Yolena Sanfernan
Poeta fiel al portal
VIVIR EL DESIERTO
Capítulo IV
Capítulo IV
Palmira ciudad roja, plagada de templos. Escondida tras cañones de arena y piedra, y tras esas piedras, había una ciudad, un misterio, tras ese mundo de arena. Pensé que sería un espejismo, un sueño ó alucinación, pero... ¡No!, Lo que veía, era una ciudad de verdad.
En Palmira admiramos las ruinas, que aún siendo ruinas, era algo increíble.
Allí, encontramos el templo de Bel, del año 32 de nuestra era. Vimos muchos templos, y el Ágora (nuestro centro comercial, ahora), donde se hacían las transacciones comerciales, también templo de Diocleciano, que antes había sido el palacio de la Reina Zenobia. La ciudad llegó a albergar 200.000 almas.
En muchos momentos, tenía una extraña sensación, pensaba que nos iban a secuestrar ¿sería por no entenderlos?. Pero dejé que las cosas sucediesen, tal cual, sin pensar que algo extraño nos ocurriría.
Por la noche descansamos en un asentamiento, montado por los bereberes, a la afueras de Palmira. Y muy temprano por la mañana, nos despertaron los bocinazos de un autobús que iba zigzagueando por los caminos, en busca de pasajeros para Homs.
El autobús no cesó de bocinar hasta que llegó la hora de salir. Menudo viaje y horario. En ese autobús, cabía de todo, desde cabras, hasta jaulas con extraños animales, y mucha gente. Pero en el autobús, me sentía más tranquila, ya no me parecía que nos iban a secuestrar.
Desde Homs, fuimos a Damasco, pero aquí nuestro medio de transporte fue… otro dromedario, casi me había olvidado del traqueteo.
Al cabo de unas dos horas de recorrido, al fondo, entre dunas y lo que alcanzaba nuestra vista, aparecían muchos caballos negros, con sus respectivos jinetes. Se oían gritos y se veía mucho polvo del desierto, que parecía niebla o nubes bajas. Corrían Muy rápido, para nuestra desdicha, venían hacia nosotros.
Nuestros acompañantes, comenzaron a ponerse nerviosos. Allí comprobamos que nuestros “anfitriones” temían por nosotros. Al ver, ese grupo de caballos, más cerca, comprobamos que venían con armas en mano. Portaban dagas curvadas.
Ahí comencé a sentir escalofríos, pero no del calor, sino de miedo y pavor.
Continuará…/…
Yolena Sanfernan
Última edición: