Esperaba el miedo agazapado,
echado y oculto en el rincón
más obscuro de mi habitación;
la mano fría, el ojo aguzado,
vengativo el negro corazón.
Con deleite macabro miraba:
Miraba, mirábame nada más.
A lo lejos, ¿me creerías tú
que también silbaba Satanás...?