La Corporación
Poeta veterano
Desde el Evaristo Corumelo,
Ardo en el bosque y siento frío; el de tantas cosas que pueblan mis bolsillos esperando una ubicación correcta, una segunda oportunidad. Pregunté a Facundo, el guarda, si esto era normal y me contestó con una sonrisa:
-Sí, aquí en este lugar ocurren sucesos extraños.
¡El ha vivido tantas situaciones! San Antonio de Guarduja le encomendó la vigilancia y cuidado de los árboles porque antes Facundo fue veleta de campanario y saliente de río y hablaba con los vientos para mantenerse en forma de lo que acontecía en el mundo.
Así se enteró que Rolando de Furibús dejó vacante la plaza de guarda en el bosque de Trevor, al sur de los Andes, donde los alisios forman una muralla que no deja pasar alforja de caminante sin que pague el debido tributo a las hojas. Y subido en la última grulla el emigrante se dirigió al castillo para pedir al señor de aquellas tierras plaza. Presentó sus armas, leves atisbos de dolor. El examen fue leve, se le preguntó por las mantequillas que forma El Espeso en los Jardines de Santa Telva.
Y al día siguiente según me dijo, que yo no me invento nada, comenzó su trabajo que no era otro que descolgar unos raros pájaros desde sus cabezas y digo raros porque no tenían alas ni plumas. Facundo les quitaba la soga del cuello y pacientemente los sumergía en la tierra después de lastrar sus pies con las margaritas sobrantes; luego disponía unos palos en forma de cruz y mandaba, si algo había en sus bolsillos, a los parientes más cercanos una nota de condolencia; nunca lloró.
Pero no quiero desviarme del tema, les decía que pregunté a Facundo muchas cosas y entre ellas por esos extraños seres. Me contestó que todos eran buscadores de la fruta Rex Concienciarium que, la leyenda asevera, cuelga de unos árboles en forma de pene que sólo vegetan en Trevor. Indefectiblemente, cuando encontraban la fruta enloquecían y, como murciélagos, se colgaban de los árboles.
Creo que volveré pronto a este bosque dado que crecen en él hongos muy sabrosos. Ya don Antonio Caréme hablaba de ellos entre sus fogones. Según Facundo tienen origen en los que habitaban los pies de Jesucristo. Los trajo como reliquia una monja agustina tocada por el mal de amores.
También vendré a recoger el agua bendita que viene fuentes abajo, después de que santa Telva se lave, aguas arriba, su nido que santos varones atestiguan vigoroso. Luego, llegando a casa, pondré el caldero al fuego, meteré unas codornices, nabos, zanahorias y le daré un aroma a viento ruso para dejarlo cocer varias horas hasta que el día me parezca corto, tan corto que me den ganas de volver al bosque de Trevor a ajustarle las cuentas a Santa Telva. Me cubriré de su barro y así amaneceremos los dos mucho más temprano.
san armilo b.
pd: me encontré algunos pelillos en la sopa, pero de eso ya hablaremos en otra ocasión.
Ardo en el bosque y siento frío; el de tantas cosas que pueblan mis bolsillos esperando una ubicación correcta, una segunda oportunidad. Pregunté a Facundo, el guarda, si esto era normal y me contestó con una sonrisa:
-Sí, aquí en este lugar ocurren sucesos extraños.
¡El ha vivido tantas situaciones! San Antonio de Guarduja le encomendó la vigilancia y cuidado de los árboles porque antes Facundo fue veleta de campanario y saliente de río y hablaba con los vientos para mantenerse en forma de lo que acontecía en el mundo.
Así se enteró que Rolando de Furibús dejó vacante la plaza de guarda en el bosque de Trevor, al sur de los Andes, donde los alisios forman una muralla que no deja pasar alforja de caminante sin que pague el debido tributo a las hojas. Y subido en la última grulla el emigrante se dirigió al castillo para pedir al señor de aquellas tierras plaza. Presentó sus armas, leves atisbos de dolor. El examen fue leve, se le preguntó por las mantequillas que forma El Espeso en los Jardines de Santa Telva.
Y al día siguiente según me dijo, que yo no me invento nada, comenzó su trabajo que no era otro que descolgar unos raros pájaros desde sus cabezas y digo raros porque no tenían alas ni plumas. Facundo les quitaba la soga del cuello y pacientemente los sumergía en la tierra después de lastrar sus pies con las margaritas sobrantes; luego disponía unos palos en forma de cruz y mandaba, si algo había en sus bolsillos, a los parientes más cercanos una nota de condolencia; nunca lloró.
Pero no quiero desviarme del tema, les decía que pregunté a Facundo muchas cosas y entre ellas por esos extraños seres. Me contestó que todos eran buscadores de la fruta Rex Concienciarium que, la leyenda asevera, cuelga de unos árboles en forma de pene que sólo vegetan en Trevor. Indefectiblemente, cuando encontraban la fruta enloquecían y, como murciélagos, se colgaban de los árboles.
Creo que volveré pronto a este bosque dado que crecen en él hongos muy sabrosos. Ya don Antonio Caréme hablaba de ellos entre sus fogones. Según Facundo tienen origen en los que habitaban los pies de Jesucristo. Los trajo como reliquia una monja agustina tocada por el mal de amores.
También vendré a recoger el agua bendita que viene fuentes abajo, después de que santa Telva se lave, aguas arriba, su nido que santos varones atestiguan vigoroso. Luego, llegando a casa, pondré el caldero al fuego, meteré unas codornices, nabos, zanahorias y le daré un aroma a viento ruso para dejarlo cocer varias horas hasta que el día me parezca corto, tan corto que me den ganas de volver al bosque de Trevor a ajustarle las cuentas a Santa Telva. Me cubriré de su barro y así amaneceremos los dos mucho más temprano.
san armilo b.
pd: me encontré algunos pelillos en la sopa, pero de eso ya hablaremos en otra ocasión.
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