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Luis Libra — Blog

Luis Libra
Luis Libra — Blog
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Después que nos estallen los ventrículos y las pupilas,
cuando vomitemos las velas y tres mil navidades de nieves rosas
y terciopelo roído.

Luego que los niños manchados del destino
aneguen de carroña nuestras conciencias de papel mojado
y nuestros mudos hermanos
nos rompan las tripas en su corredor de muertes inoxidables
sin ley ni luto.

Cuando los pobres adoren a sus mesías de látex
y los idiotas que maman de las venas del monstruo
se extingan en el plasma del viento.

Cuando los robots de carne colapsen entre gigatoneladas de ego y ceniza,
y un verso disidente y caprichoso taladre
el plástico de sus bramidos
-y sus desafinados cantos- al eclosionar la mañana...

Entonces mi mundo será catarsis de luz,
decreto de futuro,
emplumado dios apache,
deshorario de trenes,
humo azul...

Y mientras:
Ahogaremos con nuestro aliento la displasia y
los retrovisores de los autobuses urbanos,
follaremos como olas y medusas sobre la arena de un cristal vengador e irrompible,
y fumaremos ocasos rojo guindilla
en cualquier playa anochecida y desnuda...

Y mientras
mi poesía sudará música triste al espejo de tu voz.


Y cada instante
y cada sol,
y cada aliento,
y en cada piel,
y en cada piel
será flor que muerde al desierto.
Séneca descifrando sueños de mariposa
Dylan mandando callar al abismo.

El nudo anclado en la garganta
de un hombre que mira las estrellas
con fe de cucaracha
y lágrimas de dinosaurio.

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Topsy, Coney Island

Ojalá pudiéramos volver a las buenas costumbres
cuando no había mexicanos invadiendo nuestro maravilloso balneario
y el sitio de salchichas lo atendían manos blanquísimas, como las nuestras Podíamos interactuar con los igorrotes semidesnudos detrás de una cerca
vocalizar un simple saludo a ver si entendían y reírnos de los fenómenos
que adoraban nuestra atención: pateábamos hombres pequeños
jalábamos las barbas de las mujeres bailábamos con cuerpos de dos cabezas por unos cuantos centavos
Y siempre me acordaré
de las carcajadas que nos sacaba el domador de la elefanta cuando le daba whisky
y cigarrillos encendidos

hasta el día en que ella lo aplastó
sin piedad alguna Aunque eso no nos haría dejar de divertirnos
y hacer el mejor espectáculo de la costa este La vestimos para la ocasión
sandalias de la muerte
La alimentamos para la ocasión

zanahorias con cianuro
Y demostramos que la corriente alterna era el mejor invento de la humanidad
seis mil seiscientos voltios

después, claro, del cine

Electrocuting an elephant, 1903
porque podíamos recrear a lo largo de todo el país ese magnífico día
en el que nos hicimos respetar como raza y derribamos a esa criatura colosal
con el cerebro del tamaño de un bebé.

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Como Tom Hanks en Forrest Gump
cuando al fin dejó de correr,
un día decides que ya está bien,
que ya no hay cuerpo ni alma
que soporte tanta carrera inútil,
como si el camino se volviera
de repente una jodida pared
vertical, como cien caimanes
mordiéndote los talones
o los callos afeando al mismísimo
corazón. Como si ya no te quedara
un solo hueso por romperte
y aún no has llegado a ningún sitio
donde tumbarte bajo cualquier amable lluvia
primaveral y mirar la vida
como un cuadro que se pinta a sí mismo.
Recuerdas ayer cuando esprintabas
hasta la misma pechera de tu dios,
cuando bailabas en alucinados círculos
sobre el hígado enfermo del mundo,
y los semáforos en rojo, las calles prohibidas y las trampas
lubrificaban tus células de guepardo
o de joven tigre enjaulado.
Como cuando aterrizabas versos
tras aquellas memorables duchas de luna llena
o habitabas ese viejo piso
sin dirección, de interminable pasillo,
y sus infinitas habitaciones con el cartel
en sus puertas de no molestar;
pero a tu paso se abrían
y en cada habitación clavabas tu bandera
a la velocidad de los que no saben
retroceder ni conjugar las estancias.
Porque nunca supiste vivir sin correr
y sueñas que corres,
pero ya solo sueñas
porque el flato acuchilla el motor
gastado de antes
y los pulmones explotan.
Y es entonces cuando alguien te ofrece
te regala unas nuevas zapatillas
y te dice que hay que morir corriendo,
pero tú le dices que ya has muerto
demasiadas veces, que el problema
son el puto sobrepeso de tu alma y tus pies,
que es hora de dejarte volar por la gravedad del sol.
Y esa persona te dice que solo vuelan
los pájaros y los aviones,
que tú no eres un pájaro ni un avión
ni estás muerto aún,
que son zapatillas mágicas.
Suspiras y ríes, te vuelves y revuelves.
Pero aun así aceptas las dichosas zapatillas.
Y por un momento ya no te duele nada.
Reconoces que son hermosas.
Y aunque sabes que son de mentira
te las calzas una vez más
por ella, solamente por ella
(y a lo mejor también un poco por ti)

