Mykthlan
Poeta recién llegado
El mar es inductor de sueños larvarios, a saber, que soy solo un cefalópodo somnoliento de cara bonita; mas tal es mi suerte, que de mar no salgo, ni de larvas soy.
No muy a menudo, me sacudo mi letargo de caracol, que algunas lenguas depravadas han denominado: letargo de caraculito. Esos rumores me son indiferentes, de hecho, permítaseme adjudicarme el honorable titulo de hibernador de los mares –aún desconozco si de mi naturaleza parte esta noble distinción o no responde sino a una anomalía genética- glupurup.
Nada ha pinchado peor mis costras que las muchedumbres multicolores de pececitos afeminados que fastidian como piedra en el tentáculo, los momentos más sombríos de mi letargo.
En realidad, mi mimetismo me hace afín, solo a los luminiscentes de las profundidades, los seres inframundisticos; si acaso obedeciera a los mitos de hermanamiento promulgados por viejos y roñosos cefalópodos, les diría que somos algo así como de la misma saliva; lamentablemente –o afortunadamente- soy irreductible para estas patéticas leyendas, los viejos camaradas del mundo abisopelágico son solo eso, camaradas con una misma devoción: la devoción al abismo.
Solo hay una cosa que admito con la más completa certeza: el sacrificio maternal entre mis congéneres. He visto por mis propios ojos, como las hembras cefalópodas, se dan muerte en el instante mismo que eclosionan sus crías, con una mortal auto inducción de veneno, que las hacen un apetitoso banco de proteínas para sus vástagos.
Buah, demonios es un hecho lamentable que solo sea permisible degustar aquel manjar apetitoso una sola vez en la vida, cuando no es siquiera posible apreciar el maridaje y los matices, con tan pequeña boca; por ello aquí me opongo con denuedo y disgusto extremo ante las disposiciones de la naturaleza.
Es un hecho patente –y os lo rectificara cualquier otra bestia de mar- que los arrecifes se han vuelto incómodos y repugnantemente poblados. Mi amigo -probablemente el único- el reverendísimo pez globo, aún con su vestido de púas y sus ojos patéticos, no ha dejado de echarme en cara que no tengo otro destino que la locura, si sigo sometido a este ritmo de vida tan ocioso y maldito.
Lo veo sesgado sin embargo, a mi no me falta nada, es muy probable que a él si, por ello procede de tal forma conmigo. Por aquello de maldito, no siento la menor preocupación, más maldito, por no decir, más idiota es su proceder.
Yo así soy feliz, me importa un bledo, o más bien dicho, un pito, que me apoden “el pul-pito de hombre”, es denigrante hacer alusión a eso que se llama “hombre” en mí, aún más que comer erradamente heces de ballena, o si se prefiere, la mierda de cualquier individuo marino.
Soy cefalópodo y soy feliz, soy un pulpo policromo, mimético, soporífero, sombrío, filósofo y cabrón, hermosos anillos de todos colores cubren la superficie de mi ser añil, este ser que no te pide nada, y nunca nada le ha sobrado. Retorno al letargo. Me largo.
Fiuuzzzzz......
No muy a menudo, me sacudo mi letargo de caracol, que algunas lenguas depravadas han denominado: letargo de caraculito. Esos rumores me son indiferentes, de hecho, permítaseme adjudicarme el honorable titulo de hibernador de los mares –aún desconozco si de mi naturaleza parte esta noble distinción o no responde sino a una anomalía genética- glupurup.
Nada ha pinchado peor mis costras que las muchedumbres multicolores de pececitos afeminados que fastidian como piedra en el tentáculo, los momentos más sombríos de mi letargo.
En realidad, mi mimetismo me hace afín, solo a los luminiscentes de las profundidades, los seres inframundisticos; si acaso obedeciera a los mitos de hermanamiento promulgados por viejos y roñosos cefalópodos, les diría que somos algo así como de la misma saliva; lamentablemente –o afortunadamente- soy irreductible para estas patéticas leyendas, los viejos camaradas del mundo abisopelágico son solo eso, camaradas con una misma devoción: la devoción al abismo.
Solo hay una cosa que admito con la más completa certeza: el sacrificio maternal entre mis congéneres. He visto por mis propios ojos, como las hembras cefalópodas, se dan muerte en el instante mismo que eclosionan sus crías, con una mortal auto inducción de veneno, que las hacen un apetitoso banco de proteínas para sus vástagos.
Buah, demonios es un hecho lamentable que solo sea permisible degustar aquel manjar apetitoso una sola vez en la vida, cuando no es siquiera posible apreciar el maridaje y los matices, con tan pequeña boca; por ello aquí me opongo con denuedo y disgusto extremo ante las disposiciones de la naturaleza.
Es un hecho patente –y os lo rectificara cualquier otra bestia de mar- que los arrecifes se han vuelto incómodos y repugnantemente poblados. Mi amigo -probablemente el único- el reverendísimo pez globo, aún con su vestido de púas y sus ojos patéticos, no ha dejado de echarme en cara que no tengo otro destino que la locura, si sigo sometido a este ritmo de vida tan ocioso y maldito.
Lo veo sesgado sin embargo, a mi no me falta nada, es muy probable que a él si, por ello procede de tal forma conmigo. Por aquello de maldito, no siento la menor preocupación, más maldito, por no decir, más idiota es su proceder.
Yo así soy feliz, me importa un bledo, o más bien dicho, un pito, que me apoden “el pul-pito de hombre”, es denigrante hacer alusión a eso que se llama “hombre” en mí, aún más que comer erradamente heces de ballena, o si se prefiere, la mierda de cualquier individuo marino.
Soy cefalópodo y soy feliz, soy un pulpo policromo, mimético, soporífero, sombrío, filósofo y cabrón, hermosos anillos de todos colores cubren la superficie de mi ser añil, este ser que no te pide nada, y nunca nada le ha sobrado. Retorno al letargo. Me largo.
Fiuuzzzzz......
Última edición: