Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
De sangre coagulada es esta noche.
De fóridos luminosos salpicada.
Bajo mis pies apenas noto el sendero de los huesos,
como razones del miedo eslabonadas; y entre sombras
mis “castillos en el aire” colapsando en sus mareas.
Las piedras crepitan como rescoldos de un silencio consumido,
y crepitan las buenas intenciones de un amor antes de Drácula.
Después de éste, no hay amor si no es el suyo.
Sobre el torbellino de penumbras, como un aura,
se aglomeran los fantasmas, y en pasmosa danza se entrelazan.
Éstos conforman mis certezas, aunque,
las llamen niebla los escépticos.
Un cruel destello a mis espaldas.
En la mano de mi amigo, desnuda esencias la navaja.
Mi amigo es un sabueso al que su nariz llevó al pasado.
Cata rencores y ventajas,
también la sangre vieja de los pájaros que han muerto.
Siquiera sé su nombre, pero sí, el de cada corte que me inflige.
Los llamo huellas, como a los amores que han huido
anegados por sus niveles bajo el agua.
Y otro castillo colapsa dejando un rastro de guerras y amapolas.
Vislumbro una silueta.
Colmo de asombro los iridiscentes contornos del deseo.
Pero ella implosiona porque no sabemos pronunciarnos.
Como cambian al rodar las sombras, ella cambia;
y deja un rastro de contornos vacuos y un dejavú de pretéritas estancias.
Como el mundo antes que fuera, y después de ser, posiblemente.
Mis “castillos en el aire” ya han caído y quedan solamente las mazmorras.
Sólo fue hipotética la probidad de sus columnas.
En su hábitat abundaban los parásitos,
y la voz de los extraños perfilaba los desplomes.
Tampoco el techo fue sinónimo de abrigo.
Me he habituado al susurro del colapso,
a sus mensajes encriptados,
pero no puedo detectar los ojos que me apuntan,
ni el horror por el que erran sus saetas.
En las armas destella la memoria de las bajas.
Los testigos quizás son aleatorios y en el recuento sólo hay daños.
Cuando el hambre arrecia, la esperanza sazona las derrotas.
Es fácil morir de inanición en estas tierras,
cuando no distingues lo que llevas a la boca
–pequeña dificultad si sopesamos desventajas.
¡Vaya noche! Abunda el pan en cada pliegue.
(Antes del hambre, tuvieron nombre propio estos insectos).
Y no es que las aflicciones del enjambre proliferen en la noche,
o que con ésta coexista el mal presagio,
lo triste es vislumbrar las espadas en el vientre,
la felina cuchillada en la garganta,
o un coche que no es, sino una piedra
que rueda proyectada en tus paredes.
Malditos rayos que se cuelan.
Sólo quiero conservar los castillos en mi mente,
o al menos, la terrible integridad de alguna lápida.
De fóridos luminosos salpicada.
Bajo mis pies apenas noto el sendero de los huesos,
como razones del miedo eslabonadas; y entre sombras
mis “castillos en el aire” colapsando en sus mareas.
Las piedras crepitan como rescoldos de un silencio consumido,
y crepitan las buenas intenciones de un amor antes de Drácula.
Después de éste, no hay amor si no es el suyo.
Sobre el torbellino de penumbras, como un aura,
se aglomeran los fantasmas, y en pasmosa danza se entrelazan.
Éstos conforman mis certezas, aunque,
las llamen niebla los escépticos.
Un cruel destello a mis espaldas.
En la mano de mi amigo, desnuda esencias la navaja.
Mi amigo es un sabueso al que su nariz llevó al pasado.
Cata rencores y ventajas,
también la sangre vieja de los pájaros que han muerto.
Siquiera sé su nombre, pero sí, el de cada corte que me inflige.
Los llamo huellas, como a los amores que han huido
anegados por sus niveles bajo el agua.
Y otro castillo colapsa dejando un rastro de guerras y amapolas.
Vislumbro una silueta.
Colmo de asombro los iridiscentes contornos del deseo.
Pero ella implosiona porque no sabemos pronunciarnos.
Como cambian al rodar las sombras, ella cambia;
y deja un rastro de contornos vacuos y un dejavú de pretéritas estancias.
Como el mundo antes que fuera, y después de ser, posiblemente.
Mis “castillos en el aire” ya han caído y quedan solamente las mazmorras.
Sólo fue hipotética la probidad de sus columnas.
En su hábitat abundaban los parásitos,
y la voz de los extraños perfilaba los desplomes.
Tampoco el techo fue sinónimo de abrigo.
Me he habituado al susurro del colapso,
a sus mensajes encriptados,
pero no puedo detectar los ojos que me apuntan,
ni el horror por el que erran sus saetas.
En las armas destella la memoria de las bajas.
Los testigos quizás son aleatorios y en el recuento sólo hay daños.
Cuando el hambre arrecia, la esperanza sazona las derrotas.
Es fácil morir de inanición en estas tierras,
cuando no distingues lo que llevas a la boca
–pequeña dificultad si sopesamos desventajas.
¡Vaya noche! Abunda el pan en cada pliegue.
(Antes del hambre, tuvieron nombre propio estos insectos).
Y no es que las aflicciones del enjambre proliferen en la noche,
o que con ésta coexista el mal presagio,
lo triste es vislumbrar las espadas en el vientre,
la felina cuchillada en la garganta,
o un coche que no es, sino una piedra
que rueda proyectada en tus paredes.
Malditos rayos que se cuelan.
Sólo quiero conservar los castillos en mi mente,
o al menos, la terrible integridad de alguna lápida.
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