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BUITRES EN MI JARDÍN

El día que Supermán se enganchó a la marihuana
en mi reino descorchábamos caprinos
desde los campanarios, aplaudíamos
el acuchillamiento de mamíferos astados
y practicábamos el harakiri (en vivo) a los cerdos.
Por aquellos años yo dibujaba sueños
y odiaba a los niños con olor a mierda de vaca
que chorreaban hostias tras la cerquilla
aledaña a un colegio de piedra podrida
(materia de los enlatados cerebros de sus progenitores)
En la primera cadena explotaba el espíritu
de la paloma en doble estéreo
e improvisadas distorsiones a una sola mano.
Nuestros padres se emborrachaban
con vino de rosas y aromas de sangre seca:
solera que hervía la bodega de las parroquias obreras
y la festividad anual de la Casa de campo.
En aquellos años, a nuestros jóvenes mayores
aún les sangraban los himnos a capela,
se creían a pie juntillas la pirotecnia libertaria
y los anuncios musicados de nocilla.
Ya entonces se fraguaban cambios terminales
en el córtex de los barrios,
mientras al sur los negritos del Colacao se empeñaban
en seguir muriendo antes de los cuarenta.
La floreciente dislexia existencial ya presagiaba
el apocalipsis en los imberbes pechos.
La engominada hornada de los lacoste
acumulaban matrículas de deshonor
en evoluciones y ciencias políticas.
Los demás remaban hacia el horizonte
que dictaban el anti-inmovilismo social
y las feromonas de ocasión.
Más tarde, yo aún aprendía a abrocharme
los verbos en frecuencia modulada,
engordando a golpe de tendón y uña
la lista de mis futuros crímenes contra la humanidad
y la línea crediticia del Corteinglés.
A las estatuas se les cayeron los anillos,
a los armarios las puertas
y a otros el reloj del amor por las alcantarillas
de algún paraíso en rebajas.
Y Supermán, al fin desintoxicado,
estrellaba sus lágrimas de acero contra el techo
del planetario de su vieja ciudad technicolor.
Allá por mi reino aún se mojaban los sexos
y se empalmaban los miembros viriles
de los machos ibéricos
cuando un ser de cuatro patas doblaba el esqueleto
y derramaba su sangre por la tierra.
Pero por aquel entonces
todavía creía en superhéroes
que fundían con su mirada láser a los malos.
Muchos años después yo seguía digiriendo padres
y seguía escondiendo venas
y seguía dibujando sueños.

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UN HOMBRE Y SU DOLOR

Hay un hombre que se muere a cada minuto.
Un hombre que le sobran razones para callar,
un hombre que tiene motivos de sobra
para gritar hasta reventar.

Uno que se ahoga en un puzle de conceptos y de estrellas,
que cree que la niebla tiene oídos (y que le escucha),
que sabe que tras lo oscuro no habitan sombras
con dentadura y hambre de lobo.

Hay un hombre que a ratos precisa y profesa de dioses y métodos
que justifiquen su descomunal pequeñez;
que bendigan su intolerable instinto de bestia,
y que le permitan fotografiar desde alguna luna de Júpiter
el arco iris de sus tribales y deshilvanados hormigueros de hombre.

Hay un hombre que necesita de otros hombres y mujeres:
mujeres con halo y brisas de madre,
de mujeres que alteran las mareas.
Un hombre que necesita orgasmos
tibios y sencillos (de los de andar por casa),
los otros los guarda en el cajón donde crujen y se pudren
recortes de cielos caducados y sus perdices momificadas.

Que también necesita tormentas de vino y litros de olvido,
toneladas de paciencia, gramos de ilusión,
moralejas de postre y bandas sonoras
para llorar y para llevar.
Que necesita también alas de plastilina infantil
y paredes con olor a isla y a humo,
espejos y sus ismos, paréntesis, brújulas y revólveres
(estos últimos cargados de insultos expectorantes
y furiosas primaveras)

Pero sobre todo,
sobre todo, lo que ese hombre necesita
son unas manos que acaricien y alivien
su endiablada acidez incorpórea,
unos labios que compartan y amortigüen su dolor,
su inconmensurable dolor por llegar a reconocerse
en el turbio e infecto estanque
de la (su) memoria humana,

... dolor de no sentir dolor.

Hay un hombre que ya no necesita de amores que viajan en burbujas
y explotan acribilladas de café y químicas
mágicas al amanecer,
un hombre que ya no necesita mentiras,
tantas y tantas mentiras, engrasadas
y sincronizadas como caros relojes suizos.

Hay un hombre al filo del abismo de la desesperanza,
a punto de romperse en un billón de átomos de insoportable lucidez.
Un hombre que entretanto se conforma con respirar,
un hombre que ante todo sueña el triunfo del hombre,

de ese hombre aún en proceso,
de ese hombre con H de humanidad,
y con el tan generalizado hábito
entre algunos y algunas como él
de enfrascarse en estúpidas e infructuosas discusiones con su silencio,
a dejarse volar sin límites ni restricciones ,

a la osadía y potencial pérdida de tiempo de verter,
día tras día, en un alarde de estoica aseptitud,
su monótono y repetitivo dolor
sobre un mudo y jodido papel.

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LA INDUSTRIA

Dentro de la habitación:

Insomnio de palomas disecadas.
Sombras a pleno rendimiento:
Metalurgia de la memoria
en estructura de techos altos
e inabarcablemente fríos.
Planchas gigantes y quejosas,
dentadas correas rezuman
corazones de culpa o humo
entre estertores y relámpagos
sin gravedad.
Lunas/es de cocaína ante un descolorido
calendario de antiguas amantes
ataviadas con lencería roja
e inerte expresión. Fluye
sudor ácido y terrible,
desbocado bajo las sábanas
y sobre las sucias sienes
de los protagonistas
del último remake del inframundo.

