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Zoila

Luis Á. Ruiz Peradejordi

Poeta que considera el portal su segunda casa
Cinco o seis gatos que jugueteaban entretenidos, saltan la tapia de adobe, espantados, en cuanto abro el portón; un barrizal, como un fósil en la sequía petrificado, obliga a números circenses para llegar hasta él.
El portón, doblemente apuntalado, repisado el adobe por viejas humedades, se abre inclinado en un ángulo inverosímil. Un camino de baldosas rojas lleva hasta la puerta cruzando el patio. A un lado, la cochiquera medio caída, la leña en el centro amontonada, dos cuerdas en el tendal de la ropa y ortigas invadiendo las sombras de frescura.
La puerta de chapa se abre a un pasillito ocupado por sillas, sillones, una mesa camilla y una palangana. En la penumbra, más que verla se adivina, la entrada de la cocina. Y la cocina es un universo; pequeña, pero abierta a insondables dimensiones. Tienen en ella acomodo un escaño, un sillón, una silla, un reclinatorio y una cama. La hornacha de la trébede, tiene unas cuantas brasas y la meseta de la cocina es un muestrario de boticas, vasos, cazuelas, imágenes de santos y un calendario.
Teresa, la coja, arrebujada en refajos y batas, refunfuña porque la pila no traga y se mueve, a golpe de muleta, para recoger el desatascador de la poyata de la ventana.
Zoila está en la cama, bajo un cuadro desde el que sonríe, tras un cristal cagado de moscas, un Papa. Anuda en la barbilla un pañuelo de gasa blanca y pierde la mirada en el infinito del techo, que tantas veces encalara. A veces se incorpora queriendo mirar por la ventana, pero enseguida se cansa y vuelve a caer sobre la almohada.
- No acabaré el invierno. Si, al menos, entrara el sol en la casa...
Unas palabras, pocas porque está fatigada. Tomar el pulso, una caricia, una sonrisa... nada.
Cuando salgo al patio, quisiera ser sol para enviar un rayo a su ventana.



 
Un relato de tristeza que se percibe a travéz del paisaje plasmado, rutinario de unos días de calma que no aportan la llegada de lo que se quisiera alcanzar con la mirada, lo llevas muy bien hasta ese final que busca consolar de alguna manera con un rayo de sol que ilumine esa ventana, ha sido un gusto pasar por tu gran trabajo Luis, te dejo un abrazo grande. y feliz noche.
 
Luis Á. Ruiz Peradejordi;4726770 dijo:
Cinco o seis gatos que jugueteaban entretenidos, saltan la tapia de adobe, espantados, en cuanto abro el portón; un barrizal, como un fósil en la sequía petrificado, obliga a números circenses para llegar hasta él.
El portón, doblemente apuntalado, repisado el adobe por viejas humedades, se abre inclinado en un ángulo inverosímil. Un camino de baldosas rojas lleva hasta la puerta cruzando el patio. A un lado, la cochiquera medio caída, la leña en el centro amontonada, dos cuerdas en el tendal de la ropa y ortigas invadiendo las sombras de frescura.
La puerta de chapa se abre a un pasillito ocupado por sillas, sillones, una mesa camilla y una palangana. En la penumbra, más que verla se adivina, la entrada de la cocina. Y la cocina es un universo; pequeña, pero abierta a insondables dimensiones. Tienen en ella acomodo un escaño, un sillón, una silla, un reclinatorio y una cama. La hornacha de la trébede, tiene unas cuantas brasas y la meseta de la cocina es un muestrario de boticas, vasos, cazuelas, imágenes de santos y un calendario.
Teresa, la coja, arrebujada en refajos y batas, refunfuña porque la pila no traga y se mueve, a golpe de muleta, para recoger el desatascador de la poyata de la ventana.
Zoila está en la cama, bajo un cuadro desde el que sonríe, tras un cristal cagado de moscas, un Papa. Anuda en la barbilla un pañuelo de gasa blanca y pierde la mirada en el infinito del techo, que tantas veces encalara. A veces se incorpora queriendo mirar por la ventana, pero enseguida se cansa y vuelve a caer sobre la almohada.
- No acabaré el invierno. Si, al menos, entrara el sol en la casa...
Unas palabras, pocas porque está fatigada. Tomar el pulso, una caricia, una sonrisa... nada.
Cuando salgo al patio, quisiera ser sol para enviar un rayo a su ventana.




que final tan nostálgico, ser luz, es maravillosa la manera como tratas de incluirnos con tus letras, como ver la esperanza puestas en tus manos, grato como siempre, besos
 
Un relato de tristeza que se percibe a travéz del paisaje plasmado, rutinario de unos días de calma que no aportan la llegada de lo que se quisiera alcanzar con la mirada, lo llevas muy bien hasta ese final que busca consolar de alguna manera con un rayo de sol que ilumine esa ventana, ha sido un gusto pasar por tu gran trabajo Luis, te dejo un abrazo grande. y feliz noche.
Gracias de nuevo por tus palabras. Es una experiencia que me tocó vivir como consecuencia de mi trabajo. A veces, nos recorre la impotencia de no poder hacer más que tener una palabra, o una caricia... Pero somos limitados. Besos.
 
