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Castillo de ensueños

ebeth

Poeta recién llegado
Me quede dormida antes del final del cuento de hadas. Me puse a soñar cosas tan extrañas; flores de muchos colores, insectos de tamaño descomunal y personitas de una particular forma de vestir y hablar. Me acerque a ellos con algo de miedo y desconcierto era un mundo nuevo para mí.

Parecía un maravilloso mundo perdido en un reino tan lejano, era otro aire, otro ambiente, como si fuese una nueva oportunidad de poder empezar de nuevo. Encontré un castillo perdido en el centro de aquel reino. Parecía olvidado, ya que estaba envuelto entre un ramal de espinas de bellas rosas rojas. Que parecían advertir que el paso era peligroso. ¿Qué más podía perder?; sentía dentro de mí una extraña sensación por encontrar el secreto que estaba dentro.

Junte un poco de coraje y comencé a rodear el sitio hasta descubrir que en un rincón se hallaba una parte sin rosas que parecía marchita, ya que podían observarse los pétalos secos y quebrados sobre el suelo. Formaban un camino que indicaba una puerta de piedra.

Me agache y empecé a correr la piedra para poder adentrarme en el castillo que estaba en ese momento siendo el causante de mi curiosidad. Un silencio sepulcral se apoderaba de aquel viejo edificio.

Estaba inmerso en la oscuridad total, pero se podía divisar un pasillo amplio cubierto de telarañas y polvo en todas las piezas que amueblaban el castillo.

Había retratos pero sin boca, o con la cara cubierta, algunos de espalda, una sensación extraña me advertía que no continúe. En un cuadro me vi yo, estaba sentada sobre un almohadón con una sonrisa radiante y un particular brillo que tenía en mis ojos. Era tan feliz. Pero no recordaba cuando había sido. Bajo este viejo cuadro encontré una insignia que decía mi nombre y la fecha de esa foto.

Ahí tan solo tenía dos años. Pero no lograba recordar en qué momento lo fui. De pronto tras de mí al final de aquel largo pasillo, escuche pasos que se acercaban hacia mí. Una viejita con bastón y túnica negra. Me miro, pidió permiso y se descolgó el cuadro de la pared. Mi cuadro. Le pregunte qué lugar era este. Y por que llego ella ahí.

La viejita dio medio vuelta y se fue con el cuadro rumbo a una habitación que estaba a lo lejos. Me indico que la siga. A medida que íbamos recorriendo el pasillo veía más cuadros todos míos pero ninguno tenía boca. El único que la tenía era el que estaba entre las manos de la viejita.

Al entrar al cuarto la viejita me señalo una chimenea en la que un fuego rosado salía de las brasas ardiendo sobre esta. Me dijo que ese fuego era el del olvido y que cada retrato que colgaba de cada pared era un recuerdo. Me entrego mi cuadro y me dijo que ese era el único recuerdo que quedaba de mi infancia y el único en el que fui feliz. Le pregunte qué momento fue ese, y ella me dijo que fue en el momento en el que aprendí a decir mama.

En ese instante comencé a recordar todo. Yo fui feliz hasta el día en que mama abrió la puerta y se marchó. Desde entonces siempre que puedo voy a visitar mi castillo en compañía de la viejita a quemar recuerdos que quizás me lastiman.
 
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Me quede dormida antes del final del cuento de hadas. Me puse a soñar cosas tan extrañas; flores de muchos colores, insectos de tamaño descomunal y personitas de una particular forma de vestir y hablar. Me acerque a ellos con algo de miedo y desconcierto era un mundo nuevo para mí.
Parecía un maravilloso mundo perdido en un reino tan lejano, era otro aire, otro ambiente, como si fuese una nueva oportunidad de poder empezar de nuevo. Encontré un castillo perdido en el centro de aquel reino. Parecía olvidado, ya que estaba envuelto entre un ramal de espinas de bellas rosas rojas. Que parecían advertir que el paso era peligroso. ¿Qué más podía perder?; sentía dentro de mí una extraña sensación por encontrar el secreto que estaba dentro.
Junte un poco de coraje y comencé a rodear el sitio hasta descubrir que en un rincón se hallaba una parte sin rosas que parecía marchita, ya que podían observarse los pétalos secos y quebrados sobre el suelo. Formaban un camino que indicaba una puerta de piedra.
Me agache y empecé a correr la piedra para poder adentrarme en el castillo que estaba en ese momento siendo el causante de mi curiosidad. Un silencio sepulcral se apoderaba de aquel viejo edificio.
Estaba inmerso en la oscuridad total, pero se podía divisar un pasillo amplio cubierto de telarañas y polvo en todas las piezas que amueblaban el castillo.
Había retratos pero sin boca, o con la cara cubierta, algunos de espalda, una sensación extraña me advertía que no continúe. En un cuadro me vi yo, estaba sentada sobre un almohadón con una sonrisa radiante y un particular brillo que tenía en mis ojos. Era tan feliz. Pero no recordaba cuando había sido. Bajo este viejo cuadro encontré una insignia que decía mi nombre y la fecha de esa foto.
Ahí tan solo tenía dos años. Pero no lograba recordar en qué momento lo fui. De pronto tras de mí al final de aquel largo pasillo, escuche pasos que se acercaban hacia mí. Una viejita con bastón y túnica negra. Me miro, pidió permiso y se descolgó el cuadro de la pared. Mi cuadro. Le pregunte qué lugar era este. Y por que llego ella ahí.
La viejita dio medio vuelta y se fue con el cuadro rumbo a una habitación que estaba a lo lejos. Me indico que la siga. A medida que íbamos recorriendo el pasillo veía más cuadro todos míos pero ninguno tenía boca. El único que la tenía era el que estaba entre las manos de la viejita.
Al entrar al cuadro la viejita me señalo una chimenea en la que un fuego rosado salía de las brasa ardiendo sobre esta. Me dijo que ese fuego era el del olvido y que cada retrato que colgaba de cada pared era un recuerdo. Me entrego mi cuadro y me dijo que ese era el único recuerdo que quedaba de mi infancia y el único en el que fui feliz. Le pregunte qué momento fue ese, y ella me dijo que fue en el momento en el que aprendí a decir mama.
En ese instante comencé a recordar todo. Yo fui feliz hasta el día en que mama abrió la puerta y se marcho. Desde entonces siempre que puedo voy a visitar mi castillo en compañía de la viejita a quemar recuerdos que quizás me lastiman.




buen escrito, hablas muchos de los viejos jajaja besos
 
Me gusta tu prosa, todos o casi todos alguna vez hemos soñado con ese castillo donde refugiarnos, pero ese final me entristecio niña.Buena prosa, ESE NIÑO QUE TRAES EN TUS ENTRAÑAS ES TU OBRA MAESTRA FELICIDADES EBETH. UN ABRAZO BIEN GRANDOTE
 
Muy melancólica esta prosa....relatas demasiado el tema de las rosas y marian tiene razón mucho de viejitas...eso no cuenta. Saludos y besos desde Argentina!!!
 
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