Fuera de la habitación:

Un gato negro y viejo
(más viejo que negro)
araña suavemente la puerta.
Clamando en voz baja
su oficio de ángel nocturno,
su incuestionable derecho
a arroparse junto a los pies
de su mejor amigo,
en su penúltima muerte.

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LOS GATOS NO TIENEN SOBRINOS

No hay madre mejor que ella.
Ella, gata blanquinegra y naranja.
Dos veces al año trae al mundo tres, cuatro
o cinco minigatos.
Les amamanta, les protege
de los peligros y las inclemencias del tiempo.
A veces pasa días sin comer
(y se queda como una triste raspa)
por estar junto a sus cachorros.
Sabe bien de quién fiarse.
Les enseña a desconfiar de perros macarras, coches
y ciertos humanos.
Y cuando cumplen un par de meses
se los presenta e intenta endosar a algún tipo
con buen fondo
pero al que nunca le sedujo demasiado
la bonita idea del edén familiar
ni la abnegada virtud
de criar una prole de futuros capullos:

o sea, a mí.

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Ya la luz guardada comienza a doler
y es normal anochecernos un poco.

Hoy recuerdo esa tarde en una isla del sur de Japón
empujando una barcaza junto a unos exhaustos
y sorprendidos pescadores nativos -parecíamos
bronceados semidioses reflotando el arca del diluvio-

En agradecimiento me llevaron gratis a otra isla
donde me alojaba y bebía cervezas asahi
y dragones negros como si fueran agua.

En una capital caribeña vi a la mujer más bella de América.
Trabajaba en un casino por un escatológico sueldo
y se ofreció a llevarme al paraíso a cambio de 20 dólares USA
Juro nunca pagué por sexo (pero esa vez estuve a punto,
lo reconozco)
Fuera del casino la noche tropical sudaba su febril reggae
como si no existiera un jodido mañana.

Abdul, un marroquí que me hacía una obra en el piso,
me invitó a conocer el humilde paraíso de donde venía.
-Familia inacabable, caballos en arena fina, paredes blancas,
verdes árboles frutales y verdes plantaciones de marihuana,

y a lo lejos siempre el mar-

Un día de febrero a principios de los 90,
mientras en el viejo Maastricht se cosía la nueva Europa,
yo llevaba al implorante Toni a comprar su dosis de polvo
de mariposa marrón a la costa de los muertos vivientes.

No había nada paradisiaco en aquella costa de barro,
flores intravenosas y delgadez horrenda
(ese día certifiqué la trampa de los paraísos exprés)

Paraísos para recordar y no volver.
Paraísos solo para valientes, locos o kamikazes,
que se esfuman cada amanecer
escapados de entre los dedos
en un breve o largo instante,
como mueren los ángeles rotos y los sueños.

No hay nada transcendente en los paraísos de este mundo
¡y para qué!
La transcendencia es un tren que siempre llega vacío y con retraso,
los paraísos ignoran vías y nunca regresan.


"La transcendencia es la mentira más cómica
de todas las mentiras,
y los paraísos solo existen a modo de anticipada y fugaz
indemnización por los infiernos por venir"

... me lo juraban Mark y Laura hace mil años
en aquel bar nocturno de Zaragoza,
filosofando como antiguos griegos borrachos
mientras compartíamos humo, rayas, rock y birras,

una pareja encantadora con acordes grunge
y el mejor rollo de España,
les había conocido un par de bares antes.

Él se marchó al lavabo.
Laura y yo nos miramos en silencio
(de negro cósmico sus ojos)
Entonces la besé y ella me besó.
Labios y lenguas pegados alrededor de un minuto.

¿Y esto? me preguntó.
No sé, -contesté-
Sonrió.
Luego regresó Mark y brindamos con tres chupitos de tequila.

Creo que se querían. Me gustaban.
Continuamos charlando -y riendo-
sobre la gloriosa imperfección (y levedad) de los paraísos
cuatro o cinco bares más,

hasta el último rayo de luna.

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De pronto la ves,
en ese pasillo,
entre la sección de productos de limpieza
y la de comida para mascotas.
No estás del todo seguro,
quizás ella tampoco.
Te cuesta recordar su nombre.

Su lugar en tu cerebro: un aula casi vacía,

el sol de mediodía mordiendo las ventanas,
y como patética excusa unos supuestos
apuntes olvidados en una carpeta
en un supuesto rincón de un pupitre.


Lo siguiente una falsa improvisación
en forma de invitación para echar
un partido de tenis
(su chándal te dio la pista)
Luego unas cervezas pospartido
y un largo beso en la prórroga
bajo el marcador siempre
amañado en aquellos días de la luna.


Se acerca a ti y entabláis conversación.
Dos vidas en diez minutos. Su historia:
dos adolescentes con su mismo color de ojos
y la misma nariz, un boomer amante del golf,
una nómina amable, algún roto incosible
y un par de arrugas delatoras.

La tuya: cuatro verdades a medias,
varias sonrisas irónicas disparadas al techo,
stock de airadas cicatrices
más un cuadro de amnesias bajo llave
y con colmillos.

Tu memoria empieza a funcionar a destajo,
esos hoyuelos al sonreír, ese gesto...
Y comprendes por qué
aquella excusa en aquel aula.
Pero da igual,
no es la primera vez que te ocurre
(seguro que tampoco la suya)

Y es que a veces la vida
-cabrona como ella sola-
en pleno centro comercial
te lleva a la sección de hipotéticas existencias
u otras dimensiones.

Y entonces en esos momentos
solo te salvan una de esas oxigenantes
risas de entreacto,
uno de esos silencios establecidos
con la mirada (siempre de mutuo acuerdo)
o una llamada (siempre más que oportuna)
en el insensible móvil

japonés de última generación.

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En nuestro planeta existen cuatro grupos animales dependiendo de su grado de inteligencia (capacidad de deducción, percepción acertada de la realidad, toma de decisiones coherentes, sentido común...)

1º- Algunos (pocos) humanos
2º- Grandes simios, algunos mamíferos no humanos, loros, cuervos y algunos humanos
3º- Resto de animales vertebrados no humanos, pulpos, hormigas y algunos humanos
4º- Resto de animales invertebrados y otros (muchos) humanos
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Amo el metro y los trenes de cercanías.

Viajar en los trenes de Madrid es poesía pura
en vena.

Los prefiero con abundante pasaje
pero tampoco demasiado llenos.

El gobierno se ha empeñado en jubilar mi coche
y ambos nos lo tomamos con resignación.
-Ay compañero, "amico firmo nil emi melius"

que lo sepas-

Antes de Cristo, antes de mi Opel Corsa gti
-que corría como el diablo sin abs y sin airbags
y sin radares y sin controles de alcoholemia-
y antes de mi primer invierno nuclear
yo viajaba mucho en metro y buses,
¡jóder, cuánto ha llovido de eso!

Sí, amo viajar bajo las calles
y los edificios de la ciudad;
todos son felices en los andenes y vagones
en esta nación de luz led y ratas discretas,
de felicidad y amor subterráneos.

Solo faltan los pájaros,
si hubiera pájaros sería la nación perfecta.

Los jóvenes -ajenos aún a los big crunchs de la vida-
en parejas o grupos, conversan y ríen
con sus teléfonos móviles. Todos
teclean religiosamente y a la velocidad de la luz,

teclean, ríen, hablan y aman sin parar
abducidos por sus silícicos apéndices,
extrafinos, Apple, japoneses o coreanos.
Jóvenes y teléfonos móviles son uno
en este inquieto siglo.

Y es que todos los jóvenes son hermosos,
todos los jóvenes son buena gente,
todos los jóvenes son poetas en potencia.

En el metro todos los pasajeros son felices
hasta los que tienen cara de prohibido el paso
y se miran en el cristal de las ventanas de los vagones
o leen un libro o el periódico o sus contratos de trabajo
o los resultados de sus analíticas de sangre.

Miles de almas ateas, creyentes, agnósticas,
diestras, zurdas, veletas, eólicas,
almas parcheadas, sin gluten,
salpicadas con arena de mar, espías de Andrómeda,
chicas con deportivas más grandes que ellas,
viejos con mirada tan cansada
como los hepatocitos de España.

Todos son felices y yo tan feliz.

Y son felices porque en el metro no existe la soledad.
Y son felices porque si de repente uno se desmaya
si sufres una lipotimia o te da un infarto
incluso si saltas a las vías en un ataque
de supremo bajón existencial
todos te van a ayudar, van a pedir ayuda
con sus bonitos y modernos teléfonos móviles;

van a ponerse nerviosos
algunos van a llorar a gritar a preocuparse por ti
van a detener el tren
y van a dejar de reír y de guasapear
y de charlar alegremente sobre sus cosas.
Te van a ayudar a ti, te van a amar a ti.
Porque si Dios existe, no lo dudes, va en metro.

El metro y los trenes de cercanías
son el verdadero ministerio de la Solidaridad
de este puto mundo.

Si bombardeara La Aviación enemiga,
si hubiera un terremoto devastador
o una guerra, incluso una invasión alienígena,
todos, juntos, en magnánima comunión
habitando los inexpugnables pasillos del metro
ayudándose unos a otros como hermanos
como hermanos que antes, arriba, no lo eran.

Aunque aquí no hay guerras ni terremotos
devastadores, esas cosas ocurren
en lugares donde no hay
ni se imagina metro ni suerte,
pero ahora estamos hablando del metro de Madrid.

Falsos mapas del tesoro y relatos burbuja
ilustran el interior de los vagones.
A veces entra un músico y resume
algún great hit de Dylan o el maestro Leonard
que sorprende y emociona al personal
(y les afloja el corazón y los bolsillos)

Hoy dejan viajar a los perros con sus humanos,
si mi Bart estuviera aún conmigo le llevaría en metro
solo para que lo conociera,
y seguro montaría La Revolución
y algunos pasajeros ya no serían tan felices,
pero yo sí.

No estaría mal morirse en el metro,
un buen lugar para morir: rodeado de amor
de gente feliz que nunca te dejarán solo,
porque en el metro no hay soledad.
Rodando, volando sobre las vías
a través de los túneles y entre publicidad
mil colores y una voz suave, robótica -casi divina-

anunciándote amable la próxima estación.
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Ahí van, solos, únicos,
pasados de transaminasas, divorciados de cuentos
y princesas o príncipes cegatos a los escombros
de sus galones y encantos.

