Calimero
Poeta recién llegado
Plutonio irisa sus cabellos y acaricia su piel
de terciopelo nitrogenado.
La blanda madrugada del mineral besa la noche,
las pinturas rupestres tatúan los témpanos de hielo,
la nieve pura arrulla en la flora intestinal del cielo;
con suavidad se desprende, en forma de helio incoloro,
simulando suaves y longevas pompas de jabón.
Los orificios blandos se asemejan a lagunas de estaño,
brillando entre la inmaculada y virgen esclerótica.
El iris se recuesta sobre los montes nevados.
Las estampas de mercurio descienden los valles,
con sus retratos familiares.
El aire se torna metal sólido, se enrarece,
se condensa en el delgado hilo de luz,
que asciende la oquedad enmarañada
por telarañas de aluminio licuado;
en ellas cuelga un crepúsculo,
reducido a su mínima capacidad de expresión.
Palpita una membrana esférica y sonrojada,
soñando con defecar refulgentes bastones.
“No hay nada comparable al sol”. Piensa el hombre de acero
tras contemplar sus radiografías a la luz
de la tímida membrana del cielo morado.
de terciopelo nitrogenado.
La blanda madrugada del mineral besa la noche,
las pinturas rupestres tatúan los témpanos de hielo,
la nieve pura arrulla en la flora intestinal del cielo;
con suavidad se desprende, en forma de helio incoloro,
simulando suaves y longevas pompas de jabón.
Los orificios blandos se asemejan a lagunas de estaño,
brillando entre la inmaculada y virgen esclerótica.
El iris se recuesta sobre los montes nevados.
Las estampas de mercurio descienden los valles,
con sus retratos familiares.
El aire se torna metal sólido, se enrarece,
se condensa en el delgado hilo de luz,
que asciende la oquedad enmarañada
por telarañas de aluminio licuado;
en ellas cuelga un crepúsculo,
reducido a su mínima capacidad de expresión.
Palpita una membrana esférica y sonrojada,
soñando con defecar refulgentes bastones.
“No hay nada comparable al sol”. Piensa el hombre de acero
tras contemplar sus radiografías a la luz
de la tímida membrana del cielo morado.