Cinco o seis gatos que jugueteaban entretenidos, saltan la tapia de adobe, espantados, en cuanto abro el portón; un barrizal, como un fósil en la sequía petrificado, obliga a números circenses para llegar hasta él.
El portón, doblemente apuntalado, repisado el adobe por viejas humedades, se abre inclinado en un ángulo inverosímil. Un camino de baldosas rojas lleva hasta la puerta cruzando el patio. A un lado, la cochiquera medio caída, la leña en el centro amontonada, dos cuerdas en el tendal de la ropa y ortigas invadiendo las sombras de frescura.
La puerta de chapa se abre a un pasillito ocupado por sillas, sillones, una mesa camilla y una palangana. En la penumbra, más que verla se adivina, la entrada de la cocina. Y la cocina es un universo; pequeña, pero abierta a insondables dimensiones. Tienen en ella acomodo un escaño, un sillón, una silla, un reclinatorio y una cama. La hornacha de la trébede, tiene unas cuantas brasas y la meseta de la cocina es un muestrario de boticas, vasos, cazuelas, imágenes de santos y un calendario.
Teresa, la coja, arrebujada en refajos y batas, refunfuña porque la pila no traga y se mueve, a golpe de muleta, para recoger el desatascador de la poyata de la ventana.
Zoila está en la cama, bajo un cuadro desde el que sonríe, tras un cristal cagado de moscas, un Papa. Anuda en la barbilla un pañuelo de gasa blanca y pierde la mirada en el infinito del techo, que tantas veces encalara. A veces se incorpora queriendo mirar por la ventana, pero enseguida se cansa y vuelve a caer sobre la almohada.
- No acabaré el invierno. Si, al menos, entrara el sol en la casa...
Unas palabras, pocas porque está fatigada. Tomar el pulso, una caricia, una sonrisa... nada.
Cuando salgo al patio, quisiera ser sol para enviar un rayo a su ventana.



Tantos santos y ni un rayo de sol...
Es muy triste este relato, tan real en muchos casos que debería dolerle a toda la humanidad.
Gracias por compartirlo, y tan bien hecho.
Abrabesos en tu alma sensible mi estimado Luis.
 
Tantos santos y ni un rayo de sol...
Es muy triste este relato, tan real en muchos casos que debería dolerle a toda la humanidad.
Gracias por compartirlo, y tan bien hecho.
Abrabesos en tu alma sensible mi estimado Luis.
Muchas gracias por tu comentario. Lamentablemente Zolila ya no está, pero hay muchas Zoilas en los rincones de España que llevan vidas poco dignas y no piden más que un rayo de sol en la ventana. Besos. Luis.
 
Es el retrato de la soledad, la habitación de la melancolía, es el ocaso de Zoila como símbolo del abandono, y por suerte resurge la empatía sobre el final, esa necesidad de acercar el alma.
Se necesitan almas que sean como soles, para las diversas soledades, para las indiferencias y los vacíos.
¿Ves por qué te digo que sos un escritor necesario?
Porfa, nunca dejes de escribir, Luis.
Un abrazo de lectora fiel (y conmovida)
 
Es el retrato de la soledad, la habitación de la melancolía, es el ocaso de Zoila como símbolo del abandono, y por suerte resurge la empatía sobre el final, esa necesidad de acercar el alma.
Se necesitan almas que sean como soles, para las diversas soledades, para las indiferencias y los vacíos.
¿Ves por qué te digo que sos un escritor necesario?
Porfa, nunca dejes de escribir, Luis.
Un abrazo de lectora fiel (y conmovida)
Es un mensaje encantador el tuyo. He sido médico de pueblo toda la vida, no sé si eso imprime carácter, pero sí me hizo sensible a los padecimientos ajenos. A veces creo que mi modo de pensar, de sentir, de escribir, viene por haber sido testigo del dolor de los demás, un dolor que me ha llegado dentro y se ha quedado, haciendo ahí su morada. Espero seguir escribiendo, de ésto o de otras cosas. Espero que me leas y seguir leyéndote, que es una gloria encontrarse el tus letras. Besos. Luis.
 
Es un mensaje encantador el tuyo. He sido médico de pueblo toda la vida, no sé si eso imprime carácter, pero sí me hizo sensible a los padecimientos ajenos. A veces creo que mi modo de pensar, de sentir, de escribir, viene por haber sido testigo del dolor de los demás, un dolor que me ha llegado dentro y se ha quedado, haciendo ahí su morada. Espero seguir escribiendo, de ésto o de otras cosas. Espero que me leas y seguir leyéndote, que es una gloria encontrarse el tus letras. Besos. Luis.

Ya te imagino, un doc adorable, te imagino, sí que sí, eso explica como tu alma guía a tu pluma.
Por supuesto que te voy a leer. Always :)
 
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