Ahí van los honrados perdedores
con los flaps gastados y sus canas por bandera,
con el suero de sus poemas mediocres,
con las cuentas siempre en el alambre.

Recorriendo los reinos paliativos de la visa,
escrutando las ofertas del mes,
las novedades que confunden al ocaso
de sus ayer explosivas existencias
y colorean por un rato el stock de sombras.

Dignos perdedores que se resisten como tigres
siberianos a tirar la toalla (¡eso nunca!)

Ritualmente se iluminan como soles
con las lunas de neón esas noches muy jodidas
y empatizan con algún felino sintecho
al mirarse a los ojos -un respeto cariñoso
y mutuo adquirido entre viejos perdedores-

Doctorados en la escabrosa ciencia
de la supervivencia social, houdinis
del disimulo y los silencios amaestrados.

Soportan estoicos las fiestas de sus jóvenes vecinos
del piso de arriba los sábados sin fin.

Ellos, solos, a punto de la siguiente derrota,
a un paso de la mutación inevitable
en ser leve, ingrávido a los terremotos
e incendios transformadores del mundo,

cuando en el ascensor se cruzan con su vecina
embarazada del piso de arriba, esa chica de 32
con el brillo de la vida en 16K,
le dicen buenas tardes y le sonríen, le sonríen
de verdad, se alegran de su felicidad, de su juventud,
de toda la juventud y felicidad de la galaxia;

le sonríen explayando sus corazones
de poeta mediocre, de honorable perdedor,

y evitan comentar sobre lo conveniente
y ante todo gratificante
de revisar su gusto musical,

-y es que, qué coño vale la vida
sin que unas buenas guitarras eléctricas
te hayan desvirgado el alma, la sangre,
al menos una vez, al menos una -


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Arde Internet.

Arden las redes y los foros.

Increíble.
Jesús -el hijo de Dios- ha regresado.

Se le ha visto paseando sobre las aguas del río Hudson
frente a la Statue of Liberty en New York.

No dice nada. Saluda sonriente
a la multitud que le observa desde tierra
y los abarrotados ferrys.

Viste una túnica blanca como la nieve.
Debajo solo unos jeans.

Helicópteros del FBI sobrevuelan constantemente
tan bajo que alborotan su larga melena.
Parece un loco.

¿Protocolo de alerta antiterrorista o extraterrestre?
Epidemia de onicofagia en la White House.

Lleva 24 horas caminando. Más o menos
cada 50 minutos se tumba boca arriba
sobre el agua con las rodillas dobladas
y la nuca apoyada en las manos.
Parece que está silbando. Las gaviotas vuelan a coro sobre él
dibujando frases en el aire:

"ME HAN OBLIGADO A REGRESAR"

"HERMANOS MÍOS, ESTO NO PUEDE SEGUIR ASÍ/
OS ESTÁIS CARGANDO EL PLANETA/
Y NO PARÁIS DE JODEROS ENTRE VOSOTROS "

"VENGO A PONER UN POCO DE ORDEN/
TRAIGO TODO UN ARSENAL
DE NUEVOS MILAGROS"

Las redes echan chispas.

Dicen cosas como:

"Otro extranjero que viene a delinquir y vivir de las ayudas del Estado"

"Vaya pintas de vegano perroflauta, fijo que es marica"

"A este le ha financiado algún lobby
woke al servicio de la agenda 2030 y
el supremacismo feminista"

"¡Argentino!"

Pero Jesús ya no está para sandeces.
No está dispuesto a un segundo fracaso.

Entonces
da una fuerte palmada y la tierra comienza a temblar.

Las redes siguen echando chispas:

"Eso es censura cabrón"

"¡Fascista progre!"

"... Aguafiestas"

Jesús consulta con su padre.

"Estos gilipollas no tienen remedio.
Mándales a tomar por culo.
Hágase tu voluntad"

Y ante la negativa de Satanás ("yo quiero malvados, no zombis")
a partir del año uno de la nueva era
el hombre vagó por los tenebrosos senderos de la existencia
en busca de la santa lucidez por otros dos mil años.

Y (de paso) la última luz del último aparato conectado a la red cesó.


Y de nuevo se hizo la bendita

ciberoscuridad.
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Le recuerdo bajo aquel uniforme Batman style,
veinte y algún años, el astra a la cintura
en el far west de la aurora madrileña
y un aviario roto en la cabeza.
Siempre una chica de ayer entre nubes
de vinilo y espuma. Pirámide de sueños en 3D

Gourmets de veneno dulce y angustias codificadas.
360º de paraíso y piel primaveral. Tuppers y chester
a media luz con café mecánico. Eran tiempos
de musgo, milagros al por mayor y amor por cable.

Carne de volcán. Menú de fluidos y tristezas
comestibles. Un entrañable desconocido mastica
versos burbujeantes y sangra estrellas con taquicardia
allá por sus mil y una crepusculares rendijas.
Cual búho flaco (o mosca kamikaze) duelen
sin vértigo los días vacíos surfeando olas
de asfalto a bordo de flamante black corsa tdi

La recuerdo, ángel en jeans. Sol puro en la noche
de moda. Pijama azul algodón. Desimagina cumbres
sin oxígeno, ríe causas con sabor a tierra y guindilla
sobre isobaras de hiperternura.

