, ¿Quién habría puesto eso allí? para nuestra suerte, los que saltemos caímos en tierra recién arada.
Decidimos volver pero esta vez sin prisas, nos dividimos, mis primos se fueron al cementerio, nosotras mientras untábamos piedras con resina de los pinos y nos las pegamos en los zapatos, jugábamos a ser mayor. El tiempo pasó sin darnos cuenta claro que, ¿quién iba a pensar en el tiempo? Si no existía, nos fuimos cuando tuvimos hambre, lleguemos alborotando, ya estaba la sartén en medio del patio, entre los geranios, y las parras. Cada uno cogió una cuchara y entre paso adelante y otro atrás, según las indicaciones de mi tío Antonio acabemos hasta las orejas.
Me fui al corral, a la higuera, las gallinas cacareaban discutiendo entre sí y desde allí se percibía los olores de esos días, jazmín, condimentos y jabón casero....



Un relato entretenido muy divertido me hizo recordar ese personaje familiar que todos tenemos en el recuerdo, gracias por compartirnos esta historia…saludos!
 
Recuerdos de una infancia con olor a vacaciones en el campo, allí me parece verte pequeña y traviesa, con los primos, los hermanos, la abuela, el tío, aquel panadero...pintas tan bien tu relato que es imposible no transportarse hasta ese lugar donde jugaban con las cebollas, donde los pinos tienen su momento y el tiempo no cuenta porque no existe simplemente...
Gratisimo leerte.
Estrellas a tu pluma.
Un abrazo.
ana

Gracias Ana, la verdad que me alegra, traté de recordar todo no quise olvidar detalles, seguro que alguno si, pero
en esencia soy yo. Una alegria encontrarte.
 
Un relato entretenido muy divertido me hizo recordar ese personaje familiar que todos tenemos en el recuerdo, gracias por compartirnos esta historia…saludos!

Gracias a ti por acercarte hasta mis lineas,
mi preciosa abuela, es la que tiene la culpa de que yo me sintiéra tan felíz.
Un abrazo, desde mi Andalucía.
 
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