Ella hubiera hecho babear a la ONU
y a Wall street juntas,
al artista más top de cualquier generación,
al primer astronauta en pisar Marte.
Alguien decía:
"El desapego es la vacuna contra el desengaño"

-Boys don´t cry-
pero los héroes eléctricos mueren
una y otra vez al contacto con el suelo.

Tronaban oscuras guitarras en el pecho frágil
y entre radioactividades de cremallera
mientras aceleraba incontrolable un viejo reloj
de arena con vocación de alud y desguace onírico.

Juntos descubrieron que el único amor es aquel
que sobrevive a los posos del alba,
que el abismo se cocina a fuego muy lento
y sabe mejor en buena compañía,
que la red asesinó a la luna de los hombres lobo
o que el cometa Halley transporta
horizontes sin terminar y almas de perro.

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¡Qué bueno!,
pretendían que me creyera su cuento
y su párvula alquimia...
Seguro que no sabían de mi antídoto;
y es que
no hay mejor antídoto contra un veneno
que otro veneno más potente.
Pues el veneno no siempre es letal
ni su toxicidad tan simple
como la gran mayoría supone.
Tóxico son otras muchas cosas
que no precisan ser ingeridas
o sin fórmula explicada.
Tóxico es una media verdad.
Tóxico es una calle sin salida
y tóxico es una salida siempre a la misma calle.
Tóxico puede ser una flor
de colores rabiosamente bellos
mezclada en la sopa,
tóxico es una sopa
para cien estómagos vacíos...


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Terraza del Portobello.
Centro neurálgico de la Justicia de Madrid.
Mañana primaveral del 2002. Lunes.
Tres piratas millonarios y otro pirata novato
se juegan a los chinos 500 euros en birra,
cava, ostras de primera y bogavante.

Letrados, procuradores, sus señorías,
camareros con dotes de Spiderman,
dentro algún famoso imputado;
dos rubias lucen nariz nueva & bótox,
y un trasojado deudor que discute
en voz baja sobre cielos desaprovechados
y duendes malignos en manada
con su caña de cerveza y unas aceitunas.

¡Marchando seis de arroz con maravillas
de las costas del noroeste peninsular!

El espléndido sol entre espumas
contradice a los agoreros del desastre,
a las noches-lapa y sus roedores del sueño.

-Amigo, el bicho justo donde estaba,
(me dice a la carrera Javi)
Le doy, sin bajar la vista, uno de veinte,
(hoy me he librado de pagar la fiesta
y antes hice el mes en un par de horas)

Un mensaje de ella en el móvil,
sonrío al sol y él me devuelve la sonrisa.
Dos putas vip avalan la sonrisa del sol
desde el portal a mi derecha.
Arranco la Honda, el horizonte se abre;
el futuro cómplice me cede el paso,
la ciudad resplandece
y el veneno me recorre
dulce, dulce
esta mañana de primavera.

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Ellos,
pequeños y curiosos seres de saltos imposibles,
en este singular y caótico frijol de la galaxia.

Hijos predilectos de Bastet. Numen de Szymborska,
Huxley, Kerouac, Warhol, Picasso, Twuain,
Mattise, Mercury o la diva Taylor.

Garfields, Bolas de Nieve, Romeos, Kittys,
Rayitas, Isidoros "atila" o adorables Misus...

Pero a ti, que naciste gato callejero sin nombre
ni padrinos, te digo:

Si fueras un gato listo te acercarías
al primer bípedo con buena pinta* que veas,
(*o sea, con cara de bueno, ojos llenos
de aguas dulces, de yo no sé si Dios existe
pero no soporto el sufrimiento ajeno
ni la suerte tan escasa y mal repartida)

Asimismo olvídate de los que tienen mirada rara
o esconden la mano.

Luego deberías ejecutar piruetas graciosas,
poner ojitos tristes, de cordero degollado,
como los que debió poner Judas al reencontrarse
con su antiguo socio en etéreas latitudes.

Muy posiblemente te van las siete vidas en ello.
Sería genial dislocar un pelín, incluso,
tu estructura ósea con el fin de conmover
sobremanera al dios de poco pelo.

Después, si te acariciara, yo que tú
ronronearía como un jodido loco,
hasta que no se escuchen la música del móvil
ni los cláxones de ningún coche,
hasta que se disipen las dudas que pudieran surgir
a ese humano por los gastos de alimentación
y veterinario,

o la inevitable tristeza a soportar
el día que te vayas al otro mundo.

Recuerda,
que si al cabo de un minuto sonríe y no sale corriendo
con la cabeza gacha y sin mirar atrás,
tendrás muchas cartas a tu favor
para que tu existencia transcurra
entre montones de suaves cojines,
latas de sabrosas delicatessens,
pelotitas con cascabeles y caricias a destajo;

no extrañes el paisaje desde la ventana,
la libertad es sólo un sueño engañoso.

Mi buen amigo, la vida es así,
también la de vosotros los gatos.

Que sepas que nadie estamos exentos
de tener que maullar por una ración
de efímera y gloriosa felicidad,
dar en ocasiones nuestra zarpa a torcer;

"Quien no llora no mama"
es un refrán también aplicable a vosotros los felinos.

Te diré, que en realidad, todo gira
en torno al caprichoso y mero azar,
para ti, para mí, y para todo hijo de vecino.

Eso sí,
de igual modo debes saber que hay alguna probabilidad
que topes con el tipo equivocado
y te dé una patada en la barriga,
te ofrezca una sardina envenenada,
te encierre a perpetuidad en un sucio cuartucho,
o en el mejor caso, simplemente te bufe
y siga su camino.

Hermano gato, yo te entiendo
aunque tú no me entiendas a mí.

Todos en un momento dado podemos ser
tanto amorosos peluches un día,
como feos, pulgosos y malolientes gremlins,
-carne de lunas y vertedero- al día siguiente.

Y es que al final todo depende de ese instante
fortuito e inescrutable en que nos cruzamos
con algún ángel tan perdido como nosotros
-de nuestra misma ralea-

o, si el viento sopla en contra,

con el mismísimo y puto diablo.

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Si Dios fuera ucraniano
sus paisanos no necesitarían rezar a ningún dios,
matar/morir por ninguna mierda de bandera
ni tampoco ingresar en la OTAN;
los ángeles beberían cerveza Obolon
y la plaza Maidan en Kiev se convertiría
en el centro neurálgico
en constante fiesta del universo.

Si Dios fuera ucraniano, lo más seguro
hoy no se quedaría sentado en su trono celestial
ni tendría que dormir en el metro
con mujeres, niños y otros viejos como él.

Echaría Antártidas por la boca
y dudaría seriamente de si enviar o no a su hijo
veinteañero armado con milagros
de última generación a la guerra.

Si Dios fuera ucraniano quizás
provocaría terremotos de magnitud 10
al paso de los tanques, provocaría
supertornados al vuelo de los cazas rusos.
A Putin le reencarnaría de urgencia en pino siberiano,
secaría todos sus pozos de petróleo
e incendiaría todos sus depósitos de gas
(aunque se congelaran frente al televisor
los hermosos y privilegiados
herederos de Pilatos europeos)

Pero ahí no acabaría todo.

Posiblemente lanzaría rayos exterminadores
contra los palacios presidenciales
y lujosas estancias de todos y cada uno
de los ajedrecistas del terror,
de los que inoculan su veneno medular
en los hígados de la masa,
de los que circunscriben vidas
entre lindes diseñadas al servicio
de sus codiciosos y negros culos arácnidos.

Lo malo es que Dios también
posee cierta consanguinidad humana,
y con tal semejanza genética lo más probable
es que, a pesar de su antiguo amor por el hombre,
su propia bacanal de caos y fuego
le animara aún más,
y comenzara a coger gusto
a eso de aplastar tiranos y gilipollas.

Pudiera ser que su conciencia divina
le obligara a terminar lo empezado,
y siguiera aniquilando con sus superpoderes destructivos
a todos los fanáticos futboleros,
a los imbéciles de las redes sociales,
a los que tienen la empatía en la entrepierna
y a cada idiota que no supiera
quién fue Gandhi o cuál es la segunda
ciudad más poblada de Ucrania.

y entonces ya daría lo mismo
que Dios fuera ucraniano, palestino, esquimal,
residente de algún campo de refugiados
del más sucio y olvidado rincón del planeta
o un exbróker cocainómano de Wall Street.

Porque llegados a tal punto
tampoco sería injusto ni extraño
que en un momento de hartura
y ofuscación apretara el botón rojo
que usan los entes superiores y su servicio de limpieza

cuando de verdad se cabrean.

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Ahí yacían, ... sobre la acera,
coprotagonistas del improvisado plató:
el pequeño charco de sangre,
el horror, la sospecha y el silencio
-ese silencio que aturde-
junto al malherido níquel de unas llaves
y cuatro o cinco monedas a juego.
Y por encima de todo, el escalofrío
que deroga los estómagos.

Olía la calle como a sueños sin usar,
a primavera, a sábado de feria,
a día de circo.

Sensuales maniquíes, azules imposibles
y olas paradisiacas clonados en pantallas 4K.
Milagros tecnológicos a plazos
para estrenar tras los cristales
también intervenían en la escena
(dentro de sus limitadas posibilidades)

La policía repartía órdenes
y oxazepam los psicólogos.
Rebajas y cláxones aguardaban mudos
el desenlace de lo ya finiquitado.

Abrazos, lágrimas, miradas cruzadas
como abrazos.
Hasta el humo de los coches
destilaba ahora humanidad.

Todo era uno: la tibia tristeza
que aprieta e iguala a los distintos,
el asombro, el pulso de los transeúntes,
el rictus nervioso en sus rostros.

Y también el perro pekinés con jersey de lana,
el culo perfecto de la rubia del cuarto,
la insolente barriga del portero
o la tienda de apuestas, inauditamente vacía,
(incluso las entumecidas funcionarias
de aquella sede pública
a la vuelta del Centro comercial)

Esa incipiente llovizna,
la boca del metro masticando el tráfico de preguntas,
el éter gran angular de los edificios centenarios,
el sol amargo y feliz de la cerveza,
las palomas municipales bañadas
en luz neón y la nube de teléfonos móviles...

Todo, todos y todo junto eran uno
y tan poco, por aquellos largos minutos,
ante ese cuerpo roto al que le faltaba un zapato
-de aquel hombre del calcetín rojo-

... frente al supremo espectáculo,
al arte inescrutable y transgresor
de la muerte en vivo y en abierto.

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Resulta, amigo,
que un día de repente
te han crecido los enanos,
y también te ha crecido el coche,
la oficina,
las superficies comerciales,
la pantalla del televisor,
tu bola de cristal,
los terremotos a deshoras,
los fiordos del disco duro,
el botiquín de casa
y la casa entera.
Y ya no solo eso.
Y es que, a la vez, en un instante
(como visto y no visto)
te han encogido el chasis
y el motor de despegar,
el depósito de gasolina súper
y esa chistera sin fondo
de los sábados noche
-rotulados hoy de deja vu-
Ahora eres una hormiga escapada de la fila,
sola,
desubicada,
en un jardín rebosante de arduras jurásicas,
emoticonos hambrientos
y hormigueros de pago.
Un ratón desafiante y desafinado,
todo compungido
(y un poco cabreado)
con ataques de irracionalidad ratonil
y lleno de pulgas,
entre una manada de elefantes
que no existen (según tu psicólogo)
Y es que sin darte ni cuenta
también te han crecido la sombra,
los fantasmas insomnes
y las cicatrices de tus alienígenas
revueltas de campana.
Como a la par te encogieron
aquellas memorables uves en mayúscula
de tu indeformable
reino previscoelástico,
la despensa de munición
para las batallas perdidas,
los sueños despiertos en alguna parte
o aquellos trenes mágicos hacia ningún sitio.
... Y como siglos atrás
los jeans rotos,
Joan Manuel Serrat,
los Picapiedra,
el sex, drugs & rock&roll,
el Alquimista
y su puta madre.
Resulta que ahora eres
un triste y resabiado iceberg andante
con fiebres boreales y un titanic
clavado en la espalda.
Un gran iceberg menguante
escudriñando una paella multicolor
en el chiringuito de enfrente,
mientras el sol, las olas
y un grupo de jóvenes sirenas
con la brisa a favor
y el corazón de punta
relucen felices
acaparando la arena
a ritmo de rap,
y -sin casi mirarte-
te llaman de usted,
ponen las largas
y te piden paso.

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Ayer marzo y las paredes mutantes
del piso apretaban más de lo normal.
Estaba anocheciendo. Como un zombie
salí a la calle con dirección al fondo
a la derecha de ningún sitio.

A mi paso
las gárgolas entrenaban sus artrosis de memoria
y religiosa urbanidad. Acabé tirando
piedras
al río que abraza la ciudad.

Lanzaba piedras afiladas y mudas
como rayos o lágrimas perforantes.
Algunas por aquellos que ya no están
pero siguen estando.

Otras por todos mis errores insubsanables,
por la luz que pelea
en inferioridad militar contra el tiempo.
También por la puta dinámica de este mundo
o de alguna manera para salpicar a algún dios,
y otras solo porque sí.

En la otra orilla alguien lanzaba piedras al mismo río,
(vi piedras más grandes, ásperas
y mudas que las mías)

Nos miramos aproximadamente un minuto
parecido a media vida.

Crucé el puente.
Le dije que a veces escribo poemas raros
aptos para microondas.
Ella me contestó que conocía un bar
de los de antes,
(en el aire sonaban los 091)

Y juro que anoche las estrellas incursionaron
por unas horas
en el lado suroeste de la M-30.

En verdad era un bar de los de antes.

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Presentaos.
Hablad de vuestras metas
y vuestros sueños en la vida.
Reíd de nervios y felicidad. Repasad
vuestra infancia, descubrid
vuestros miedos y fobias,
vuestros grupos musicales favoritos.
Adquirid entrada libre
al catálogo de vuestra ropa interior
y zonas erógenas.
Psicoanalizad vuestras viejas y nuevas
amistades, contaos los intríngulis
del curro.
Conoced Cuenca, Roma y la República
Dominicana de la mano. El sabor
de vuestro sudor y lágrimas.
Compartid el vater y la ducha.
Haceos aguadillas y arroz con langostinos.
Odiad a vuestras suegras. Hipotecaos
para los restos, llenad el piso con un par de enanos,
una chihuahua y un gato siamés.
Desconfiad de las intenciones
del nuevo y atractivo entrenador de pilates
o la nueva y dulce vecina del sexto.
Tiraos a la cabeza el retrato de boda y
haced las paces con unas pocas
y enternecedoras lágrimas,
un buen polvo
y una botella de rioja gran reserva del 68.
Jodeos la vida (pero sin querer)
y volved a hacer las paces
con otras pocas y enternecedoras lágrimas,
otro buen polvo y un cava del 92.
Envejeced y engordad juntos.
Regalaos el netflix por San Valentín.
Compadeceos de los sintecho, los subsaharianos
y del vecino solterón del tercero.
Cantad abrazados el gol de la final
de la copa del mundo y...

Pero sobre todo,
sobre todo a estas alturas,
y si antes no lo hicisteis,
mejor no se os ocurra excavar demasiado
el uno en el otro,

pues muy posiblemente,
ni aun con todo lo vivido en común
(y no es por desilusionaros)
no tenéis ni puta idea
de quién es en realidad esa persona
que, desde cuando ya ni recordáis,
comparte y ha compartido
el otro lado de la cama,
unida a vosotros por la costumbre,
sobre ese colchón viscoelástico 2x2
de las rebajas del Ikea,
y tras aquella efervescente
y poco meditada promesa
del "hasta que la muerte nos separe"
y tal y cual...
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